
HISTORIA DE UN
AUTILLO HERIDO
Cuento
de Manuel Francisco Matamala García.
Julio de 2006
Prologo
El comportamiento
de nuestros compañeros de viaje en el Planeta Azul –etología- es,
dentro de la ecología –como ciencia-, un mundo que siempre nos
sorprende y sorprenderá. La base empírica, sobre la que actualmente
aplicamos complejas ecuaciones, no deja de estar intrínsecamente
relacionada con la observación y el estudio de campo que, en gran
parte, se pierde u obvia dentro de la literatura científica
–inaccesible y restringida para la mayor parte de la población-,
cuando no se realiza el tremendo esfuerzo de la divulgación, de la
educación ambiental, de la transmisión de cuestiones que todo el
mundo pueda entender sin problemas. Siempre he afirmado que aplicar
el Método Científico y sus esquemas estandarizados es, en la mayor
parte de los casos, más sencillo que apostar por un lenguaje ameno,
locuaz y donde todos y todas nos enteremos de lo que se está
tratando comunicar.
Este relato – presentado en forma de cuento- plantea un hecho
insólito, del que jamás –tras treinta años de investigación de
campo- había tenido conocimiento personal, ni en la amplia
bibliografía consultada sobre este tipo de fenómeno en el autillo -Otus
scops-,
lo que me vuelve a demostrar que aportaciones como ésta no pueden,
ni deben caer jamás en el olvido. En el mundo que nos ha tocado
vivir, caracterizado por el caos y destrucción ambiental y el olvido
y repetición permanente de lo más execrable de la historia de la
humanidad, nuestros compañeros en este viaje espacial nos demuestran
una vez más lo que los hombres y mujeres calificamos como
comportamientos éticos y morales, que a ellos atribuimos como
instintos básicos.
Quizá demasiado
neocortex –mal aprovechado- y un rinencéfalo atrofiado y comprimido
es lo que nos distingue de los demás animales, de los que no dejamos
de formar parte y arte en este mundo único, oasis de nuestro Sistema
Solar, donde nos consta que la vida existe. Espero que este cuento,
escrito por un científico con el que tengo el honor de compartir mi
sangre, nos transmita el sentido de la lucha por la supervivencia y
la adaptación al medio de especies amenazadas por nuestra acción
directa o indirecta, grupo en el que también nos encontramos, aunque
en este último caso, bien es cierto que es nuestra
especie la única responsable.
Agradecemos a José Antonio Oña
Uroz sus siempre importantes y sabios comentarios.
José Javier
Matamala García
Editor de Almediam:
http://www.almediam.org/
Historia de un autillo herido
Eran las seis de la mañana de un cálido día de verano, cuando al
salir a la terraza, un pequeño autillo se encontraba posado sobre la
barandilla de ésta. Me extrañó la actitud dócil de esta pequeña alma
de la noche que permitió que me acercara, e incluso acariciara,
tras lo cual me fui. Al volver de mi trabajo, cuál fue mi sorpresa
al comprobar que entre la espesura de un rosal batido por el sol
implacable se encontraba el pequeño intruso.
Al principio entendí que lo que hacía era dormitar al cobijo de las
pequeñas hojas de la planta, pero cuando me acerqué evidencié que lo
que ocurría es que tenía una patita fracturada por varios lugares.
El chamán que nació en mi y conmigo me empujó a intentar ayudar al
pequeño ser herido; así es que haciendo uso de la Ciencia y el Arte
que me fueron transferidos, le reduje las facturas y le inmovilicé
su extremidad herida, previamente le había dado calmantes para el
dolor dada la magnitud de sus lesiones; también quedé sorprendido al
ver y comprobar que la pequeña ave se dejara hacer, sin moverse para
nada, como si de un adulto humano se tratara. Su estado era penoso,
su mirada trasmitía su dolor, su tristeza, así como su agotamiento
que lo hacía debatirse en un estado casi agónico.
Como si de un bebé se tratara, le administre suero en la cantidad
precisa para recuperarlo del estado de shock en el que se encontraba
que podía hacerlo morir; supongo que por instinto en ningún momento
se “erizó” ni tuvo muestras de miedo, ni agresividad defensiva,
hacia aquel gigante que intentaba ayudarle. Tras observar cómo se
recuperaba lo puse en una jaulita de adorno hecha con varillas de
madera porque que no disponía de otro lugar más seguro que aquél
para el pequeño enfermo; tras todo lo anterior lo cubrí con paños
para que descansara y empezara la deseada mejoría hacia la curación.
Enseguida me di cuenta que me había aplicado una carga extra a mis
quehaceres diarios ya por sí bastante penosos; había que alimentarlo
y mantenerlo a la par sereno y tranquilo, evitando a toda costa que
se estresara y se sintiera incómodo debido a que el espacio era
reducido y podía lastimar sus alas o la pequeña extremidad
inmovilizada.
Día y noche, aplicándome toda la paciencia de la que disponía, me
hice de trocillos de carne que fragmenté en diminutas partes las
cuales sumergí en un platillo con agua y usando una pinza larga, le
ofrecía una y otra vez el alimento que creía, a mi juicio, que lo
haría sobrevivir, en la temporal cautividad de su convalecencia y
recuperación; al principio sólo bebía las escasas gotitas de agua
que rodeaban el alimento, después tras múltiples intentos, en cada
uno de los cuales me miraba fijamente y se familiarizaba con mi olor
corporal, consintió en picotear y tragar engargantando las pequeñas
ofrendas que pacienzudamente le ofrecía.
Cuando comprobé a lo largo de una eterna semana que al verme no se
asustaba, comencé a sacarlo en su jaula a la terraza, lugar donde
lo había encontrado herido; allí no dejaba de observarme y parecía a
su vez sentirse más cómodo que tapado todo el día dentro de la casa.
El
aire fresco del atardecer movía su plumaje con suavidad y subido
sobre el palito que le suministre para su apoyo y comodidad
orientaba su cabecilla, su olfato y su oído hacía aquel lugar de
dónde venía la brisa y donde se hallaba el espacio de su libertad
truncada por accidente.
Cuál fue mi sorpresa, cuando una noche, posado sobre la pared
medianera del lugar, observé a otro pequeño autillo que silencioso e
inmóvil no hacía más que observarnos, dando la impresión de que
quería expresarnos algo con su presencia callada.
Sentado a la penumbra de las estrellas, al principio lejos de la
jaula “hospitalillo”, intentando refrescar mis ideas y relajar mi
cuerpo cansado, aprovechando la brisa vespertina y la frescura de la
noche, ví
de nuevo a nuestro nuevo visitante posado donde antes pero con algo
en el pico que destacaba en la oscuridad ya que era más blanco a la
luz de la noche que el pardo cuerpecillo de quien lo portaba. Poco a
poco al principio con bastante recelo, se fue aproximando, posándose
en primer lugar en la barandilla de la terraza y después en el
palito que sobresalía de la jaula donde se encontraba firmemente
agarrado con su patita sana y con la inmovilizada apoyada mi pequeña
alma nocturna herida; para sorpresa y regocijo de mi vista y mi ser,
comprobé que lo que traía en el pico era una polilla de la noche y
que con un gesto de enorme compasión, se la daba a comer al pequeño
hospitalizado.
Poco
a poco y noche tras noche se repetía la escena, dándose cuenta lo
que observaba cada vez más de cerca, demostrando con su actitud que
no era otra cosa que pasión, dedicación, y demostración de amor de
una exquisita delicadeza, de una congénere separado por el azar, por
suerte
o
desgracia, en aquella pequeña parcela del vasto Planeta Azul;
con una frecuencia de casi diez minutos, el pequeño cazador libre,
volvía una y otra vez, para alimentar a su compañera enferma que
comparándolos deduje se trataba de una joven hembra, debido a que su
plumaje era más pardo y menos llamativo que el de su visitante.
Habían transcurrido dos semanas, repitiéndose el suceso de forma
reiterada e incansable, haciéndome pensar que aquellos
acontecimientos que se repetían ante mis ojos me enseñaban que si
supuestamente los humanos tenemos alma, y somos capaces de generar
los mayores de los amores y odios, aquellos dos pequeños autillos,
demostraban con esa preciosa forma de actuar que también, si es que
existe alma y el alma es el espíritu que genera amor; eran dos
pequeñas almas, por qué no, que se mostraban un delicioso amor en su
delicadeza, cariño y su dedicación.
El chamán que llevo dentro no hacía más que preguntarse, cuánto
tiempo habría de mantener a la pequeña criatura enjaulada, y cuándo
ésta se encontraría en condiciones para retornar de nuevo a la
ansiada libertad; providencialmente y sin saber cómo, la respuesta
fue contestada por la misma sabia Naturaleza que otrora, aparentando
casualidad trajo a mi terraza a la pequeña ave herida, ahora ella
misma de forma mágica, había abierto la jaula y mi pequeña
preocupación y dedicación diaria volaba y se posaba con facilidad
justo en el lugar donde la encontré la primera vez.
En un mundo donde los humanos aman y son capaces de demostrar la
mayor de las crueldades en la Guerra y en otras circunstancias,
hemos de observar a nuestro entorno natural del que procedemos, para
darnos cuenta que nuestra madre Egea, en todo momento intenta
enseñarnos que lo que nos debe mover siempre es el alma del amor, de
la compasión, de la humildad; al fin y al cabo somos una infinita
partícula de polvo de estrellas y no debiéramos nunca olvidar lo
escatológico de nuestro origen, y mediante la observación de nuestro
entorno hacer una reflexión y catarsis de nuestro propio pensamiento
y de nuestro propio ser en pro de la filantropía.
Nota de autor: todo parecido de este relato con la realidad no es
pura coincidencia.
Por Manuel Francisco Matamala García. En Orcera (Jaén), a 20 de
julio de 2006.
