EL ABUSO DE PLAGUICIDAS: UN RIESGO PARA LA SALUD Y EL MEDIO AMBIENTE

© TEXTO y FOTOGRAFÍA:  JOSÉ JAVIER MATAMALA GARCÍA

Artículo publicado por la revista F&H (2002)

JJ Matamala

Jean Dorst, en su libro “Antes que la naturaleza muera”, afirma: “Nadie osará ingerir cantidades diez o cien veces superiores a las prescritas por el médico para que el remedio actúe diez o cien veces más rápido; esto es, sin embargo, lo que el hombre ha hecho con los plaguicidas”. Los biocidas se han convertido en un mal necesario que acompaña a la agricultura, además de constituir uno de los sectores más prósperos de la industria química. Sin embargo, ningún cronista medianamente serio debe obviar el hecho de que constituyen uno de los factores de riesgo más importantes, tanto para la salud pública, como para el medio ambiente. El cultivo bajo plástico absorbe más del 20% de los productos fitosanitarios en España, sin contar aquellos derivados de su venta ilegal. La nocividad de estos elementos no está tan solo en su mal uso y abuso, sino en su propia estructura química.

Los actuales organoclorados son parientes próximos del DDT, prohibido desde hace décadas aunque todavía presente en la mayoría de los seres vivos del planeta. Al igual que éste, se trata de potentes y eficaces venenos capaces de producir cuadros de intoxicación crónica por la acumulación de sus compuestos en nuestro organismo; entre las patologías más frecuentes destacan afecciones del sistema nervioso central, lesiones degenerativas de diversos órganos, especialmente del riñón e hígado, y desarrollo de tumoraciones malignas, como se ha demostrado en animales de laboratorio. Asimismo, poseen un marcado carácter mutagénico; en este sentido destaca el trabajo de García Lirola y Motos Guirao (1991) según los cuales “en la actualidad se dispone de bases científicas como para poder afirmar que un gran número de insecticidas son capaces de producir alteraciones genéticas en el hombre, pudiendo transmitirse a su descendencia en forma de enfermedades y malformaciones, tanto por contacto directo, como por acumulación de estos residuos en el suelo, en los vegetales y en el propio tejido animal”

Los que tienen una mayor probabilidad de afectación por este tipo de patologías son aquellas personas que están en contacto directo con los venenos y que los manipulan inadecuadamente sin utilizar medios básicos para su autoprotección -mascarilla, guantes, botas y gafas-. Aunque existen algunos estudios de autores como Martínez Vidal y Soler Márquez, que coinciden en la necesidad de realizar un seguimiento exhaustivo, tanto médico, como medioambiental, la realidad es que no se están efectuando de forma sistemática estudios epidemiológicos completos y serios, indispensables para evaluar correctamente el alcance y proporción de este problema.

Asimismo, el uso de los organoclorados puede causar importantes pérdidas en las propias cosechas, aparición de formas resistentes al producto, destrucción de especies predadoras y aparición de nuevas plagas que escapan al control de las mismas y alteraciones irreversibles en los ecosistemas donde son utilizados, incluyendo a las aguas subterráneas. Otros productos de uso frecuente son los organofosforados y los carbamatos; altamente tóxicos, presentan la ventaja de degradarse más rápidamente que los anteriores.