RELATOS INDALIANOS: ISLAS DE MUERTE, OCÉANOS DE VIDA

 

Hola, ahora que en estos meses de verano estaremos con campañas de capturas accidentales tanto en pesca profesional como deportiva, os envío este relato, del que ya hace tiempo tuvimos el placer de distribuir por capítulos, y que ahora volvemos a enviaros, pero en esta ocasión el relato completo, pudiendo otra vez disfrutar de un exquisito texto del buen amigo y antiguo miembro de PROMAR Jesús Contreras, al que desde aquí le deseamos lo mejor.

 

PROMAR-Almería. 11-07-09
(Programa de Recuperación de Fauna Marina de Almería)

promar.almeria@nodo50org
http://www.almediam.org/Promar/Promar_000.htm

www.ecologistasenaccion.org/almeria  

                         

ISLAS DE MUERTE, OCÉANOS DE VIDA

 

Por Jesús M. Contreras   

INDALO DE OZ NATURE 

www.indalodeoz.com

 indalodeoz@indalodeoz.com

 

Capitulo I

 Capítulo dedicado a  mi amiga Estela, en Ceuta... en la idea de que las estrellas acompañen siempre felizmente su nuevo sino.

 

Eran las cinco menos veinte de la madrugada, o mejor dicho... de la noche; mientras los luceros tintineaban bajo la luz queda de la luna, una silueta tosca se acercaba al puerto pesquero de Almería... a su espalda llevaba nuestro hombre colgado un cenacho en el que holgaban el pan y la chicha, así como una poca de agua dulce que le dieran sustento para el siguiente día de pesca... su nombre era Mario, que se embarcaba como biólogo en un buque de arrastre, a fin de colaborar en un dudoso proyecto científico del que nunca supo más, tras haber acabado sus faenas. 

La noche era oscura y la mar no se sabía si sería abierta o cerrada.... Jose Manuel ya llevaba en el puerto un par de horas antes de que Mario arribara desde el lúgubre portón de entrada, tan tristemente iluminado; y es que “Ozemanué”... como le conocían todos en el muelle, para esta temprana hora del día ya se había fumado su medio paquete de cigarrillos americanos, triste alma melancólica que rellena los huecos de las noches de gas portuarias... triste figura del deshecho humano o tal vez gloriosa figura equivalente a los de antaño “lobos de mar”... un hedor a podredumbre inundaba el escenario, un olor insoportable a pescado podrido, a muerte, a mezquindad de la vida.... a miseria para unos y oprobio para otros...

Al llegar a pie de muelle, en el silencio de la noche húmeda, el patrón saludó a Mario con un tosco... “vamooo a ver zi la mar nosz permite zalir hoy”..... Las luces naranjas del morro dejaban ver en el cénit a las primeras gaviotas del día, sobrevolando los barcos de pesca de los que básicamente depende su existir... ¿patiamarillas, reidoras o simplemente gaviotas hambrientas?

“Cohoneeees.... el maquinista que no llega, y sin maquinista no nos ponemos a la mar”; un nudo se hacía en la garganta de Mario tan sólo de pensar que hubiesen problemas a bordo, en medio de una noche tan negra como mojada, y que el “maquinista” pudiera encontrarse ausente de su puesto o encontrar una vía de agua que lanzara el buque a un cierto destino.

“Chalaoooooo”.... “acércate a ca er maquinista a ver zi es que ze ha muerto, o zi agarró anossshe la ooolla...”..... El silencio nos acompaña por largo rato, mientras Jose Manuel emprende su cometido de atroz mensajero, y mientras los bastos motores de dos arrastreros rompen ya bruscamente el silencio de la noche; éstos tienen la tripulación completa, y han decidido sin más comenzar su jornada, dejando atrás una sucia estela de humo negro y peces muertos que todo lo inundan con inmundos olores y “casi” sabores.

Finalmente todos estamos a bordo, se izan los cabos, se deshacen los firmes y en dos maniobras repentinas, el patrón sabiamente hace la arrancada a la vez que nos separa del sucio espigón de piedra y aglomerado, donde quedan adheridos los cuerpos de decenas de peces muertos, de los lances del día anterior. Todo está listo, comienza el vaivén, y el barco sale lento pero impausable del puerto de origen, hacia un destino incierto, lleno de pesca con que alimentar la bodega y de devastación  con que dejar sembrado el fondo marino. Mario se despierta y se vuelve consciente de que su nuevo trabajo en verdad consiste en faenar a bordo de un “arrastrero”... algo sabía, pero jamás se aventuró a deducir tan cruda realidad.

Ancha es la mar, y amplio es el cielo que la ilumina para el marino... tal como el chucuchú del tren, el chacachá del viejo motor de gasoil comienza ya a cantar su monótona y cansina canción, contaminada de gasoil mal quemado y de malolientes notas asíncronas que quemaban ardientes los pulmones de Mario... el resto de tripulación, aguerrida y experta en sus quehaceres y desventuras, conocían cada momento e instante de a bordo, por lo que a estas horas, a tan sólo diez minutos de abandonar el puerto... ya dormían placidamente en sus mugrientas y nimias literas bajo cubierta.

La noche es cerrada y muy húmeda, y Mario decide cobijarse en el puente, donde el patrón del buque dirige las maniobras de alejamiento hacia el caladero elegido. ¡¡¡Eéeeechateeeee!!!... le dice Manuel tosca pero amablemente... échateeee, porque hasta las siete no arriamos el arte; así pues Mario se quita entre vaivén y vaivén su calzado, y hunde su entumecido cuerpo en el sucio camastro que conforma la litera de a bordo, con no más almohada que un viejo jersey azul que alguien dejó allí olvidado, pero que sabe a gloria bendita por la calorcita que desprende en este frío universo acuoso, a las seis de la mañana... para ayudar a conciliar el sueño roto... sueño que jamás Mario ni ninguno de sus compañeros... en verdad conseguirán reconciliar.

El barco navega cada vez más aprisa, con bandazos a babor y a estribor... y la tierra cada vez queda más lejos, más pequeña en la lejanía, las luces del puerto parecen de juguete... tierra infinita tenedora de tesoros que nunca podrán alcanzar los marinos; el dormir de Mario es tremendo, se torna en infernal... su cabeza da vueltas sobre el catre removido por un mar de fondo de ventiscas pasadas en los días anteriores... Mario llora de angustia y pavor, y su llanto se quiere convertir en vómito, pero el angustioso vacío de su estómago sólo le da paso a la optativa de ponerse en pie y arrojar su medio cuerpo delantero por la borda trasera del buque... y allí intentar conciliar su espíritu con su cuerpo, sus vísceras con su alma...  cosa que no llegará a conseguir jamás.

Hastiado, cansado y casi muerto, nuestro amigo vuelve al camastro, de donde nadie se enteró que de allí salía... y si amplia es la mar, la misma se lo hubiese tragado en caso de cometer un error o cualquier humano despiste. “Amplia es la mar.... y bella”.... mas es mustia, sombría, cruel y traidora, máxime en el fragor de la noche... esa fina línea que separa  la mismísima vida de la muerte, la gloria de la miseria... en tan sólo cuestión de pocos minutos.

 

Capitulo II

 Capítulo dedicado a  mi amigo Paco Toledano, enamorado y defensor del mar y de la vida que éste alberga.

De repente un pitido tosco, como el del patio de una cárcel, o el de un claxon de aquellos primeros modelos de Seat 600 que hubo en el mercado... comenzó a sonar intermitentemente. Pii piii piiiiii.... “Vaaaaamooos a calaaaar”..... el corazón de Mario dio súbitamente un vuelco y supo que era hora de ponerse en pie por segunda vez en el mismo día, de comenzar a registrar datos... en definitiva, era hora de ponerse a trabajar. La noche estaba aún cerrada, la humedad se sentía intensa y el vaivén de la nave denostaba marejadilla ahí fuera, a pocos decímetros... “éramos como un corcho flotando en un retrete tras tirar de la cisterna”...; pero por dura que se ponga la mar, el pescador no puede cejar en su empeño, así que a calar el arte se ha dicho. Los hombres (para estos trabajos las mujeres se ve que no buscan la igualdad, salvo honestas, gloriosas y honrosas excepciones) se movían en la noche a la luz de dos trágicos focos de ésos de feria que todo lo alumbran, anunciado a la vetusta muñeca chochona... (¿ya nadie la recuerda?); sus petos de plástico naranja avisaban de su presencia y les localizaban rápidamente ante el peligro; unos pantalones sucios y malolientes, embadurnados en su totalidad de aceite de pescado y otros restos biológicos, que aunque superfluamente limpiados de la anterior jornada, no por ello dejaban de ser infestas herramientas de carnicería. 

Al grito de “a calaaá”, el patrón bajó del puente y con mano firme comenzó a gobernar los vetustos mecanismos e ingenios que comenzarían a arriar el arte de pesca y las grandes puertas de hierro hasta el fondo marino, a casi un kilómetro por debajo del barco... profundidad de cuatrocientas y cincuenta brazas, utilizando términos de la marinería. En ese momento un ruido infernal de cadenas, cables de acero y otros mecanismos de fuerza, parece surgir del mismísimo centro del infierno... el peligro acecha al hombre por doquier; un cable que estalle es una cabeza humana sesgada de cuajo, y todos a bordo lo saben; la tensión se respira en el aire y el humo negro del escape del motor invade todo el perímetro de la isla flotante, que se torna casi irrespirable... Mario pensaba que era un sueño una pesadilla, una mala pasada de la consciencia, pero no: estaba viviendo en primera persona la dura vida de los pescadores en la mar (en tierra no es por ello menos dura), que día a día se juegan su vida, dejándola a veces allí reventada; no era un sueño, pero aunque se pellizcaba la cara y los riñones y se golpeaba las nalgas una y otra vez, no conseguía recuperar sus ritmos vitales más básicos.... mas a todo se acostumbra el ser humano, y los días subsiguientes, con cabeza cacha, consiguió sobrellevar la situación cotidiana con mínima dignidad. 

Había pasado media hora que se le hizo eterna, cuando de repente las máquinas pararon y el barco reinició su marcha avante lentamente.... había comenzado el momento del arrastre de fondo, se había hecho “firme” y como si de un barco fantasma se tratase, la cubierta quedó nuevamente a oscuras en el alba incipiente y con ningún hombre sobre ella; en la mar, o se trabaja o se come o se duerme... no hay más... así que era la hora de volver a las literas hasta que pasadas unas horas, finalizara el ejercicio del lance. “Esshateeeee...” le decía nuevamente el patrón al atónito y casi difunto Mario, ecchhatteee que hasta las once no viramos. Mario se volvió así a subir al camastro, no sin dejar de golpearse la cabeza contra la tarima superior, debido a lo reducido del espacio y lo forzado de la maniobra, y allí intentó nuevamente dormirse, pero ¿cómo es posible dormir dentro de una lavadora dando vueltas y más vueltas?... sólo hubo que salir a proa y esperar allí a que rayara el día por el punto más alejado del levante, donde glorioso aparecería minutos después el dios sol, en forma de rodaja de naranja, que posteriormente se convertiría en fruto pleno, llenando todo de vida y calor con su matutina presencia. 

En la proa del barco, Mario consiguió reaccionar por un momento, y echando mano de su bolsa de víveres encontró la asistida bota de pellejo viejo, con vino de las Alpujarras que se trajo desde casa, ese vino que hace alma de la mismísima miseria, y que desde antaño han elaborado los vinateros de Padules, en la Alpujarra almeriense; ni corto ni perezoso intuyó que era el momento más apropiado para trincar el bocadillo de jamón con aceite de oliva en una mano y la dicha bota con la otra... y así, en un momento en que el negro tizne anóxico dejó de pasear por la borda, toda la miseria pasada se convirtió en gloria...¡oh, dios!, exclamó para sí... ¿como es posible pasar de la muerte a la vida en tan corto espacio de tiempo?... y antes de hincar el diente al pan rancio del día anterior, trincó para su garganta una buena buchada de vino que le llegó hasta el más oculto rincón de su alma rota y herida, y respirando hondo comenzó a degustar su desayuno sietemañanero en uno de los más idílicos e impensables momentos que jamás hubiera podido soñar en su vida. 

Mario llegó a la conclusión de que para alcanzar momentos de felicidad suprema es imprescindible haber bajado antes a lo más profundo del dolor y la miseria, pues nuestra vida no es sino una sucesión de instantes que se contrastan entre sí, y por tanto no existe el bien sin el mal, o la riqueza sin la pobreza, la gloria sin la miseria ni el bocadillo de jamón sin la bota de vino.

Mientras la pequeña isla que era el barco avanzaba hacia el sudeste, el día se iba abriendo cada vez más glorioso y pleno, la mar comenzó a bajar y parecía ser que el mar en calma que ofrecía previamente el parte meteorológico, iba a convertirse en una realidad. Mario sabía que el día, por tanto, iba a ser prometedor... pues los días de calma son ideales en el mar para que la vida se deje ver y sentir, y así que no pasó más de una hora antes que el barco se encontrara inmerso en una “sopa de delfines” que saltaban por doquier; eran delfines mulares, rápidos y ágiles, los que acompañaron y deleitaron al muchacho durante un largo rato, pero ¿y sus compañeros de mar?... ¿seguían durmiendo? ¿no se sentían atraídos por esta maravilla de la vida?... Pues no; sólo Miguel, apareció súbitamente, desde popa... donde hacía cada mañana sus necesidades vitales que luego baldeaba con agua de mar... ¿viste los delfines, Miguel?; “a ezos nosotros les llamamo chaatos, zon malos, ze comen er pescaooo....”, y desapareció tan rápido como había llegado, tras bajar la escalinata de proa y meterse en ese pequeño antro que era la cocina. Asomó desde allí un momento la cabeza para gritar: “a los shatos antes, se le disparaba con la escopeta, pero ahora ya no ze pueeeedeeee... porque si te pillan los civiles con una escopeta en el barco, ze acabó tooó”. 

Tragando saliva, Mario entendió rápidamente que su amor por la vida no iba a ser bilateralmente correspondido por los de a bordo, y que mejor callarse ¿no?..., aunque tampoco estaría mal tirar un poco de la lengua, para aprender y conocer cosas nuevas, aunque sólo fuera por compartirlas luego, por plasmarlas en un relato... en ése momento sonrió para sí, respiró profundamente y entendió que él estaba allí accidentalmente, y que ni era quien para intentar cambiar el mundo, ni lo iba a cambiar aunque lo pretendiera... así que prismáticos en rostro continuó siguiendo el movimiento de los delfines, que se diluían en bandadas más pequeñas hacia la costa y hacia Poniente.

“Islas de Muerte y Océanos de Vida”, musitó... así se llamará mi relato cuando lo comience a escribir, y lo compartiré con quienes quieran escuchar de él, para que el mar y su gente, el mar y su problemática... estén un poco más cerca de todos; luego aparecieron más y más delfines, en este caso fueron delfines listados, otra especie odontoceta de nuestro mar... todo un lujo para los ojos de un naturalista de agua dulce. 

 

 

Capitulo III

 

Capítulo dedicado a Mayte Pérez, alias Teresa (observadora pesquera en el Atlántico Norte), mujer dura entre hombres rudos...

 mujer de la mar... MUJER entre lo más difícil... pero MUJER con sus consecuencias...

 

Mientras la mañana avanzaba y el sol dejaba de ser una joya, una reliquia...  para convertirse en un fogón ardiente que mejor se hubiera quedado donde estaba... junto a la fuerte calor del día, un aroma intenso comenzó de repente a inundar las pituitarias de los de a bordo, desde proa hasta popa; era olor como a marisco cocido, como a sopa caliente... no podía ser... ¿aquí?... ¿en el país del Barón Munchaussen?... El olor se mezclaba infaliblemente con el ácido y sempiterno hollín negruno de las cansadas máquinas, y se fundía con el runruneo permanente de a bordo... convirtiéndose todo en sí, en una explosiva mezcla que más quitaba el apetito que generarlo... sin lugar a dudas, un aliciente inexcusable “para no acudir a comer”.

¡Carajo!... exclamó Mario, alzándose incrédulo ante aquello que delataban sus sentidos... bajó el castillete de proa embutido en sus ya sucias botas de agua de color verde, y buscó por el origen de tan culinaria esencia... efectivamente, en aquel mohín rincón de fibra al que la tripulación llamaba “cocina” (un hediondo y cutre habitáculo de un metro ochenta por dos metros, donde comían cuatro personas a la vez) se encontraba Jose Manuel (nuestro querido Ozeamanué) dándole cariño y mimo a los fogones; el butano quemado, el olor a cangrejos extra-hervidos y el exceso de temperatura se salían todos juntos a horcajadas por la puerta de la tambucha... si creyera en los fantasmas, allí les hubiera visto a todos... y si hubiera habido un premio al arte-sano en la cocina, seguro que el ganador habría sido el cocinero de este pesquero, y de haber habido un premio a la inmundicia se lo habría llevado seguro, la gaviota que robó en el mismísimo aire, el producto que arrojara Mario de sus entrañas en aquel instante y por la borda... (con perdón)... Premio al malabarismo del hambre en la mar.

Agraciadamente, la botella de butano de esas naranjas y antiguas que huelen a fuga de gas, se mantenía alejada de todo interior sólido y de toda fuente de calor, y así viajaba ella  sola sobre la cubierta, en lo más alto del castillete del puente...  pues de estorbar, hubiera sido arrojada por la borda, como se hace tristemente con todo lo que sobra en los barcos, desde los pesqueros hasta los cargueros... ”ancha es la mar”... por lo demás las cocinas marinas son rudimentarias y muy peligrosas, con cuatro fuegos/fogones que arden cómo y cuándo quieren, en un ambiente hipo-oxigenado y anti-biótico, donde siempre hay un pote con café caliente que hierve un asqueroso líquido negruzco al que algunos llaman éso : “pote” en vez de “café” , y que después de calentado hay que tamizarlo, pues aquí, en el azul...  no existen las cómodas cafeteras expresas, ésas de los señoritos que venimos de más allá de los muelles de embarque.

Lo que ardía en la olla, según Mario nos contó... eran cangrejos, cangrejos rojos de los que los científicos llaman “cangrejos rojos mediterráneos”; sus largas pinzas coercitivas sobresalían sobre la pócima hirviente como si auxilio estuviesen pidiendo, y sus vísceras, mientras hervían en el agua con algunas pocas de verduras base, evaporaban una tremenda acidez, que era la que se convertía a posteriori en ese tremebundo hedor que todo lo llenaba... aire, mar y tierra (entendiendo por tierra el espejismo que cada cual llevaba en su alma).

Hola, José... dijo Mario al cocinero-maquinista; la respuesta fue una tenue sonrisa de compromiso sumiso y a la vez rebelde, escondida tras un cigarrillo americano de esos de toda la vida, mirada casi morisca tras un alma noble... que nos ofrecía un rostro sesgado pero bondadoso, oculto bajo una sucia gorra de pana. ¿Qué cocinamos hoy, Ozé??’??... “puffh... posss lo que hayyyy...” dijo Jose Manuel sin más. Tras compartir unas cervezas calentujas de las que había en uno de los trinques, nos despedimos momentáneamente él y yo, yo y él, hombre a hombre, cara a cara... pues había que pensar ya en el trabajo.. y el trabajo estaba en el puente, junto al patrón, mientras el barco seguía su lento pero impasible avante. Sacar la cabeza por la puerta del tambucho llamado “cocina” fue un alivio visceral para Mario, que volvió a entender la vida como un binomio entre hombre y oxígeno... la vida aún existía más allá de la cocina... ¡alivio!.

La mar fluía en calma, como antítesis de lo que fuera horas antes la tremenda salida del muelle pesquero, previa del alba... una pareja de “cágalos” (págalos) se nos aproximó por estribor, y posteriormente hizo su vuelo rasante algún alcatraz, que dejaron finalmente todos el paso a una estampida de gaviotas, primero de las que llaman de Audouín, y más después de aquellas que tienen las patas amarillas, y que les dan por ello así el nombre. Las aves seguían a la isla (el buque) sin prisa pero sin pausa, pues sabían que de haber alimento, era éste el lugar más apropiado donde encontrarlo. Y así transcurrió la mañana hasta que a las once en punto tocó nuevamente a rebato el tétrico pito del barco (piiiiii... piiiiiii) ...  aquel pito que sonaba a seiscientos estropeado, y con el que se llamaba a tripulación y a todo ser vivo a bordo al orden... pues llegaba el momento del día, la hora grande... “la virada”.

En este momento no hay más palabra que la acción, cada cual conoce perfectamente su puesto, por la cuenta que le trae... un inmenso torno comienza a virar hacia atrás de las dos o tres toneladas de arte de pesca que hay arrastrando en el fondo, con toda su carga, y en casi un kilómetro a la espalda de la isla... mucho peso y esfuerzo para un buquecillo tan nimio, tan frágil, tan de fibra de vidrio... “tan de juguete”... no obstante, el infernal ruido de los aceros que comienzan a encajarse en el torno nos hace reflexionar tranquilamente; no es una broma, estamos virando... así que cada cual a su sitio y que nadie se mueva. Son momentos de terror para un novicio en la mar... Solo una canción cabía en boca de Mario: aquella titulada “tierra, trágame..”. El biólogo miraba inquieto alrededor, con cautela, con cierto temor e intranquilidad, en un mundo que le era tan desconocido como adverso, y  refugiaba su mirada en la de su cómplice patrón, que era al cabo y al fin el único que le podía garantizar la flotabilidad y el regreso a puerto.

Mario pensó en ponerse unos tapones de cera en los oídos, pues los decibelios emitidos por la máquina eran absolutamente insoportables, pero rápidamente escrutinó que no podía sentirse un ente privilegiado respecto al resto de tripulación, que tenía que mantenerse auditivamente alerta por si surgía cualquier inesperada desavenencia. Era lo normal, era así... y como luego nos contó jocosamente nuestro patrón Manuel: “por ezzo los pescaores estamos tooos zorddos perdíos... es que la maar es muuu dura, Azzú..., y zi no, ponte a buscar la reuma en los pescaores con más de cuarenta años, a pataaássss”.... Mario entendía a la perfección que un año en la vida de un ser humano en estas condiciones había de tener consecuencias nefastas para su organismo, pero ¿qué podía hacer él?.

El torno seguía girando y girando (virando y virando) en su infernal pero rentable devaneo, marcando en azul una tenue línea de cada cien metros de virada... hasta que la última marca llegó a bordo por la popa; todas las máquinas pararon y entonces, cual tablero de ajedrez perfectamente cavilado, las fichas en juego cambiaron todas de posición... cada marino en sus funciones y cada hierro en su holgura.... hasta que por fin el arte, la corona, el copo... todo llegó a superficie. Era el premio esperado a tanta amargura.

Como surgidas de la nada, mil gaviotas y otras aves alzaron el vuelo como reclamando “la tierra para quien la trabaja”... hambre, hambre, hambre... luchando unas contra otras, una indescriptible masa de aves marinas se entrelazaban entre sí buscando una mísera víscera que poderse llevar al pico... al ver los alcatraces, “er Migué” me lanzó una mirada y un texto: “A los catrazes, cuando las escopetas que te dije... les tiraba yooo... y luego los vendía pa los tazzidermiztas...”; pero Mario a estas alturas ya no sabía si el latín era su lengua, o si más bien lo era la lengua bereber, ni tenía ganas tampoco de escuchar más cantinelas, pues ya sabía él de qué arte versaban las mismas...si las gaviotas eran sus amigas o si eran un inmenso nido de ratas que se mataban entre sí buscando la supervivencia... pero lo peor estaba aún por llegar: cuando el copo, que es el final del arte de pesca, donde la vida se transforma en muerte súbita... alcanzara la bastimenta del buque, con sus 800 kilogramos (mas menos) de vida agonizante en su interior.

 

Capitulo IV

 Capítulo dedicado a las gentes de la mar, que sufren en silencio los manjares que otros deleitarán...

especialmente a mis compañeros de embarque: Jose Manuel, Miguel, Gustavo y Manuel.

 

Se abrió el copo, mientras dos hombres tiraban de los cabillos que ataban su mortífera boca, y como maná caído del cielo, cayó en popa la cosecha fruto de las horas de arrastre de fondo: una amalgama de peces moribundos que se asfixiaban lentamente fuera de su líquido vital, se retorcían entre otra amalgama de plásticos, botellas, latas, pirulís, botas, jerseys, sellos de pokemon, maderos, boyas viejas, una gran mesa de hierro y dos fardos de hachís (que raudos fueron devueltos al seno de su madre azul)... los safíos se escabullían por entre los laderos, mientras que las negritas eran arrojadas a seco golpe a una esquina de la plataforma, junto con las zorras, las rayas y los rapes.

Los hombres comenzaron su labor diaria de separar el alimento vendible de la “basura”.... que irían arrojando poco a poco de nuevo por la borda, excepción hecha de los objetos más pesados, que tirarían a cotas menos profundas a fin de no volverlos a izar enganchados en el arte. La culpa de todo, según ellos... “de los mercantes”; tras terminar el primer descarte de basuras, la estela del buque se convirtió en un hilo de miseria que flotaba la una y poco a poco se hundía la otra, tras más de una milla multicolor... íbamos en una auténtica isla de muerte y suciedad, pero ¿quien era el culpable?... Visto desde fuera el marinero de un pesquero parece ser el más atroz de los piratas marinos, lo más sucio que domina los mares, pero el mismo no hace sino devolver al mar lo que cogió de él y no le interesa... él no fue el que lo escupió allí en primera instancia; habría que buscar a los responsables de tanta miseria mucho más adentro en la costa, en nuestras cómodas casas de nuestras iluminadas y calentitas ciudades, en nosotros mismos, en nuestros padres, en nuestros hijos, en nuestros más queridos seres... en general en esa burda sociedad consumista que tanto residuo generamos, y que luego mirando hacia otro lado... depositamos en algún contenedor verde, amarillo o violeta, en el mejor de los casos... ignorantes de que dicho contenedor verde al final alcanzará algún punto estable donde reposar, bien en tierra o bien en el mar, en el vertedero o arrastrado a los fondos por alguna avenida tormentosa.

Tiburones, peces de fondo, animales pelágicos, muertos los unos, con los ojos reventados o las “vísceras evisceradas” por la diferencia de presión... y moribundos y boqueantes los otros, miles de kilos de vida se retorcían en la superficie... cangrejos ermitaños que escapaban por doquier en una huida hacia ninguna parte, estrellas de mar reventadas, ascidias rotas, gasterópodos machacados, enormes cangrejos mutilados... toda un elenco de la más esperpéntica y apabullante falta de respeto por la vida, una patética colección de lo que es nuestra sociedad, que consume y consume y consume, queriendo siempre lo mejor... pero sin ser conscientes del caro precio que se ha de pagar por ello, ética y económicamente.

Para poder separar unas especies de otras, los marinos habían de hincar sus rodillas sobre la masa viva que aplastaban a cada movimiento, y mientras las vísceras de Mario se retorcían traicionadas por sus nervios, las de los pescadores estaban ya tan hechas a la tragedia que no veían en ello sino unos minutos más de tedioso trabajo, antes de regresar al muelle con un chusco de pan para sus hijos debajo del brazo.

Entre broma y broma, “Migué” arrojaba a Mario algún objeto divertido, como una caja de preservativos o una lata de sardinas, pues créanme... en el mar hay de todo, absolutamente de todo; en el mar está todo cuanto no necesitamos; también salió en este lance un vaso, y arrojándolo a las manos prestas de Mario, le dijo nuestro amigo: “guádalo, paa lavaálo... que en las tiendas valen caroo los vasos”. Era digno de mención como aún en estas circunstancias tan crueles, un ser humano sabía convertir su miseria en sonrisa.

Tras separar mocinas de lobos, zorras de safíos, brótolas de bacalaillas, gambas de cangrejos y merluzas de rapes... el resto, más de cien kilos de seres vivos arrebatados inexplicablemente y sin sentido al mar, comenzaron a ser arrojados nuevamente por la borda, como “basura”; morir por morir, sin significado alguno... Estas Islas de Muerte son sólo eso, Islas de muerte en medio de un Océano de vida. Mario se aproximó corriendo a coger una especie de pez que no conocía y que debía identificar en su trabajo... “Migué, Migué... esto que es????.... la respuesta de Miguel fue rotunda: “ezo ez un relóoo, bazura.... ezo no vale pa ná, ezo e BAZURA”... y con las mismas lo arrojó también por la inmunda y pestilente borda.

Dios mío... ¿pero como puede tener la vida tan poco valor? ¿esta gente es inmundicia o son simplemente la punta del iceberg de lo que todos somos en conjunto y que lo aprobamos, pero mirando para otro lado?... pues es que no actúan sino en nuestro nombre, con el que llenar las lonjas de pescados para que nuestras empresas hagan luego marketing barato (o caro) de ellos, y para que las prósperas industrias de manufacturación los conviertan en atractivos productos de los que miraremos caducidad, olor, sabor y otras propiedades organolépticas, exigiendo siempre “claro está” lo mejor.... ¿no somos nosotros de forma soslayada los mismísimos artífices de esta diaria barbarie? ... pensó Mario, mientras recurría nuevamente a su fiel y caliente bota de vino, esta vez sin condumio... “a palo seco” como decían en su pueblo natal de la Sierra de los Filabres... y en un trago que casi dejó la bota sin contenido. Sus manos temblaban de miedo, de incomprensión, de humillación, de impotencia y de cobardía... y sintió en ese bucho de vino un reconfortante hálito de vida que le ayudó a comprender a esos hombres de la mar que llegan a los puertos del mundo cada tarde, incomprensibles e incomprendidos... en su única obsesión de llegar al bar del muelle, donde ahogar sus miserias, penas y frustraciones en tan pocas horas como les quedarán antes de que la humedad de la noche se vuelva a romper con el sonido del viejo despertador que les recuerde que son parte del mar y que a él se deben... ése mar del que una vez que te captura, eres su rehén de por vida.

El mar, cuya fría humedad nocturna te condena a la miseria de la artrosis en un 95 por ciento de los casos, a la sordera en otro tanto, por los atronadores ruidos de motores y maquinarias viejas, al cáncer de pulmón, por la inmundicia que respiras involuntariamente y por la que voluntariamente metes en tus pulmones para olvidar la anterior.

Cuando el vino se hizo sangre en Mario, se tranquilizó al ver a charranes, gaviotas y pardelas agolpándose y luchando entre sí por recoger las miasmas viscerales que caían por kilos hacia el mar de popa; es la visión cercana de lo que desde tierra parece esa bella y bucólica imagen de mil gaviotas tras un barco... la realidad era muy distinta, peleaban entre ellas y violentamente para robarse cada pez o cada víscera, hasta el vómito de alguien arrojando por la borda era alimento sustraible casi desde tu propia boca...  Pero una especie en singular llamó especialmente la atención del chico; el págalo (cágalo le llaman aquí), esa ave marina que en vez de pescar su alimento, planea sobre los cazadores y cuando ve algún individuo desvalido se arroja sobre él para arrebatarle la presa... en un símil burlesco podríamos decir que el mar también tiene sus banqueros, economistas, políticos y entes multinacionales, que saben enriquecerse de la miseria de los demás.

Una vez arrojado todo el primer descarte por la popa (la “bazuraa”)... un tonelaje de inmundicias “viscerosas y viscerosamente” malolientes lo cubren todo; el barco aprieta la marcha buscando nuevo punto de lance, pues la mar amenaza tormentas para la tarde y hay que aligerar o se perderá el día... la pesca, para asombro de Mario, decía el capitán que “ze queóoo corta, había mussha bazura...”;  en ese momento todo hombre a bordo se pone a trabajar, mugriento mandil de naranja sucio en ristre, y afiladísimo cuchillo en mano. Con animales aún vivos, como es el caso de ciertos elasmobranquios (tiburones), la tarea de limpieza, corte de aletas, vísceras y despellejado acaba de comenzar. Los hombres fuman, llorando su ahogado silencio en el alquitrán con que taponan sus pulmones y con el humo en el que silencian obligadamente su palabra. El devenir de cuchillos acaba finalmente y una a una, con las vidas de aquellos seres que aún habían resistido el embate. La muerte se convierte en alimento y el ciclo de la vida continúa su satánico devenir .... ¿donde están dios y su bondad?... se preguntó Mario para sí en aquel momento.

Mario, con su traje verde fosforito de faena, contrastaba entre el naranja cruel del verdugo... como una lechuga tierna en manos de un carnicero enojado. Aquel marinero huraño del que nunca llegó a saber su nombre, le lanzó una mirada fría pero humana y le dijo: “quítate ezo verdee, que parecce un civil, ponte un trajje colorao como er de lo hombres”.... Mario se moría, él que había sido revolucionario social desde su más tierna juventud, él que había peleado y defendido los derechos y el honor de los trabajadores más humillados, se veía de pronto mira de atención de aquellos que no le comprendían ni a los que comprendía él... su traje verde enfangado también en sangre, y su cinta métrica junto con su pesola de mano, le hacían parecer un vulgar señorito salido de las tinieblas del mundo de las sirenas, un vulgar soplagaitas en medio de la nada... un señorito que realmente no sabía nada de lo dura que es o puede llegar a ser la vida en ciertas circunstancias, más allá de nuestros cómodos y calientes hogares, y de nuestra rutina, por mucho que lleguemos a odiarla... de aquella odiada rutina que tanto echas de menos cuando el helor de la noche te lame las espaldas y los riñones, haciendo caso omiso a cualquier prenda de abrigo de rigor...

Maaariooooo... dijo “Migué” toscamente y para rematar: “cuando te vaaya, er mono eze verde que yevaa, ya zzabe que me lo tieees que regaláaaa... que tú ya tiees pa comprate mushos....”; un guiño de su ojo derecho y una sonrisa de complicidad a media boca hicieron al chico sentirse bien por un momento, pues Miguel era su brazo de confianza a bordo... hasta en los más difíciles de los momentos y pese a cualquier pesar.

 

Capitulo V

 Capítulo dedicado a los investigadores del mar, y en particular a mi amigo Jerónimo Corral.

 

El trabajo a bordo era duro, había que pesar los cientos de kilos de carne muerta o moribunda y medir los ejemplares capturados, algunos de ellos, aún vivos... que se retorcían bajo los guantes de goma de pescador... había que medirlo todo e incluso sexar algunas especies, como los múltiples tiburones que se batían aún boqueando en la cubierta. En un eterno vaivén a derecha e izquierda, adelante y atrás... según los caprichos del oleaje, Mario pesaba y medía, medía y pesaba... y miraba de reojo a su alrededor; miraba de soslayo a esos pobre hombres que se buscaban la vida haciendo esto cada día... la tripulación, sentada a horcajadas en los bancos de popa “limpiaba” el pescado base, “las mocinas y los lobos”... que les llamaban ellos a las dos especies que más abundaban... y allí, cuchillo en mano, despellejaban y decapitaban uno a uno a cada uno de los animales recién muertos o aún moribundos, pues los tiburones como las “mocinas” aguantan gran tiempo fuera del agua.

Por este momento, y mientras el bajel seguía arrastrando lentamente sus pesadas redes en un segundo lance, cientos de gaviotas se agolpaban por doquier, picándose unas a otras, recogiendo con sus picos los viles despojos que minutos antes habían alimentado tanta vida... al fin y al cabo se trataba ni más ni menos que de completar la cadena alimenticia, los ciclos de la vida (y de la muerte), pero... ¿era necesaria tanta muerte, tanta violencia, tanto despilfarro, tanto destrozo...?. En estos momentos, Mario se preguntaba por el destino de las gaviotas y otras aves marinas cuyas poblaciones ha desequilibrado la acción del hombre, si de repente los pesqueros dejaran de salir al mar. Ya por lo pronto las nuevas legislaciones están aprobando proyectos para exterminar cormoranes y gaviotas, por su densidad de población y las molestias que provocan en ciudades costeras y en profesiones pesqueras... los mismos que hemos ayudado a que sus poblaciones crezcan tanto, ahora les robamos el derecho a vivir, a tiros con los unos... y pinchándoles los huevos a las otras.

El pescado “bueno” (brótolas, gambas, cangrejos, bacaladillas, potas, rapes, merluzas....) iba todo a la nevera; “er pescao bueno es par barco, par patrón...” y el resto, los safíos pequeños, las mocinas, los lobos... harán parte en comisión para la marinería... mas cuando la pesca es abundante y no hay tiempo de limpiar el pescado antes de llegar a muelle, pues se pierden posibilidades de venta, cubos enteros de peces muertos (recién capturados) serán arrojados por la popa... Mario quedó estupefacto cuando vio flotando cientos de cuerpos blancos y brillantes tras la estela de espuma que dejaban atrás... rápidamente entendió lo que pasaba, pero a esto que salió el patrón del puente a gritos y a viva voz... (dios mío, ¿quien pilotaba el barco ahora?)... “hay que joerse, envenenaos, que sois unos envenenaos, tirando er pescao por la borda... hay que joerse.... hay que joerseee....”; Mario temblaba de estupor y casi de miedo por la situación que súbitamente se había generado a bordo y la letanía prosiguió durante casi quince minutos más; se escuchaba salir del puente el gemido sordo, repetido y furioso... “hay que joerse, con los desgraciaos estos”.... todo se fundió en una única cantinela de fondo adornada por el humo negro del motor y el ruido de cadenas y tornos que chirriaban al unísono.

Tierra, trágame, pensó el chico por un momento... hasta que todo volvió a su sitio. Finalmente se tiró por la borda la basura (basura se llama aquí a todo lo que sobra, lo que no se vende...); basura formada por cientos de cangrejillos ermitaños, caracoles y caracolas, peces sin interés comercial, holoturias, miles de ascidias, estrellas de mar y trozos de las mismas, peces que no daban la talla, animales machacados por algún elemento de tracción... quimeras, congrios aún vivos, tiburones de considerable tamaño y un largo etcétera de animales que a golpe de pala eran arrojados al destino cierto de los estómagos gaviotiles, en el mejor de los casos, o destinados a hundirse para incorporarse al ciclo de la vida en las oscuras profundidades.

¿Tanta muerte y tanta destrucción para qué? ¿porqué?... ¿Para que luego los de tierra, que de tanta moral presumimos... digamos que no queremos pescado porque no tiene tal o cual categoría?... ¿para que se pudra en algún frigorífico o para que el niño de papá lo tire finalmente a la basura porque no le gusta el pescado?... ¿para que en los bares de turno nos pongan unas gambitas a quienes puedan pagarlas? ¿Y PARA ESO TANTA DESTRUCCIÓN, TANTA MISERIA...?.

Mario sabía que tras su experiencia marina no volvería a comer pescado, y que al pasar por la pescadería vería el dolor reflejado en los ojos reventados de los bacalaos, o en el estómago eviscerado de las brótolas, no podría mirar un cangrejo vivo andando entre el hielo de las vitrinas como un payaso de circo, sin recordar el dolor padecido... ¿y cuando viera esos filetitos tan limpios y rosados de pintarroja con alguna marca comercial de importante empresa adherida al plástico envoltorio?... solo podría recordar la sangre  de los Galeus, de las pobres mocinas... fluyendo por la cubierta de “la isla de muerte” donde estaba embarcado, mientras eran hechas pedazos con atroces cuchillos mientras exhalaban sus últimos alientos de vida.

El barco llegó al muelle a media tarde, donde curiosos, trabajadores, compradores, husmeadores, envidiosos y cotillas se agolpaban “pa ver lo que se había pillao”... tras bajar las capturas a la lonja, el barco fue baldeado, el denso olor fue camuflado con agua salada y allí, bajo el silencio de un ruidoso motor apagado... quedó amarrado hasta el día siguiente el mugriento barco, la isla de destrucción masiva... la “Isla de Muerte que flota a diario en un Océano de Vida”; todo volvería a empezar tras las horas de descanso, a las cinco y media de la noche del próximo día.

Sólo Jose Manuel, el amigo “Ozemanué”... quedó a bordo mientras arreglaba cabos y fumaba eternamente sus cigarrillos americanos... ¿donde iba a ir él si nadie le esperaba en ninguna parte?. Su mundo estaba aquí, en el muelle... su cara noble de chiquillo cincuentón, sus ojos sinceros pero tristes, sus manos curtidas, su gorra sucia... y una sonrisa dulce en la boca, fue la última imagen que Mario dejó en el puerto, la imagen que quedó para siempre grabada en sus retinas.

  

Fin

 

Con este 5º y último capitulo termina el relato ISLAS DE MUERTE, OCÉANOS DE VIDA, basado en las experiencias de su autor narradas en tercera persona, y que pretende ser un recurso educativo gratuito disponible para quien desee hacer uso del mismo. A tal fin se va a editar en su totalidad, debidamente estructurado, en formato único pdf imprimible.

 

Quien desee recibir dicho archivo, sólo tiene que solicitarlo al autor a través de esta dirección de correo.

 

 

Mi más profundo agradecimiento a cuantos me habéis acompañado y animado mientras escribía estas líneas, que no han sido sino un vómito visceral y necesario de tanta angustia y dolor acumulados durante tres semanas de embarque profesional a bordo de un buque de arrastre, y que he querido compartir gratuitamente con todos vosotros/as...

 

A todos –gracias-... pero muy especialmente a mi querido médico el Dr. Manuel Matamala, que supo asistirme de mis ansias y otros dolores tan físicos como reales, por vía electrónica desde decenas de millas tierra adentro, mientras duró mi embarque, a Jose Matamala, a Juan Pablo G. de la Vega, a Migüi y Joaquín Aguilar, a Vicente Hdez. Gil, a Maite Pérez y a Javi Gallego, a Jorge Lirola, Javier Moreno, Jesús Díaz, Juanra Fdez. Cardenete, Laura Ramos, Micaela Vanderwal, Pedro Urán, Rafa Calvache, Rosa Fdez Arroyo... a todos ellos por su confianza y apoyo, y a mi esposa Lourdes, por haberme sabido aguantar hasta el final. Perdón si quedó alguien en el tintero...

 

 

ISLAS DE MUERTE, OCÉANOS DE VIDA

 

Por Jesús M. Contreras 

 

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