
Las
políticas ambientales y el sentido común
Almediam. 09-08-03
Parecería obvio que el título que encabeza este artículo,
adentrado ya el siglo XXI, representara una sinergia común de alcance
planetario, cuando algunos aún se empeñan en defender la globalización
neoliberal como la única alternativa viable frente al concepto de
“Aldea Global”. Ante un
primer análisis semántico ambos conceptos, podrían sintetizar un
enfoque común de lo inmediato. Pero nada más lejano de la realidad.
La “globalización neoliberal”, diseñada por los
“países desarrollados”, mantiene unos objetivos bien definidos y
afines a la otrora Roma colonial –ahora encabezada por los EEUU-. Bajo
tratados de libre comercio, de “ayuda desinteresada” al subdesarrollo,
se esconden evidentes intereses económicos y geo-estratégicos. La
secular dicotomía entre Norte y Sur, entre riqueza y pobreza continúa
siendo el estandarte, el escaparate de fondo que acompaña a todas estas
“campañas humanitarias”. Tras más de una centuria de “revolución
industrial” las diferencias sociales y económicas entre ambos
hemisferios se hacen cada día más patentes y, aunque muchos no lo
quieran seguir oyendo, la muerte por inanición, por falta de recursos médicos
y por ausencia de compromiso entre la humanidad, continúa constituyendo
la mayor pandemia dentro de esta época que nos ha tocado vivir.
La búsqueda de recursos naturales, para continuar
con el desarrollismo a ultranza del “nuevo imperio”, se basa en dos
conceptos contranaturales, ajenos a cualquier tipo de ética o moral no
ajenas al sadismo más evidente: “el fin siempre justifica los medios”
y “la razón de la fuerza, frente a la fuerza de la razón”. Casi
nadie se preocupa o conoce la situación actual de Afganistán tras su
“liberación”, como represalia frente a los atentados del 11S. Del
mismo modo la población occidental ignora las consecuencias posteriores a
la invasión de Irak, la asolación de su patrimonio cultural o las
consecuencias epidemiológicas el empleo de Uranio empobrecido en las
miles de toneladas de “proyectiles inteligentes” utilizados en sendas
guerras que, en menos de una década, se han producido en el área.
Los que, como librepensadores, hemos abominado la
guerra como el recurso de la incompetencia manifiesta del ser humano, aún
tenemos que soportar que nos adjudiquen simpatías con el estado medieval
de los Talibán o con la dictadura de Saddam, para justificar lo
injustificable... terror por horror o viceversa, esa es la cuestión. Países
asolados y sometidos de nuevo a la razón de la fuerza; pozos petrolíferos
y oleoductos; intereses políticos y de multinacionales; en resumidas
cuentas: rentabilizar la sangre derramada y convertirla en “petrodólares”.
Esa es la única razón que justifica esta sinrazón, en un mundo que
adora al “Becerro de Oro” y donde la ética no está de moda; es más...
se persigue.
¿Qué tiene que ver esto con las políticas
ambientales?... básicamente todo, porque la moral aplicada es idéntica.
El nacimiento del movimiento conservacionista es reciente y podría
enmarcarse en el último tercio del siglo XX. El compromiso con el entorno
es un fenómeno paralelo a la aparición de una nueva ética, donde por
primera vez en la historia de la humanidad se retoma el concepto de Pangea,
y donde el hombre deja de ser dueño de la Tierra, para ser parte
integrante de la misma. Donde el sentido común se antepone a los
intereses particulares que, curiosamente, suelen coincidir
mayoritariamente con los que apuestan por el uso de la fuerza y el
concepto de “globalización neoliberal”. Precisamente por su origen
constituye un movimiento social errático, sin ideologías políticas
definidas, pero unido por conceptos morales comunes, como la paz, la lucha
contra la desigualdad, el apoyo a la protección del entorno y el respeto
por los Derechos Humanos.
Es precisamente dentro de este movimiento social
donde nace el concepto de “Aldea Global” y donde, por vez primera, se
anteponen los intereses del Planeta Azul a los patrios. De esta forma,
esta aparente “masa social inconexa”
es igualmente sensible a la destrucción y el asesinato de
comunidades indígenas en la selva amazónica, la persecución de
activistas dentro de Honduras y la asolación de su foresta, la destrucción
de sabanas y bosques tropicales africanos, la degradación de las estepas
de la antigua URSS o la especulación urbanística y agrícola que esta
literalmente ahogando al Mediterráneo. Para los librepensadores, los
movimientos ecologistas y conservacionistas, el hombre no es sólo un
elemento más del paisaje, sino que su actuación en el presente determina
directamente el futuro de esta minúscula bola cósmica y, por ende,
nuestro camino común.
José Javier Matamala García
Editor y Webmaster de Almediam: http://almeriware.net/almediam/