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SERRANÍAS
DEL LEVANTE: LOS BOSQUES OLVIDADOS DE ALMERÍA
© TEXTO Y FOTOGRAFÍA: JOSÉ JAVIER MATAMALA GARCÍA, ARMANDO ALCÁZAR MARTÍNEZ, ELOY GIL GONZÁLEZ y FCO. JOAQUÍN AGUILAR DELGADO. Artículo
publicado por la revista Foco Sur (2000) : nº 51: 42-45
Cuna
de los primeros pobladores de la Península Ibérica, con gran abundancia
de yacimientos arqueológicos, ha sido paradójicamente una de las zonas más
despobladas y desconocidas de la misma, exceptuando el espejismo decimonónico
del “siglo minero” del que tan sólo queda una fantasmagórica
arquitectura industrial y una desolación forestal consecuencia,
principalmente, de la insaciable voracidad de los hornos de fundición.
Durante el último tercio del siglo XX se ha asistido a un importante
desarrollo turístico de la mayor parte de sus núcleos costeros, así
como a un crecimiento agrícola y ganadero en los valles intermontanos y
tierras del interior. Pero además de estos valores en alza, las serranías
y las costas del levante almeriense esconden en sus entresijos preciados y
preciosos tesoros naturales, como la tortuga
mora que aún conserva su último reino en este rincón del Mediterráneo
Ibérico.
Principales
características climáticas y geológicas. Las
características climáticas de esta gran comarca costera constituyen un
factor decisivo a la hora de analizar las comunidades de fauna y de flora,
tanto actuales, como pretéritas. Esta franja litoral, auténtico desierto
de abrigo topográfico (cómo diría el Dr. Capel Molina), aparece
enmarcada dentro del área más árida de la Península Ibérica. Entre
otros parámetros, cabe destacar la escasez de precipitaciones que rara
vez superan los 300 l/m² al año. Éstas suelen concentrarse al finalizar
el prolongado y seco estiaje especialmente durante el mes de octubre y,
con menor intensidad, durante la primavera, teniendo en ocasiones carácter
torrencial, habiendo originado no pocas avenidas de consecuencias catastróficas
de las que existen varias referencias históricas. Las temperaturas medias
anuales se sitúan en torno a 18 ° C, no existiendo un invierno térmico
y estando íntimamente ligadas a la influencia marítima, que amortigua
considerablemente las oscilaciones térmicas. Por último, debe destacarse
la elevada evapotranspiración que caracteriza el área y a la que
contribuyen directamente, además de los anteriores meteoros, el elevado
tiempo de insolación y el prolongado fotoperiodo de estas latitudes. Desde
el punto de vista geológico la génesis de las estructuras que conforman
actualmente este litoral es muy compleja y dispar y precisaría de un análisis
sistemático, qué queda fuera de los objetivos de esta artículo. En términos
generales puede afirmarse que la mayor parte del área queda incluida en
el sector oriental de las Sierras Béticas. Entre los promontorios más
importantes destacan sierras litorales y prelitorales como Cabrera,
Almagrera, de Los Pinos, del Aguilón, Almagro, Bédar, Atalaya y Alcornia,
estando presentes, en distintas secuencias y abundancia, materiales
correspondientes a los Complejos o Mantos Nevado-Filábride, Alpujárride,
Maláguide y Ballabona-Cucharón. La Sierra de Cabo de Gata y otros
afloramientos de origen volcánico dentro del área, como la Isla de
Terreros, Isla Negra, tramos de Cuatro Calas y Pozo del Esparto en Pulpí,
así como zonas cercanas a Vera donde el petrógrafo alemán Ossan
descubrió en 1888 una nueva especie de roca volcánica, la verita,
aumentan la singularidad geomorfológica y paisajística de la comarca.
Parte fundamental en este contexto litoral es el compuesto por los
pasillos intermontanos y las formaciones deltaicas, que se asientan sobre
terrenos sedimentarios de origen Cuaternario fuertemente erosionados y
ricos en restos de fósiles marinos, lo que atrae la atención de paleontólogos
locales y foráneos. Entre estos parajes cabe destacar las cuencas de
Sorbas y de Pulpí, el corredor de Lucainena-Turre y las cuencas de los Ríos
Almanzora, Antas y Aguas. En estos paisajes sedimentarios sobresalen
cerros y pequeñas montañas, denominadas localmente “cabezos”, que
suelen ir ligados a elementos biogeográficos y/o históricos relevantes.
¿Bosques
en el desierto? El
área definida queda en su mayor parte queda por debajo de la cota de los
800 m, ocupando el denominado piso Termomediterráneo. En este rincón del
Sudeste peninsular se asienta una “provincia botánica” (provincia
fitogeográfica) caracterizada por su gran aridez, la Murciano-Almeriense
(Sector Almeriense). Para los fitosociólogos la vegetación climácica,
es decir, aquella que debió existir antes de ser transformada y alterada
por el hombre, estaría compuesta por distintos matorrales capaces de
resistir condiciones de temperatura o termoclima y precipitaciones u
ombroclima propias de una región semiárida, como el
lentisco, el espino negro,
la coscoja, el cornical, el arto, el palmito,
etc., que aparecerían dependiendo de la composición del suelo y humedad
del mismo, entre otros factores. Asimismo, en las cumbres de la Sierra de
Cabrera, de La Atalaya y de Bédar la vegetación clímax (climácica)
habría estado compuesta por encinares. Sin
embargo, existen diversas pruebas que permiten considerar que, amén de
los bosquetes de altos matorrales espinosos de los que hablan estos
expertos, existieron en el área auténticos “bosques mediterráneos”
adaptados a la aridez (xerofíticos), tanto en las serranías, como en las
cuencas sedimentarias y pasillos intermontanos. Un interesantísimo
trabajo de los hermanos García Latorre (1996) aporta múltiples datos que
pretenden demostrar la existencia de lo que ellos denominan “los bosques
ignorados de Almería”. Así, por ejemplo, en la Sierra de Cabrera existía
un alcornocal que era explotado
comercialmente en el siglo XVIII y del que, además de las fuentes históricas,
existen en la actualidad algunos pies testimoniales. Dentro del mismo
complejo serrano, en el Barranco de Tiján, aún sobreviven algunos robles andaluces o quejigos
que ya existían en la fecha antes indicada, árboles que al igual que los
alcornoques precisan, a priori, de unas condiciones de humedad mucho más
elevadas que las existentes en la actualidad. Otro “bosque ignorado”
lo constituye el pinar de la Sierra de Almagro que, según un inspector
forestal de la Marina, contaba en 1741 con 1.600 pinos
carrascos. Asimismo, en los múltiples yacimientos de la edad del
cobre y del bronce que pululan por la comarca, se han detectado restos que
permiten confirmar la presencia de diferentes clases de pinos, cipreses y
especies pertenecientes al género Quercus
(encinas, robles, etc.),
así como de una fauna donde aparecían osos,
linces, corzos o ciervos, que
indican inexorablemente la presencia de masas forestales. Sin ir tan
lejos, en el tiempo los cronistas de Pascual Madoz (1845-1850) al hablar
de la Sierra de Cabrera comentan “... abunda
la caza de perdices y conejos, pocas liebres y algunos zorros y lobos”.
Y es precisamente este último, el lobo,
un cazador social principalmente de grandes ungulados como los ciervos que
habitan en áreas boscosas del mediterráneo; estos mismos cronistas
indicaban que abundaba la... “caza
mayor y menor” en el partido judicial de Vera y citan al lobo en los
términos municipales de Mojácar, Antas, Cuevas, Bédar y Carboneras. Estos
datos parecen, al menos, poner de manifiesto cierta estrechez de miras de
los fitosociólogos que han analizado este rincón del Sudeste ibérico y
que no alcanzan a ver más allá de los raquíticos matorrales y sus
series de degradación que dominan el paisaje actual, ignorando
descaradamente la existencia de masas forestales en este entorno árido
que, en cualquier caso, complicarían y elevarían el número de incógnitas
de las “ecuaciones ecológicas” que quedan por resolver en el área. Estas
sierras prelitorales y litorales y las llanuras sedimentarias que las
rodean han soportado desde la prehistoria la influencia constante del
hombre, que desde el neolítico comenzó a alterar activamente su medio
ambiente. Estos primitivos bosques xerofíticos extremadamente frágiles,
situados en el límite biológico de su equilibrio ecológico, no fueron
capaces de soportar y sobrevivir a miles de años de continua intervención
humana. Tras la destrucción de los mismos, su escasa capacidad de
autoregeneración y la existencia de condiciones bioclimáticas altamente
limitantes, se sucedieron procesos de pérdida rápida de suelo fértil y
denudación del mismo por erosión, tanto hídrica, como eólica, al igual
que sucede en la actualidad. Además la desaparición de estas masas
forestales parece ser independiente de un hipotético cambio climático;
los estudios al respecto ponen de manifiesto que no han debido existir
cambios significativos, desde la Edad de los Metales, hasta la actualidad,
y que la aridez climática ha sido una constante característica en el
Sudeste peninsular desde entonces. La vegetación actual es, por tanto, el
resultado conjunto de las condiciones bioclimáticas y biogeográficas del
área y de las intervenciones antrópicas desde la prehistoria.
Principales
comunidades de flora y de fauna. Pese
a su austeridad la vegetación del área presenta una flora muy rica,
compuesta por más de 1200 especies, entre las que destacan varios
endemismos que le confieren una singularidad botánica excepcional. Esta
elevada diversidad florística se debe a diferentes parámetros como, la
gran variedad de suelos o la presencia de microclimas o áreas
especialmente húmedas en algunos barrancos serranos. Asimismo, fenómenos
de mayor magnitud como las glaciaciones “arrinconaron” a algunas
plantas hasta estas latitudes, donde actualmente sobreviven; asimismo, la
unión física entre el Sur peninsular y el Norte de África, en
diferentes períodos geológicos, explicaría en parte la presencia de un
elevado número de iberoafricanismos.
Pinares,
encinares y comunidades arbustivas.
Los
matorrales arbustivos y subarbustivos ocupan una superficie notablemente
mayor dentro del área que la de las “áreas forestales” antes señaladas,
apareciendo distribuidos atendiendo al tipo de suelo y humedad del mismo,
altitud, así como al grado de antropización, entre otros parámetros.
Entre estas comunidades de altos matorrales destacan como “cabezas de
serie” los coscojales, los palmitares,
los lentiscares y los retamares.
Éstas agrupan comunidades vegetales de distinta composición, en las que
están presentes diversos arbustillos e incluso arbolillos como la coscoja,
el lentisco, el palmito, el espino negro,
la efedra, el bayón, el acebuche, el algarrobo,
así como distintos tipos de retamas
y de esparragueras. Bosquetes,
matorrales arbustivos y subarbustivos poseen una fauna característica,
aunque no exclusiva de este tipo de hábitats. Las aves están ampliamente
representadas; especies sedentarias como el pito
real o el mirlo común, y otras no nidificantes como el lúgano, del pinzón vulgar o
el carbonero común constituyen
quizá el grupo de paseriformes con un “carácter forestal “ más
marcado. Algunas aves visitan estos medios durante la primavera para
nidificar, como la tórtola, el
críalo y el autillo;
además de este último dos pequeñas rapaces, el cernícalo vulgar y el mochuelo
común, están presentes la mayoría de los hábitats descritos.
Durante el invierno menudean por estos páramos pequeños pajarillos como
el mosquitero común, las tarabillas
común y norteña o el colirrojo tizón
que deslumbra al observador con su rojo obispillo. Los reptiles
encuentran en estos medios un buen lugar para esconderse de sus predadores
y para dar caza a sus presas. El mayor de ellos, el lagarto
ocelado, está presente en casi todo el área costera; diminutas en
comparación con el anterior son la lagartija
colilarga y el eslizón ibérico,
auténtico “eslabón evolutivo” entre lagartos y ofidios; estos últimos
están bien representados por culebras
como la bastarda, la de herradura, la lisa
meridional y la de escalera.
La tortuga mora, auténtica
joya de la fauna almeriense, se adapta bien a este tipo de terrenos,
estando distribuida principalmente por las Sierras de Cabrera, Bédar y
Matorrales,
espartales y tomillares.
La
mayor parte del área aparece cubierta por matorrales que constituyen
etapas de degradación de las anteriores series de vegetación. Poseen una
gran importancia ecológica, ya que son el último “filtro verde” del
suelo ante los agentes erosivos, produciéndose la pérdida total del
mismo si éste llega a desaparecer. Entre los matorrales más ampliamente
distribuidos destacan los espartales
y los albardinales; ambas
gramíneas son capaces de adaptarse a casi cualquier tipo de suelos,
aunque las últimas soportan mejor la salinidad del mismo. Suelen aparecer
formando “mosaicos” con albaidales
donde, además de la albaida y
la albaida fina, abunda la jarilla
blanca almeriense, endemismo provincial de amplia distribución. Otro
grupo importante lo constituyen los romerales
que suelen aparecer sobre suelos básicos, como los calizo-dolomíticos
que afloran en buena parte de la Sierra de Cabrera. En este grupo se
incluyen diversas plantas aromáticas como el romero,
la ajedrea y algunas especies
de lavandas y tomillos. En estos romerales destaca una planta de singular belleza
con flores de color rosáceo, el matagallo
(Phlomis
purpurea ssp. almeriensis),
endemismo provincial de amplia distribución en el levante almeriense;
otro endemismo es la siempreviva
morada, que junto con los gurullos
suelen establecerse en suelos formados por filitas y pizarras. Destaca
también la siempreviva amarilla que, con su característico olor, ocupa gran
parte de los secarrales almerienses. Los jarales
compuestos por la jara pringosa no
dejan de ser una rareza dentro de este contexto, ya que constituyen un
matorral característico de Andalucía Occidental donde predominan los
suelos de carácter ácido, que permiten el buen desarrollo de esta
comunidad. Por último, merecen mencionarse los
bolinares donde además de la bolina
que, amén de dar nombre a esta comunidad, es una de las plantas más
abundantes de los secarrales almerienses aparecen otras especies como la mejorana, utilizada con fines terapéuticos, o el cantueso.
Cabe destacar la presencia en las sierras de Pulpí de dos de las especies
más raras de la flora ibérica, el chumberillo
de lobo (Caralluma
europaea) y el jopo de lobo
(Cynomorium
coccineum), esta última parásita de otras plantas de mayor
porte. Desde
el punto de vista ornitológico, algunos de estos matorrales como los
espartales, tomillares y albaidales, que pueden desarrollarse también en
zonas de cultivo abandonadas, constituyen el hábitat preferido por las
denominadas aves esteparias. Aunque repartidas por casi toda la llanura
litoral, la cuenca interior de Pulpí es especialmente rica en este tipo
de comunidades aviares. Entre las especies nidificantes en estas
“estepas” destacan la ortega,
el alcaraván, la canastera, las terreras común
y marismeña y las cogujadas
común y montesina. También
están presentes otras especies ligadas de este tipo de hábitats como el sisón,
la mayor de las aves esteparias de estas latitudes, la totovía,
la alondra común, la avefría
abundante en los inviernos fríos, la
perdiz, el triguero o el jilguero. También abundan reptiles como la lagartija cenicienta, la culebra
de cogulla y la tortuga mora que
buscará entre la espesura del matorral suelos blandos donde
“enterrarse” y pasar el invierno. Existen citas en la zona del camaleón común cuya población probablemente corresponda, al
igual que la de la Sierra de Gádor, a elementos naturalizados, si bien el
hábitat que ocupan en la actualidad pudiera considerarse dentro de su área
de distribución histórica en el Sur peninsular. En estos prados de
matorral abundan conejos y liebres, piezas muy codiciadas por los cazadores de la región,
estando también presentes las dos especies de erizo de la Península Ibérica, el común y el moruno.
Cultivo
y zonas antrópicas. La
riqueza en nitrógeno por el uso de abonos de las tierras de labor
provoca, al ser abandonadas, la colonización por diversos matorrales nitrófilos
como las bojas pestosas, la bufalaga
marina, la escobilla o los cardos borriqueros y diferentes tipos de malas hierbas. Estas áreas,
las de cultivo y los núcleos de población presentan menores índices de
diversidad biológica que las anteriormente descritas y suelen estar
colonizadas por especies animales que presentan un mayor o menor grado de
antropofilia. Entre las aves el ejemplo más claro es el del gorrión común, aunque otras muchas están ligadas también a estos
medios como el estornino negro,
la collalba rubia, la lavandera blanca, la abubilla,
el verdecillo, el verderón
común, la golondrina común, el avión
común, el triguero, la grajilla y
diversas especies de mosquiteros,
destacando en los campos de cereal la presencia de la codorniz. Los mamíferos más abundantes son el ratón casero, la rata común,
el zorro y el murciélago común y,
entre los reptiles, la lagartija ibérica,
las salamanquesas común y rosada
y la culebrilla ciega, experta devoradora de lombrices.
Roquedales
y cantiles.
Ramblas
y lagunas de agua dulce. Las
ramblas constituyen por sí mismas uno de los ecosistemas más singulares
del mediterráneo árido. El origen etimológico de la palabra, que
proviene del árabe “amba”,
significa arena y es que en las ramblas el agua encauzada es un elemento
restringido solo a ciertas épocas del año. Dependiendo del grado de
humedad y de la salinidad del suelo suelen desarrollarse distintas
comunidades de arbustos y de matorrales. Entre las más características
destacan los tarayales, los zarzales, los juncadales,
los azufaifares y los retamares,
aunque quizá sea la adelfa el
elemento más representativo y mejor conocido. En sus paredes blandas
horadan sus nidos dos aves iberoafricanas, que llegan durante la primavera
para criar en estas latitudes, el abejaruco
y la carraca. También regresan
para nidificar en estos taludes el gorrión
chillón, la grajilla y el cernícalo
vulgar. Los arbustos constituyen un refugio ideal para algunas currucas
como la tomillera, la cabecinegra
y la capirotada, el alzacola y
distintas especies de mosquiteros.
Las espinas de estos arbustos sirven a los alcaudones
real y común para clavar a
sus presas, generalmente insectos y pequeños reptiles, a los que devorarán
posteriormente. Los anfibios más frecuentes son el sapo común y el corredor. En
las desembocaduras de los ríos y en algunas zonas pueden encontrarse
lagunillas o pozas de agua, enriqueciéndose notablemente el número de
especies presentes. Aparecen entonces comunidades vegetales de agua dulce
como los juncadales, cañaverales,
carrizales y espadañales,
que pueden dar refugio a multitud de aves acuáticas y de paseriformes
ligados a estos medios (ruiseñores,
buitrones, chochines,...) que serán analizadas en el capítulo correspondiente
a zonas húmedas. También constituyen un hábitat adecuado para algunos
reptiles como el galápago leproso y
la culebra de agua, anfibios
como la rana común y mamíferos
como ratas, ratones y topillos.
Playas
y acantilados marinos.
La
vegetación de estos medios requiere adaptaciones específicas a la
salinidad ambiental y, en ocasiones, al sustrato, así como a la falta de
agua. Dentro de esta franja litoral, las zonas volcánicas constituyen
biotopos bien diferenciados, ocupando extensiones considerables en del
sector Suroeste de la Sierra de Cabrera y en otros puntos, como se indicó
en la introducción geológica. Entre las especies botánicas capaces de
colonizar estos suelos volcánicos destaca el cornical,
ampliamente representado en el litoral del levante almeriense, acompañado
por otros arbustos como el palmito,
única palmera de carácter europeo, y matorrales espinosos como el cambrón
y el arto. Sin embargo, las comunidades más abundantes están compuestas
por matorrales como los tomillares
entre los que destaca la hiel de la
tierra del Cabo (Teucrium
charidemi), endemismo compartido con la Sierra de Cabo de Gata.
Sin estar necesariamente circunscritas al sustrato volcánico aparecen
multitud de plantas, como la siempreviva
morada, la margarita de mar y
Silene litorea que llenan
de colorido las rocas costeras durante la primavera. Durante el verano
florece en la arena de algunas playas, como la de Los Nardos en Pulpí, la
azucena de mar especie rara y
cada vez más escasa; también, sobre dunas costeras aparece otra planta
endémica, Linaria
nigrican, así como otras de distribución más amplia como la amapola
amarilla. En los suelos
hipersalinos destacan comunidades de plantas halófilas entre las que
merecen especial atención por su escasez y rareza el “garbancillo”
(Halocnemum
strobilaceum), presente en Andalucía, como único lugar, en las
Salinas de Terreros (Pulpí) y Limonium
estevei, especie endémica que aparece, entre otros lugares, en la
Rambla de Macenas. Los
vertebrados que pueblan o visitan las playas y acantilados marinos están
representados por aves acuáticas y marinas. En las playas menudean
durante el invierno bandos de limícolos entre los que destacan distintas
especies de correlimos, zarapitos,
ostreros y vuelvepiedras,
que buscan frenéticamente los pequeños microorganismos que componen su
dieta entre la arena y las rocas de las playas. También durante el
periodo invernal no es rara la presencia de aves marinas tan curiosas como
el frailecillo y el alca torda u otras de mayor porte como los cormoranes grande y moñudo
o el alcatraz común, que
descansan en los acantilados rocosos. Las gaviotas y los charranes están
ampliamente representados. Durante el invierno abundan las gaviotas sombrías, mientras que otras como la reidora, la de Audouin y
la patiamarilla permanecen a lo
largo del ciclo anual, nidificando esta última en diferentes puntos del
litoral. Buscando alimento desde el aire es frecuente observar a charranes
como el común y el patinegro y a
otras aves pelágicas, como las
pardelas y los paiños que
nidifican en la cercana Isla de Terreros. Por último, merece la pena
destacar la presencia durante los pasos migratorios de grandes rapaces
como el águila pescadora, el halcón
de eleonor, el ratonero común o
el milano real. Agradecimientos: a Isabel Chico y Sandalio Espada que nos descubrieron algunos de los entresijos de este lugar del Sudeste ibérico. |