
PALOMARES: 38 AÑOS DE RADIACIÓN NUCLEAR
22-20-03
Hablar del
accidente nuclear de Palomares, una tranquila pedanía de Cuevas del
Almanzora –Almería-, que a finales de los años sesenta ni siquiera aparecía
en los mapas militares de la época, supone recordar el accidente nuclear más
importante de España, cuyas consecuencias sobre el medio ambiente de este
rincón del Sudeste peninsular, tras casi cuatro décadas, están aún por
determinar. También implica despertar una pesadilla que los habitantes de
esta comarca del levante almeriense prefieren olvidar, así como el clamor
histriónico y sinsentido de los políticos locales y provinciales que
intentan acallar cualquier nueva información que se aporte en este sentido,
en una peculiar manera de entender los intereses de la ciudadanía, donde
“ojos que no ven, corazón que no siente”.
No es nuestra
intención la de alarmar a la población, ni irritar a tan susceptibles
políticos de postín, sino reflejar ciertas conclusiones científicas poco
divulgadas y siempre perseguidas por un oscurantismo más propio de otros
regímenes. Cuando la salud humana puede estar comprometida lo único
razonable es estudiar el origen de ese posible compromiso y no enterrarlo,
como se hizo inadecuadamente con miles de toneladas de residuos radiactivos
en Palomares a finales de los sesenta.
Durante la
mañana del 16 de enero de 1966, un B-52 de las fuerzas aéreas de los EEUU en
cuya bodega alojaba 4 bombas termonucleares de fusión, colisionó con un
avión nodriza mientras realizaba una maniobra de recarga de combustible en
vuelo. En el accidente los dos aparatos se precipitaron y también las
bombas, dos de las cuales cayeron en paracaídas y pudieron rescatarse
ulteriormente supuestamente intactas, mientras las otras dos chocaron
directamente contra el suelo explosionando su carga convencional y liberando
su contenido radiactivo, compuesto por uranio y americio, creando una nube
radiactiva en forma de aerosol que se esparció sobre unas 226 hectáreas de
terreno gracias al viento reinante, incluida la población de Palomares.
Los militares americanos pusieron rápidamente en acción un
operativo al que denominaron “Broken Arrow” –flecha rota-, cuyo principal
objetivo era el de localizar los proyectiles perdidos y después
descontaminar la zona. En los datos aportados al Congreso de los Diputados,
por parte del Consejo de Seguridad Nacional –con fecha de entrada de 17 de
octubre de 1995-, se afirma que la retirada de material contaminado se
restringió sólo a las zonas que presentaron una radiación superior a 31,5
µCi x m-2 (1,17 Mbq x m-2), lo que correspondería al
0,97% del área afectada -226 Ha-, que fueron recogidos en más de 5.500
barriles y trasladados a los EE.UU. El resto del terreno fue labrado, regado
y sepultado bajo medio metro de tierra descontaminada. También, según el
informe núm. 021275 se enterraron cantidades indeterminadas con un índice
de radiación superior a 3,15 µCi x m-2 x cm-2 (1,17 x
10-1 Bq x cm-2) en un pozo construido al efecto.
Inicialmente el control de la zona correspondió a la antigua Junta
de Energía Nuclear (JEN) que realizó controles de contaminación atmosférica,
de suelos, plantas silvestres y cultivos, y animales desde el accidente
hasta 1980. En cuanto al seguimiento biológico los datos de “tan
concienzudo” análisis se limitaron al esparto, que ofreció los índices más
elevados por acumulación de plutonio, dos caracoles y una cabra, en los que
también se hallaron trazas de este elemento radiactivo. Sobre la población
residente se realizó un seguimiento médico periódico consistente en análisis
de orina y una exploración pulmonar, lo que según diversos expertos en
contaminación radiológica, ni son suficientes, ni aportan datos
significativos para la valoración epidemiológica de la exposición continuada
a partículas alfa de plutonio. En 1984 Centro de Análisis y Programas
Sanitarios descalificó públicamente los seguimientos realizados por la JEN
sobre mortalidad a causa de la radiactividad por incompletos e incluso
sesgados, mediante métodos presididos por la ambigüedad y la indefinición.
Estudios
epidemiológicos del Dr. Pedro Antonio Martínez Pinilla
En abril de 1997 concertamos un encuentro en Murcia con una de las
mayores eminencias en cuanto a patologías relacionadas con la radiación por
partículas alfa, el Doctor en Medicina D. Pedro Antonio Martínez Pinilla. De
hecho, es el autor de los únicos trabajos epidemiológicos que se han
realizado de forma continuada y con rigor durante décadas, sobre mortalidad
y morbilidad en Palomares. En dicha reunión nos acompañó el periodista
almeriense Diego García Campos, que publicaría parte de esta entrevista en
la medio que dirige.
El Dr. Martínez Pinilla nos comentó la falta de seguimiento
adecuado de la morbilidad y la mortalidad en Palomares, desde el accidente
nuclear, hasta la actualidad, por parte de las Administraciones competentes,
así como la precariedad de los protocolos de recogida de datos, su falta de
rigor científico y ético en algunos casos. Asimismo mantuvo que la tónica
dominante de las autoridades ha sido la dejadez y que aún no se ha elaborado
ningún estudio epidemiológico por parte de las instituciones responsables.
Nos comentó que la radiación producida por estos isótopos de
plutonio en forma de partículas alfa, en las concentraciones registradas en
el área de estudio, era muy débil incapaz apenas de atravesar una simple
hoja de papel; pero nos advirtió que precisamente es esta supuesta
“inocuidad a corto plazo” la que equivoca a los que se empeñan en establecer
“rangos permisibles para la salud”, lo que carece de sentido cuando la
principal característica de este tipo de radiación es su carácter
acumulativo dentro de las cadenas tróficas y en elementos inorgánicos, como
el agua, el suelo o el aire –cuando son removidos-. Según Pinilla, la
mayoría de los estudios sobre radiación prolongada ante partículas alfa,
indican que la incidencia sobre las poblaciones humanas y de otros
vertebrados superiores y también longevos, no presentan signos patológicos
hasta pasados 20 años. Es entonces cuando los efectos de la exposición al
factor de riesgo –en este caso la radiación- pueden llegar a desencadenan
procesos neoplásicos en el mismo individuo.
El método científico que empleó en los estudios epidemiológicos
realizados se sustentó en el tratamiento estadístico de diferentes variables
mediante un estudio de cohortes, con una probabilidad de error menor o igual
a 0,05 –limite estadístico de significación biológica- entre dos poblaciones
similares en cuanto a su dimensión, caracteres bioclimáticos y
socioculturales, así como con una pirámide de población muy parecida. La
población de estudio fue la de Palomares, mientras la población testigo –de
referencia- la de Guazamara, pedanía del municipio almeriense de Pulpí.
En el protocolo del primer estudio se recopilaron datos del periodo
anterior y posterior al accidente nuclear, 1946-1985. De esta forma se
confrontaron diferentes variables entre la población de estudio –con posible
factor riesgo- y la población testigo –sin factor de riesgo-. Los resultados
parciales durante dicho espacio de tiempo indicaban que las muertes por
neoplasias fueron menores en la población de estudio que en la testigo. Sin
embargo, en la discusión de los resultados obtenidos el Dr. Martínez Pinilla
afirma que podían deberse “a una inflarregistración por parte de los
médicos de las defunciones tumorales, ante la presión social que
inevitablemente establecía una relación entre las bombas, las radiaciones y
las enfermedades cancerígenas. En segundo lugar, que el periodo podría
resultar corto, ya que los espacios de latencia necesarios para que
aparezcan los efectos biológicos de las radiaciones son bastante grandes:
superiores a veinte años”. Asimismo, lamentaba que ciertas autoridades
hubieran utilizado sólo los resultados de su estudio epidemiológico
preliminar, para afirmar gratuitamente que un Dr. en Medicina afirmaba que
la radiación residual del accidente nuclear de Palomares no tenía incidencia
alguna sobre la población, en un descarado intento de buscar argumentos para
no seguir investigando el tema. Este uso sesgado de la información
evidencia, según Pinilla, la parcialidad de aquellos que la utilizan
fraudulentamente para evitar que se realicen con rigor los estudios
epidemiológicos pertinentes, llegando incluso a poner trabas a la labor
investigadora.
En un segundo estudio estadístico de cohortes, se confrontaron las
mismas variables y poblaciones, durante el periodo 1985-1990, cuyos
resultados variaron radicalmente con respecto a los del anterior ciclo. Esta
nueva iniciativa se debió, según el Dr. Martínez Pinilla, al considerar que
las causas que podían haber falseado los datos del primero se habían
superado; en este sentido afirmaba que “en primer lugar, porque ya se
habría sobrepasado ese hipotético período de latencia de 20 años, para que
las partículas alfa ejerzan su efecto cancerígeno, y en segundo, la presión
social, creo que puede haber desaparecido, además de que los expedientes de
defunción son mucho más rigurosos, por lo que aumentamos la fiabilidad de
los resultados” .
Los resultados de este segundo estudio demuestran que “las tasas
estandarizadas de mortalidad general muestran valores similares en Palomares
(9.6) Y Guazamara (10.1). Las principales causas de mortalidad para ambas
poblaciones fueron las circulatorias y las tumorales. Las tasas
estandarizadas de mortalidad circulatoria son muy similares entre ambas
poblaciones: 3.7 en Palomares y 4.6 en Guazamara, mientras que las tasas de
mortalidad tumoral son radicalmente diferentes en Palomares (3.7) y en
Guazamara (0.9)”… “resulta sorprendente que dos poblaciones con
estructuras similares, con mortalidad general similar y con mortalidad
circulatoria también muy parecida, presenten unas tasas de mortalidad
tumoral tan diferentes. Esta gran diferencia a favor de Palomares sólo es
justificable de manera significativa por la existencia de un factor de
riesgo”,
En las conclusiones de este estudio se demuestra que el riesgo
relativo bruto por exposición -siendo el factor de riesgo el hecho de vivir
en Palomares- es de 4.15, mientras que en una población sin este mismo
factor de riesgo, expuesta a las actuales condiciones de vida e índice de
mortalidad por tumores sería de 1. De esta forma Martinez Pinilla destaca
que “El riesgo atribuible provocado por la exposición al factor de riesgo
es de 0.76. Lo que indica, con un nivel de confianza superior al 95%, que el
76% de los tumores son debidos al factor de riesgo, y que el resto -24%- se
deben a otras causas. He realizado la inferencia de identificar el factor de
riesgo con la radiactividad existente en Palomares”. En resumen, “que
en los 20 años posteriores a la caída de las dos bombas de fusión no se
observó un aumento de las defunciones tumorales que pudiese ser atribuido a
las radiaciones, mientras que, superado este período de 20 años, empezaron a
aparecer cánceres de forma alarmante, que produjeron la muerte con un riesgo
atribuible (fracción etiológica) de 0.76 y con un riesgo relativo bruto
(razón de tasas) de 4.15”.
Continuando el mismo método científico en sus estudios
epidemiológicos, se encontró con que el nuevo análisis estadístico realizado
durante el periodo 1991-1993 aportaba resultados cada vez más
significativos. Así, los datos tabulados en dicho periodo, indicaban que el
total de defunciones en la población de estudio –Palomares- fue de diez,
desde enero de 1991 hasta mayo de 1993, y otras diez en la testigo (Guazamara).
El total de cuatro cánceres aparecidos fueron en la población de estudio y
siempre en varones, mientras que en testigo las diez muertes se debieron a
causas no tumorales. Ante estos resultados el Dr. Martinez Pinilla, tras
mostrar su cautela en estos últimos datos por lo reducido de la muestra,
afirmó “que los dos cánceres de hígado, uno de pulmón y uno de próstata
nos ofrecen una severa impresión de lo que acontece en Palomares. Ello
incrementa el factor de riesgo. En esta última etapa el 100% de las
defunciones tumorales existentes en Palomares son atribuibles a un factor de
riesgo, que atribuyo a las radiaciones alfa de Plutonio”.
El Dr. Pedro Antonio Martínez Pinilla señaló que “seria
necesario realizar otros trabajos diferentes a los epidemiológicos, que
estimen o desestimen con total exactitud una inequívoca relación causa
efecto entre la exposición a las radiaciones y la aparición de tumores en
Palomares”, entre los que apuntó los siguientes:
- Análisis de morbilidad, con datos del Hospital Provincial de
Torrecárdenas desde 1996, que incluya fichas administrativas de ingresos,
historias clínicas, libro de ingresos y altas, y fichas de patología
epidemiológica.
-
Continuación de los estudios epidemiológicos con sistemas estadísticos
fiables.
-
Experimentación in situ, sobre todo animales, que tengan biología parecida a
los humanos, con larga vida, y que coman productos de allí.
- Seguimiento
exhaustivo y sin límites de los vegetales y animales de la zona.
- Análisis de
las tierras, ya que las mediciones del CIEMAT reconocen insuficiencias.
- Análisis de
los acuíferos.
- Realización
de análisis de cuerpo entero a personas fallecidas, incluyendo exhumación de
cadáveres. Con esta medición se puede asegurar la relación
muerte-radiactividad. Hasta ahora sólo se ha analizado orina y medición de
contaminación en pulmón. Estos criterios son insuficientes.
- Estudio del
grupo de personas inmigrantes, que no estuvieron expuestos a radiación
inicial.
Estudio sobre la concentración de plutonio y americio en el
plancton del Mediterráneo Occidental
Un reciente
estudio realizado por el Instituto de Ciencia y Tecnología Ambiental,
perteneciente al Departamento de Física de la Universidad Autónoma de
Barcelona, titulado “Concentrations of plutonium and americium in
plankton from the western Mediterranean Sea" y publicado en la revista “The
science of the total environment”, ha aportado nuevos datos sobre las
actuales consecuencias del accidente nuclear de Palomares.
Dirigido
por el prestigioso Dr. Joan Albert Sánchez Cabeza, el equipo de esta
investigación ha estudiado, durante el período 1991-2001, la influencia de
la transferencia de los radionucléidos a través de la cadena alimenticia y,
en particular, la captación de nucléidos transuránicos por el plancton, lo
que es básico para poder evaluar el
riesgo radiológico potencial del consumo de productos marinos por la
población humana.
Según este
estudio las principales fuentes de elementos transuránicos presentes en el
Mar Mediterráneo, proceden de la precipitación radiactiva global –pruebas
nucleares- y del accidente de Palomares, aunque en la actualidad se liberan
cantidades menores desde instalaciones nucleares en la región Noroeste. El
método consistió en la recogida de diferentes muestras de plancton en el
Mediterráneo Occidental (golfo de Vera -en la zona de Palomares-, Garrucha,
Mallorca, golfo de Sant Jordi -Baix Ebre-, costa de Barcelona y golfo de
León –Francia-), para evaluar la captación biológica de plutonio –Pu- y
americio –Am-.
Los
resultados han revelado que en Garrucha (área de Palomares), el
microplancton mostró la mayor actividad de Pu-239,240 de todo el
Mediterráneo, lo que pone de manifiesto la contaminación con plutonio de los
sedimentos del fondo. Los niveles de concentración hallados estaban dentro
del “rango de los valores recomendados por la Agencia de Energía Atómica
Internacional” –AEAI-. Las concentraciones de transuránicos observadas en la
plataforma continental fueron mucho mayores que las de mar abierto. Según
estos científicos los sedimentos de las aguas costeras podrían jugar un
papel importante en el traslado de transuránicos al mesoplancton como
elemento inicial de la cadena alimenticia.
En Palomares,
tanto el Pu-239,240, como el Am-241, mantuvieron niveles cinco veces por
encima de los valores hallados en el resto del mesoplancton de la plataforma
continental estudiada. Los isótopos de plutonio de la muestra contaminada y
los relacionados con el accidente nuclear son similares, lo que indica una
relación directa con las bombas termonucleares de fusión que estallaron al
caer en Palomares el 16 de enero de 1966. Sin embargo, las concentraciones
halladas en el mesoplancton también estarían relativamente de acuerdo con
los “rangos recomendados por el IAEA”.
Lo que cabría
preguntarse es si “los rangos recomendados por la Agencia de Energía Atómica
Internacional”, están basados en las barbaries cometidas por las potencias
atómicas en los atolones del Pacífico durante el resultado de sus pruebas
nucleares...
Como
conclusión, parece evidente que estos estudios científicos demuestran
fehacientemente que tras 37 años del accidente nuclear de Palomares, las
consecuencias no sólo no se han disipado, sino que siguen y seguirán
afectando a las comunidades biológicas de la zona durante los miles de años
que estos elementos transuránicos, en especial el plutonio, tardan en
degradarse. Lo que también es evidente es la reacción anormal –o ausencia de
la misma- de las distintas Administraciones implicadas en el control de
estos residuos radiactivos, del seguimiento epidemiológico de los habitantes
de esta comarca y de los demás seres vivos que viven en ella. En cuanto a
los susceptibles políticos, habría que recordarles que es legítimo potenciar
el desarrollo de estas áreas y nadie lo ha puesto en duda, pero que es un
deber inalienable de los mismos procurar por la salud de los habitantes de
esta zona, así como emplear todo el tiempo que utilizan en descalificar o
quitar trascendencia a estos estudios, en defender realmente estos derechos
y exigir que se investigue aún más, que se estudien soluciones paliativas y
que dejen de actuar como un estorbo para el desarrollo de la ciencia.
José Javier
Matamala García
Editor de
Almediam:
http://almeriware.net/almediam/
Declaración Universal de los Derechos Humanos
Artículo 19
Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este
derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de
investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin
limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión.
Fuentes
documentales:
Sánchez-Cabeza, J.-A., J. Merino, P. Masqué, P.I. Mitchell, L. León
Vintró, W.R. Schell, Ll.
Cros, A. Calbet (2003): “Concentrations of plutonium and americium in
plankton from the western Mediterranean Sea”. The science of the total
environment,
311: 233-245
García Campos, D. (1997): “Palomares debe Saber”. Foco Sur, 13:
9-13
Artículo publicado en:
Los
Verdes de Andalucía. 22-10-03
El Debate. 22-10-03
IBLNEWS. 22-20-03
Andalucía24horas.
22-10-03
Portalmería. 23-10-03
Indalia. 24-10-03
Portal
del Medio Ambiente. 27-10-03
EcoPortal.net. 06-05-04