Los bosques desconocidos de la provincia de Almería

Lorenzo Cara Barrionuevo, arqueólogo

Edición digital Almediam. 01-07-03

 

El consumo de esparto, matas y madera fue incesante a lo largo de la historia. Las actividades domésticas e industriales necesarias para la supervivencia fueron desarbolando los alrededores de las poblaciones. Ya en el siglo XII, el viajero Al-Idrisí se sorprendía de la falta de vegetación en las proximidades de Almería, “como si se hubiera cribado la tierra”[1].

Pero esas montañas peladas sólo podían ser resultado de una tarea sistemática, completa y sostenida en el tiempo ¿A quién le podía interesar la desaparición de los bosques?

Clima y vegetación en la historia

Los análisis de la vegetación antigua indican que el pino y el acebuche formaban bosquecillos en las laderas meridionales y soleadas de los conjuntos montañosos de la provincia. La encina abundaba en las Sierras Cabrera y de Gádor, donde aparece un roble de hoja perenne, el quejigo. Madroños y sauces existían en casi todos los conjuntos montañosos[2].

Los procesos erosivos se iniciaron con la impresionante extensión de los cultivos que supuso en toda la región la cultura de Los Millares, hace unos 6.000 años. Este proceso vino precedido de una cierta desecación del clima[3].

Gracias a los estudios efectuados al pie de Los Filabres sabemos el empobrecimiento de la capa arbórea desde época romana, con la práctica desaparición de otros géneros de encina, del ciprés y del avellano, y el paralelo aumento del lentisco y del pino. Con un clima semejante al actual, las prácticas agro-pecuarias y, sobre todo, mineras de la época debieron de deforestar importantes zonas de la provincia.

Una riqueza forestal desconocida

Mapa de Almería siglo XVIII. Espelius 1739. Biblioteca Nacional.Al mediar el siglo XVIII, los bosques de Almería eran aún importantes.

Aunque los datos de la época no pueden ser tomados al pie de la letra, si son indicativos. En la ladera meridional de la Sierra de Gádor se habla de medio millón de encinas y varios miles de madroños[4]. En Los Vélez, donde el marqués siempre tuvo a buen recaudo sus bosques y caza, se cuentan unos 200.000 pinos.

En general, los señores guardaron bien sus bosques hasta la llegada del estado liberal. En 1841 se subastaban 243 fanegas de pinar en Oria, pertenecientes a los bienes secuestrados del Marqués de Villafranca, con un valor de 94.129 reales[5].

Los bosques de Lúcar, Sierro y Suflí sufrieron un largo litigio entre las poblaciones y el Marqués de Ariza: cuando el Consejo de Estado dispuso en 1859 que la tierra era de los vecinos mientras que los árboles lo eran del Marqués no hace falta mencionar lo que pasó luego[6].

Al contrario, para los vecinos el bosque suponía un medio para salir ocasionalmente de la crisis y generar nuevas tierras de cultivo. Además, el control de las talas nunca fue muy estrecho. A lo largo del siglo XVIII los vecinos de Huércal-Overa que talaban sin autorización los todavía numerosos pinos del Cabezo de la Jara eran conducidos a Lorca[7].

Proteger el arbolado

Para proteger los bosques se tomaron una serie de medidas.

Ya desde finales del siglo XVII hubo honda preocupación en la Corona por mejorar los bosques donde extraía madera la Armada.

La Real Ordenanza para la Conservación de Montes y Plantíos promulgada el 7 de diciembre de 1748 por Fernando VI fue la primera[8]. Al amparo de la Jurisdicción de Marina que regentaba la Armada Española, en 1762 se promulgó una normativa que reforzaba la vigilancia sobre los montes. También se dispuso el nombramiento de “Visitadores de Montes y Plantíos”.

Esta política de apoyo se vio reforzada con otra que imponía severas penas a los infractores: “Que qualquiera que se aprehenda cortando o arrancando algún pie de árbol sin licencia por escrito de la Justicia, nos dice la Ordenanza, que sólo se la deberá dar limitada a su necesidad, incurra por la primera vez en la pena de mil maravedíes, por la segunda doblada, y por la tercera de veinte y cinco ducados, y quatro campañas; pudiéndose conmutar esta, en los que no tuvieren bienes de que satisfacerla, con que trabajen el tiempo que la Justicia arbitrare en limpiar, desbrozar y componer los árboles viejos o nuevos, y la tierra en que se deban plantar o sembrar”. Rehabilitación por trabajo social se le llamaría hoy.

La política forestal de la Ilustración fue meticulosa pues se extendió por más de medio siglo y tres reinados. La documentación publicada por Manuel Gómez Cruz[9] revela el interés por la plantación de especies “útiles”, en especial de pinos y encinas, sin olvidar álamos, fresnos, almeces y castaños.

El pinar ignorado

La necesidad por conocer el estado la riqueza forestal llevó a realizar reconocimientos e informes en diversas zonas. Conscientes de que la situación estaba cambiando rápidamente, el examen incluía las condiciones naturales y sociales que afectaban a las masas arbóreas.

En 1804 esta diligencia se realizó en El Cigarrón, un área de tradicional anidamiento de la temible langosta, en pleno Campo de Níjar.

Allí, en el Monte Pinar de Cabo de Gata, observaron que eran innumerables los “pincarrancos” formando manchas sin constituir un bosque. Estos pinos no habían sido repoblados pues, “al modo que un atochar produce atochas”, eran producto natural del terreno.

El viento, el ganado y las podas mal realizadas los tenía achaparrados y deformados sus troncos excepto los que cultivaba un particular que beneficiaba su madera.

Hoy es un secarral sin huella alguna de su antigua arboleda.

Con todo, en la sierra había todavía abundantes encinas pequeñas y chaparros, “las que conservándolas de todo género de ganado, cultivándolas por medio de escardas, podas y demás, podrán con el tiempo ser innumerables... sin necesidad de plantar”.

El carácter práctico de los conocedores del terreno le señala la solución a los distinguidos ilustrados. Sin lugar a dudas, cualquier vivero es inútil: conservar es mejor que plantar.

En efecto, la situación estaba cambiando... y rápidamente.

Durante años, la ciudad de Almería había empleado los montes bajos y altos de su jurisdicción para fabricar carbón, pero en 1789 ya se encontraba con problemas para cumplir con su contrato de abasto. ¿Qué estaba pasando?

El bosque de Níjar

Isla León, Cádiz, 1809[10]. Estamos en plena Guerra de la Independencia. Pedro de Cárdenas Ponce de León, Teniente General de la Real Armada, comandante General de los Batallones de Marina y del departamento de Cádiz, Presidente de sus Juntas y Juez privativo de la Conservación de Montes se dirige a los justicias de Níjar para activar un antiguo expediente.

En 1805, el subdelegado de Marina de Níjar, Francisco Casimiro González, propuso el acotamiento del Barranco del Moro y otros lugares para realizar un plantío de álamos nuevos, con los que repoblar parte de la falda meridional de Sierra Alhamilla.

El dueño del Cortijo y Barranco de Inox, el comandante militar de la provincia Antonio Acosta, se opuso a ello. El asunto se olvidó por algunos años hasta que con la Guerra las necesidades de materias primas aumentaron.

Por aquella época, el afectado había muerto dejando viuda y cinco hijos, tres de los cuales seguían la carrera militar y las circunstancias, no siendo favorables, si eran más perentorias.

Un meticuloso informe

Seis años antes, en 1803, el reconocimiento de varios peritos y conocedores del término de Níjar no había encontrado mejor lugar para establecer el vivero en las inmediaciones de Almería que El Almendral. Por desgracia, esta tierra de riego, de apenas nueve celemines de superficie lindando con la rambla del Higuerón, estaba metida en cultivo por el comandante, que no se alegró, precisamente, con esta iniciativa.

Desde allí pasaron a reconocer la Umbría del Moro, lugar más “pingüe y acomodado para el trasplanto de los árboles”, poblado todo de pequeñas encinas. El coto era grande: lindaba con la jurisdicción de Tabernas, el Colativí, el collado del Fraile y el Cortijo de los Gurullos. En total unas 500 Hectáreas de lo que prometía ser un cultivo de árboles frondosos.

El lugar pertenecía a los comunales de Níjar por lo que deberían dejarse los pasos de ganado suficientes como para que su tránsito no ocasionara “el más leve perjuicio” a la repoblación. De hecho había estado poblado regularmente hasta la “batalla de Inox” y la expulsión de los moriscos.

Un año después, la situación había cambiado... sustancialmente.

Reconocido el Barranco con la mayor atención, “lo encontraron casi todo despoblado de encinas y labrado su mayor parte por aquellos vecinos que le confinan, dejándolo tan reducido que apenas podrá quedarle una fanega”.

En efecto, la noticia del proyecto se había extendido pronto entre los lugareños.

En busca del bosque perdido

Fue en la segunda mitad del siglo XVIII cuando se produjo el asalto a los baldíos, terrenos comunales incultos privatizados para su puesta en cultivo. El desastre no tardó en ser advertido.

En palabras del alcalde de Dalías en 1788, “con motivo de que de algunos años a esta parte no ha quedado cerro ni maleza, la más áspera de La Alpujarra, que no se haya metido en labor, lo que ha hecho con las lluvias, es traer esta... de sus laderas y cumbres, y difundiéndose por las haciendas de sus riberas, todo lo ha arrasado y cubierto de escombros, ensanchándose sus márgenes y elevando su álveo... hasta la desembocadura del mar”[11].

Por desgracia, esto no evitó cortas, talas e incendios, que se fueron haciendo cada vez más numerosos desde 1760. A finales de la centuria, Almería presentaba problemas en el abasto de carbón de encina[12]. Los árboles eran talados sistemáticamente en la sierra de Felix a inicios del siglo XIX. Las diligencias por corta de “robles”, álamos y, sobre todo, encinas en Sierra de Gádor se activaron en 1804. Las talas fueron en aumento en años posteriores hasta afectar incluso al vivero establecido en la Hoya del Cautivo (Félix) establecido para su repoblación[13].

En 1819[14] los incendios fueron especialmente numerosos y es que una nueva actividad se estaba abriendo camino. La minería del plomo desplegó con toda su fuerza en 1820 y en pocos años acabó con cualquier vestigio de árbol o matojo en la Sierra.

Para la zona de Vera, los “quemados”, es decir los rodales de monte consumido del todo o en parte por el fuego para su roturación, empiezan sistemáticamente en 1769. Pero el proceso es imparable: en apenas treinta años se labra la mayor parte de Sierra Cabrera destruyendo sus bosques, entre los que sobresalen los alcornocales[15].

Los devastadores efectos de la minería

La necesidad de combustible fue la principal causa de la deforestación de Sierra de Gádor durante los siglos XVII, XVIII y XIX[16]. En 1834, los bosques debían darse literalmente por arrasados. Pero aun quedaban troncos y raíces. Ante la tradicional alianza de los ayuntamientos y los fundidores, varios vecinos de Dalías protestan ante el Gobierno Civil por los gravísimos perjuicios causados al subastarse las cepas de encinas de su término, que valían 160.000 rs y fueron rematadas en apenas 3.500[17].

Pero aun sin árboles el arranque de la vegetación prosiguió.

No teniendo ni madera ni hulla, las zarzas, matas y espartos servían de combustible: “Nada, podemos ver, más simple y más económico -decía un viajero francés-; todo el mundo puede arrancar la hierba: así se evitan los gastos de transporte”[18].

Un documento inédito en pleno lenguaje del "Siglo del Oro"

1630, junio, 19. Granada. Real Providencia al licenciado Lope de la Cueva para que trasmita la orden de impedir la tala de bosques (Archivo Municipal de Vera, legajo 445, documento 17).

"El Licenciado don Lope de Cuevas y Zuñiga, del Consejo de su Magestad y su Oydor en la Real Chancillería desta Ciudad de Granada y otrosi, juez por particular comisión de su Magestad, y por los señores Presidente y Oydores de la junta de población de sus Reynos y señoríos, que para que conste della, para lo que de yuso yra fecho mención, mande que aquí se pusiesse e incorporasse que su tenor de la dicha comisión y Real provisión es del tenor siguiente.

Don Phelippe por la gracia de Dios, Rey de Castilla, de León, de Aragón, de las dos Sicilias de Jerusalen, de Portugal, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorcas, de Sevilla, de Cerdeña, de Cordouva, de Córcega, de Murcia, de Jaén, Señor de Vizcaya y de Molina, &c. A vos el Licenciado don Lope de Cuevas Oydor de la nuestra Audiencia y Chancilleria que reside en la ciudad de Granada, salud y gracia, sepades que nos somos informado, que en essa ciudad y en las demás ciudades, villas y lugares de su Reyno, se han talado y destruydo y disipado mucha parte de los montes, arboles y demás plantíos de sus terminos, en gran daño del bien publico, y común pasto y aprovechamiento de los ganados; y porque conviene poner en esto el remedio conveniente, visto por los de la junta de población de estos nuestros Reynos, fue acordado de que devíamos mandar dar esta nuestra carta para vos en la dicha razón, y nos tuvimoslo por bien, por la qualos mandamos, que luego que os fea mostrada dispongáis y deys orden como de aquí adelante en cada una de las dichas ciudades, vilas y lugares de este Reyno, se guarden, conserven, y no se arranquen, jalen ni saquen de quajo los montes pinares ni otros plantíos que viere en los términos, y que en cada una de las dichas ciudades, villas y lugares se diputen las personas que fueren necessarias ara que tengan cuidado de guardarlos, con un salario moderado que para este efecto mandamos se les pueda dar y de sus proprios, fin que por ello caygan ni incurran en pena alguna. Y asimismo dareys orden para que en cada una de las dichas ciudades, villas y lugares, se elijan y nombren personas expertas que vean por vista de ojos, en que parte de dichos términos se podrán poner y plantar de nuevo otros montes donde aya bastante pasto y abrigo para los dichos ganados, y la leña necessaria para el gasto de sus vezinos, con el menor daño y perjuicio de las heredades de labor que ser pueda, y en la parte que les pareciere aver mejor disposición se pongan y planten luego las enzinas, robles, pinares, y otros arboles que vieren son convenientes y necessarios de se poner y plantar según la calidad de la tierra donde se vieren de criar los dichos montes, haziendo también que en las riveras que viere en los términos de las dichas ciudades, villas y lugares, y en las demás partes que pareciere convenir, se pongan fauces, álamos y otros arboles, que también sirvan para el efecto referido, y para sacar la madera necessaria para las obras, reparos, y otras cosas que los dichos vezinos hizieren y vieren menester, compeliendo y apremiando a los de los lugares en cuyo termino presfiere hazer lo dichos plantíos, a que los pongan y / y planten dentro del termino, y en la forma que se les ordenare, so las penas que para este efecto se les pusieren; advirtiendo que en los lugares donde no tuviere disposición para plantar montes, se pongan y planten olmos, sauzes, álamos y otros arboles, asimismo conforme a la disposición de la tierra, dando también orden para que los que de nuevo se plantaren y pusieren, se guarden y conserven, y no se talen ni arranquen según va dicho. Y que para esto y la administración de los dichos montes y plantíos se haga por cada una de las dichas ciudades, villas y lugares, las ordenanças necessarias, imponiendo a los que contravinieren a ellas las penas que pareciere convenir, con que después que los dichos montes, pinares y arboles s estuvieren criados, el pasto común dellos quede libremente para siempre jamas, para los ganados de los vezinos de las dichas ciudades, villas y lugares de esse dicho Reyno, y de los demás lugares y perfonas particulares que tuvieren derecho de pastar los dichos términos, fin pagar por ellos cofa alguna, mas de tan solamente lo que antes se folia pagar por esta razón, ordenando demás de lo dicho a las justicias de las dichas ciudades, villas y lugares, que cada una dellas en su jurisdicción, visiten una vez en cada un año por sus proprias personas los dichos montes, pinares y arboles, y ejecuten las penas que fueren puestas a los oficiales de los Concejos, y personas que no pusieren ni plantaren los dichos montes y demás arboles y plantíos dentro del termino, y en la forma que se les viere ordenado, y assimismo las que fueren impuestas a las personas que contravinieren a las ordenanças que se hizieren para su conservación, y que tengan sobre todo para que aya cumplido efecto la inteligencia y cuidado que el caso pide. Y tomen las quentas de los maravedis que se repartieren para dichas guardas, haziendoseles acudan con ellos, fin que se conviertan ni gasten en otro efecto alguno. Y vos sobre todo lo demás que os parezca convenir para la mejor disposición del caso. y asimismo que las dichas justicias y los oficiales de los Concejos de las dichas ciudades, villas y lugares, os vayan dando quenta de lo que fueren haziendo, y se les ordenare, y de los montes y demás arboles que le fueren plantando y ordenanças que se vieren hecho para su conservación, so las penas que para esto les impusieredes; mandando también que hasta que lo cumplan no se les acuda con los salarios y emolumentos que por razón de sus oficios deben aver y gozar, para que por vos se nos vaya dando assi mismo de todo, y de los demás que os pareciere advertir, y se hiziere en ejecución de lo contenido en esta nuestra carta, y por nos visto le provea lo que mas convenga. Para todo lo qual y lo a ello anejo y dependiente, os damos poder cumplido y comisión en forma, con todas sus incidencias y dependencias, anexidades y conexidades, privativamente, y con inhibición de las demás justicias, Chancillerias, Audicencias y Tribunales. Dada en Madrid a veynte y tres días del mes de Abril de mil y seyscientos y treynta años, enmendado, olmos, sobre raydo, con que después. El Obispo de Solsona. El Licenciado Gregorio López madera. El Regente Caro. Don Paulo de Larondeles. Yo Francisco de Arrieta escribano de Cámara del Rey nuestro señor, la hize escribir por su mandado, con acuerdo de la junta de población, Refistrada. Don Diego / Diego de Alarcon, Chanciller mayor, Don Diego de Alarcon.

Y para poner en ejecución del cumplimiento de lo que por la dicha Real Real provisión se me comete, mando a vos Julio González, vecino de Granada, a quien nombre por personero diligenciero y ejecutor de lo que de yuso yra fecha mención que luego que esta mi comisión os sea entregada, vays a las ciudades, villas y lugares de este Reyno de Granada, que yran señalados y expressados en el memorial de los nombres dellas, que yra rubricado de mi rubrica y señal, y firmado de presente escribano. Y en las ciudades os mando que haciendo notoria esta mi comisión a las justicias dellas; por la qual les ordeno que luego que se les aya intimado, manden juntar a cabildo a los Regidores dellas, y estando en el los dichos Regidores, les mando que nombren y elijan personas dos o hasta quatro, que sean de ciencia y experiencia, para que las que fueren nombradas vean la disposición de la jurisdicción de su termino, que no coja ninguno de las villas y lugares de la dicha su jurisdicción, fino de tierras y montes que fea el distrito de la dicha ciudad, los quales vean la disposición que en el dicho termino de cada una de las Ciudades puede ser mas cómodo para plantar montes, o sauzes, olmos, álamos y azebuches, como se refiere en la dicha comisión, y vista la disposición del distrito y parte, declaren a donde se pueden hazer y poner las dichas plantas, y que cantidades de enzinas, pinos, azebuches, quejigos, robles, alcornoques y otros arboles, como esta referido, se pueden poner y que tiempo será menester para plantallo. Y otro si, mando a las dichas ciudades, dentro de un mes de la notificación deste mi auto y comisión, hagan ordenanças en razón de las penas en que deben ser condenados las personas que contraviniere a no conservar los dichos montes y plantíos, y quien los cortare o arrancare de quajo, o las demás cofas que se pueden prevenir en este caso para que se cumpla lo dispuesto por lo que su Magestad manda. Y que dentro del dicho mes embien ante mi y el presente escribano, las declaraciones que vieren hecho las tales personas nombradas de lo que dicho es, con parecer de la dicha justicia y Regimiento, y las ordenanças que en razón dello vieren hecho, para que por mi vistas y lo demás que esta referido, se les ordene y mande lo que se viere de hazer en conformidad de la dicha orden que me esta cometida por su Magestad. Y conforme a la descripción de arriba, las dichas villas y lugares a donde fueredes elegido y nombrado, apremiareys a las dichas justicias que se junten a concejo con los Regidores y Alcaldes, y en el les mando nombren personas para el efecto arriba referido, y hagan las ordenanças, y con las dichas declaraciones y ordenanças, dentro de un mes de como sean requeridos por vos el dicho ejecutor, me lo remita todo con su parecer ante mi y el presente escribano, so pena de cien ducados a cada uno de los oficiales, y a los lugares pena de cinquenta al que no lo cumpliere dentro del dicho termino que les doy y asigno para ello, y las dichas penas desde luego las aplico para lo que ordenaren y mandaren los dichos señores del Real Consejo de su Magestad y junta de población, y con apercebimiento que les hago de que le yra a ejecutar por las dichas penas con alguazil desta Corte a su costa, con días y / y salarios, y en cada ciudad, villa o lugar para que mas bien lo puedan hazer lo que dicho es, os mando que dejeys un traslado desta comission, y para ella aveis de cobrar para el presente escribano tres reales por sus derechos, y para vos de vuestro camino, y ocupación ocho ducados con diez y seys reales, y si no os despacharen dentro del día que llegaredes, siendo de día para poder requerir con esta mi comisión, aveis de cobrar, y os han de pagar quinze reales en cada un día de los que os detuvieren, los quales les mando os lo den y paguen de los bienes y proprios de las dichas ciudades, y Concejos de las villas, y lugares adonde fueredes ha hazer la dicha diligencia. Y mando los dichos Iusticias, y Regidores, os lo den y paguen de los dichos Concejos, y porque en esto suelen poner escusa a la paga, os mando que si luego no os lo dieren y pagaren, lo podays cobrar, y cobreys del Alcalde, o Regidor que os pareciere, el qual por quedarse como se queda en su villa, o lugar, lo cobre de los dichos proprios. Y otro si, atento que he sido informado, que en muchas villas y lugares deste Reyno no ay escribano, mando que en la parte, o villa o lugar que no lo viere, hagáis los autos y notificación con el Sacristán o Clérigo que viere en el dicho lugar, como si fuera escribano que para este efeto le doy comisión, y para todo lo susodicho; y llevar y traer vara de justicia mientras en ello anduvieres, y cobrar los dichos derechos del traslado de la dicha comisión que aveys de dejar, y vuestras costas personales que van declaradas, os doy poder y comisión en bastante forma. Y si para todo lo susodicho, y lo anejo y dependiente favor y ayuda vieredes menester, departe de su Magestad, y en virtud de la dicha su Real provisión, exorto a las justicias a quien la pidieredes os la den bien y cumplidamente, por ser todo del servicio de su Magestad, y bien publico, y conservación de la población de montes, y ganados. Y mando a qualesquier escribanos acudan con vos a hazer las diligencias, so pena de cien ducados en que le condeno lo contrario haziendo, y los aplico a la elección de los dichos señores del Real Consejo y les hareys pagar sus derechos que por ello vieren de aver de los dichos proprios de los dichos Concejos, y aveis de traer testimonio ante mi de todas las diligencias que hizieredes en ellos, pena que a vuestra costa embiare alguacil a que los trayga. Dada en Granada a dieze nueve del mes de junyo de seyscientos y treinta".

 

[1] EL EDRISI: Description de l’Afrique et de l’Espagne. Traduc. De R. Dozy y de G. de Goeje. Leyden, reimpr. 1968, pág. 240.

[2] Así lo indican los análisis efectuados: José Pantaleón CANO VILLANUEVA: Estudi palinologic de sediments litorals de la provincia d’Almería. Transformacions del paisatge vegetal en un territori semiarid. Tesis doctoral. Universidad Autónoma de Barcelona, 1996.

[3] Mª Oliva RODRIGUEZ ARIZA y J.L. VERNET: Prémiers resultatats paleocologiques de l´établisement chalcolithique de Los Millares (Santa Fé de Mondújar, Almería, Espagne) d´après l´analyse anthracologique. En: W.H. Waldren, J. Alcover y R.C. (comps.) Recent Devolopments in Western Mediterranean Prehistory: Archaeological Techniques, Technology and Theory, Iind Deya International Confernce of Prehistory, Tempus Reparatum, BAR International Series, Oxford y RODRÍGUEZ-ARIZA, Mª Oliva (1997): “Contrastación de la vegetación calcolítica y actual en la cuenca del Andarax a partir de la antracología”. Anuario Arqueológico de Andalucía 1993, II; pp. 14-23.

[4] A este respecto, la información recogida en el Catastro de Ensenada es reveladora del proceso de deforestación: José Luis RUZ MÁRQUEZ (1981): Almería y sus pueblos a mediados del siglo XVIII. Almería; por ej., pág. 43 (Canjáyar) o pp. 52 y 117 (Felix, Enix, Vícar y Roquetas).

[5] Bol. Oficial de la Provincia (en adelante BOP) núm. 702, 20-I-1841, pág. 3.

[6] BOP núm. 26, 31-I-1859, pp. 2-4 y núm. 28, 2-II-59, sin pag.

[7] También en la Sierra de Enmedio había pinos en varias cumbres al mediar esta centuria: MEMORIAL ajvstado y comunicado a las partes del Pleyto que siguen las ciudades de Vera, y Lorca sobre cumplimiento de vna Real Carta Executoria, expedida en pleyto de propiedad, seguido sobre Terminos, y Jurisdicción, por dicha Ciudad de Lorca, y Villas de Huercal, y Obera, con la Ciudad de Vera. Granada, 174; fol. 36r.

[8] Novisima Recopilación libro VII, título XXIV, ley XIV; pp. 516-23

[9] Manuel GÓMEZ CRUZ (1992): Atlas histórico-forestal de Andalucía. Siglo XVIII. Universidad de Granada. Granada, pp. 53-59.

[10] Arch. Municipal de Almería (en adelante AMA) 1143, 22. 1809, octubre, 20. Isla León.

[11] Arch. Chancillería de Granada 321/4390/75: “Información sobre la obra realizada en el río Adra bajo la dirección de D. Fco. Ant. Chacón en 1788”.

[12] AMA 331, 10. Año 1789, julio, 11.

[13] AMA 383, 4, 9, 10, 11, 12 y 13; año 1804.

[14] AMA 1174, 7, 8, 13, 15, 18, 19, 20, 31, 32, 33, 48 y 50.

[15] La documentación es prolija y detallada: Arch. Municipal de Vera por ej., legajos 259, 261, 262, 264, 266, 267, 652, 653, 655 y 674, diversos documentos.

[16] L. CARA y J.Mª RODRÍGUEZ (1986): “Notas para el estudio de la minería almeriense anterior al siglo XIX”. Bol. Instituto. Est. Almerienses 6; pp. 11-24 y L. CARA (2002): La minería de Sierra de Gádor, nuestro legado. Colección Patrimonio de la Alpujarra nº 1. Almería.

[17] Libro de Actas de la Diputación Provincial, sign. 4, sesión 11-VIII-1838.

[18] Charles DIDIER (1993): Un viaje a la Alpujarra en 1836. Est. preliminar Miguel Carrascosa. Granada, pág. 133.