
VERANO CALIENTE
25-08-05
No me refiero a las altas
temperaturas alcanzadas, ni a la plaga de incendios que están arrasando la
Península Ibérica cuando, pese a todos los medios disponibles existe la
nesciencia de no dar crédito a la historia y aprender de una vez por todas
que los incendios no se apagan en verano, sino que se remiten a labores
anuales -ininterrumpidas- de control y adecuación de las masas forestales y de aquellas que
por “rastreras” parecen poseer el demérito cuando arden bajo las llamas. En
las primeras hemos de esperar décadas para su restauración, en las segundas
sólo nos queda contemplar el avance de la desertificación.
Las medias ponderadas durante las
últimas cinco décadas no suelen fallar; y esa media se establece en 100.000
hectáreas asoladas anualmente, en el ámbito peninsular. Es cierto que han
existido períodos recientes de inusual bonanza y que algunos y algunas han
creído que los medios desarrollados podrían ganar la batalla a ese 95 por
ciento de incendios forestales causados por negligencias, errores o
provocados.
También es cierto que una tormenta
eléctrica como la acontecida en Segura, Cazorla y Las Villas, es totalmente
imprevisible, pero pese al comunicado de la Consejera de Medio Ambiente -CMA-
de la Junta de Andalucía en este sentido, no es menos cierto que los
pobladores y pobladoras de estas serranías han visto mermada su capacidad de
prevenir con sus métodos lo que sus ancestros ya hacían, mucho antes de que
existieran administraciones dedicadas a estos temas. En las zonas rurales,
donde la dependencia de la foresta es primordial para el propio desarrollo
económico local, multitud de generaciones han participado abierta y
altruistamente en la contención, control y prevención de incendios
forestales con excelentes resultados. Limitar la actuación de los pobladores
de estos entornos mediante trabas burocráticas y falsamente ecológicas es un ejercicio de supina
torpeza y una falta de reconocimiento de la etnología e idiosincrasia local.
Pero no pretendo concentrar el término
caliente a lo referente a los incendios forestales, indudablemente
potenciados por un periodo de sequía que no se producía desde hace años.
Caliente, también se refiere a una
reacción social sin parangón que la provincia de Almería está manteniendo
ante una administración incapaz de establecer una dinámica coherente con sus
principios de eficacia y eficiencia. Ante políticos incapaces de entender lo
que es la Ordenación del Territorio, desde cargos de la Junta a ediles de
Ayuntamientos. Lo cierto es que ha existido una contestación social jamás
recordada en este rincón del Sudeste ibérico, que sólo acaba de empezar.
Cuando se reclama a otras Comunidades
Autónomas un déficit real de hectómetros cúbicos, es lícito indicar cual
será su destino final. Convertir el Levante Almeriense en una nueva Costa
del Sol, no sólo ha atraído a especuladores de diversa índole, sino a mafias
organizadas que ven en estos territorios un marco ideal para el blanqueo de
capitales. Lugares únicos como Macenas – Mojácar- se destruyen con el
consentimiento impávido de los responsables municipales… lo mismo ocurre con
el Salar de los Canos en Vera, Ayuntamiento que pretende convertir su
territorio –en parte contaminado por partículas alfa de plutonio y americio-
en el de mayor crecimiento urbanístico de España, lo mismo que sucede con el
de Cuevas de Almanzora, cuya pedanía de Palomares registra uno de los
máximos niveles de morbilidad y mortalidad por cáncer sin que parezca que
esto tenga la más mínima importancia para el político de turno y sus
técnicos asesores. Lo mismo
ocurre en San Juan de Los Terreros – Pulpí- donde apenas queda algún resto
de sus antiguas salinas cuyas especies vegetales se hallan protegidas
directamente por la directiva Hábitat de la UE. Carboneras cuenta por sí
sola con la mayor y más contaminante central de energía eléctrica cuya
lluvia ácida se detecta en un perímetro superior a los veinte kilómetros,
sin contar sus emisiones de gaseosas, entre las que destacan las de CO2,
las mayores del Mediterráneo Occidental.
El valuarte de la CMA, la Reserva de la
Biosfera y Parque Natural de Cabo de Gata – Níjar es el mejor ejemplo de una
inadecuada política de desarrollo sostenible. Desde la Administración
responsable se niega la proliferación de invernaderos y construcciones
ilegales, el tránsito diario de arrastreros por sus aguas protegidas, el
vertido diario de aguas residuales en la Rambla de Morales, la destrucción
de especies globalmente amenazadas como Androcymbium europaeum, la
especulación de este territorio protegido por grandes inmobiliarias, como
las que están desarrollando un plan urbanístico en el paraje de El
Algarrobico, o las que pretenden ensombrecer las Salinas de Cabo de Gata,
con la excusa insensata del político de turno que desconoce su propia
capacidad para detener tal tropelía. Un Parque Natural de conveniencia para
los intereses de unos y la ineptitud de otros.
Desde Almediam proponemos, por primera
vez, que se tomen las medidas políticas adecuadas para inhabilitar a
aquellos/as cuya gestión ha sido particularmente dañina en esta Reserva de
la Biosfera, así como quienes se han inhibido ante la caótica situación de
“desordenación del territorio” en el Levante Almeriense que hemos expuesto.
Consideramos que la CMA tiene y debe tener una actitud ejemplar en estos
términos y manifestamos que esto no ha sido así desde sus inicios, donde ha
dominado la incompetencia y la mediocridad.
Estamos con la CMA para apoyar políticas
ambientales sostenibles; jamás para justificar lo injustificable.
José Javier Matamala García
Editor de Almediam:
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