Factores
que influyen en el avance del
desierto.
El primero y principal de
éstos es la deforestación
masiva que ha soportado y soporta
este país, lo que provoca la
denudación del suelo fértil y su
progresiva desaparición por la
acción de los agentes erosivos.
La destrucción de grandes masas
forestales para su
aprovechamiento, para el aumento
de tierras de cultivo, etc., es un
hecho histórico fácilmente
constatable y que se ha descrito
al hablar de algunas serranías
almerienses como Gádor o Filabres,
aunque en la actualidad son los
incendios forestales el
principal agente causante de tan
vasta deforestación.
Si el historiador romano
Plinio visitara actualmente
España, la bautizaría
probablemente con el nombre
de “Tierra del Fuego”,
apropiándose de la
denominación que Magallanes
diera posteriormente a la
Patagonia. Y es que, los
bosques y matorrales
españoles parecen salir de
una permanente noche de San
Juan donde el fuego, en este
caso destructor que no
purificador, asola y calcina
miles de hectáreas cada año, convirtiendo a
esta piel de toro en un
cuero, cada vez más roído
y deteriorado.
Algunos ecólogos como
Joaquín Araujo (1992) afirman que
la velocidad de destrucción de
los bosques españoles es 600.000
veces superior a su capacidad de
crecimiento natural y que la
destrucción del patrimonio
forestal mantiene un ritmo medio
de 95 millones de árboles
quemados al año. Cabe destacar
que durante las tres últimas
décadas se ha perdido el 12 por
ciento de la superficie arbolada
de España. Desde 1970 a 1990
ardieron en España 2.210.000
hectáreas, superficie equivalente
a dos veces y media la extensión
de la provincia de Almería.
Durante el mismo período se
calcinaron en Andalucía 472.700
hectáreas. En cualquier caso, con
una media superior a las 100.000
hectáreas anuales de desolación
y calcinación, los esfuerzos de
la Administración, tanto en el
ámbito central, como autonómico,
parecen ser insuficientes frente a
la magnitud de esta catástrofe
ecológica.
Los datos oficiales del
Plan Infoca correspondientes
al período 95-99 han dado
los valores más bajos de
este tipo de siniestros para
Almería durante el último
quinquenio, aunque durante
el último año de este
periodo hayan
aumentado.Noticia sin duda
esperanzadora, aunque no
concluyente, que indica
notables mejoras en las
técnicas y medidas de
control.
Sin embargo no puede
obviarse la corresponsabilidad de
los factores meteorológicos. En
este sentido, cabe destacar el
aumento de las dotaciones
presupuestarias realizadas durante
los últimos años por parte de la
Junta de Andalucía, que han
multiplicado las infraestructuras
encaminadas a la lucha y
prevención de incendios
forestales y al desarrollo de
programas específicos de
sensibilización y educación
ambiental. Almería cuenta
actualmente con dos Centros de
Defensa Forestal en Serón y
Alhama de Almería y un Subcentro
en Vélez Blanco. Estas
estructuras, ubicadas dentro de
entornos forestales, además de
constituir centros operativos en
la lucha contra el fuego, realizan
estudios de las masas forestales
sobre las que actúan, así como
cursos de formación permanente
del personal que interviene en
este tipo de actividades.
Principales
causas de los incendios forestales
Tras el análisis
estadístico de las últimas dos
décadas puede inferirse que tan
solo el 5% de los incendios
forestales se deben a causas
naturales o fortuitas, el 15% se
producen por negligencias, más
del 35% son intencionados y,
aproximadamente, del 40% restante
se desconocen sus causas
concretas, aunque mayoritariamente
se les supone un origen antrópico.
Es decir, que de las 100.000
hectáreas anuales que arden por
termino medio en este país, tan
solo 5.000 corresponderían a
incendios forestales de origen
natural por lo que, en cualquier
caso, el hombre es el responsable
directo de más del 90% de esta
particular España en
llamas.
¿Acaso
España es un país de pirómanos
y psicópatas? A la vista de estos
resultados sería fácil
argumentar en favor de este
postulado. Sin embargo, en
ecología los análisis simplistas
casi siempre conducen a errores
más o menos graves, por lo que se
hace necesario manejar con cuidado
las avalanchas de números y los
estudios estadísticos.
¿Por
qué arden los montes españoles?
Como se ha comentado
anteriormente, existe una
inadecuación entre los recursos
destinados a la prevención de
incendios en comparación con las
pérdidas que éstos originan.
Pese a los miles de millones que
se invierten en la prevención y
lucha contra los incendios y a la
creación de nuevos servicios cada
vez más especializados y
eficaces, en esta particular
batalla las pérdidas siempre
superan a las inversiones.
Evidentemente existen
pirómanos y algunos dementes
dispuestos a hacer arder el monte,
por puro placer, aunque
afortunadamente son los menos.
Otros más cuerdos y, sin duda,
más desaprensivos por diversos
motivos están dispuestos a
arrimar el ascua a esta singular
hoguera nacional. Entre las
oscuras causas intencionadas
podemos encontrar a especuladores
de diversa índole, que pueden
pretender bajar el precio de la
madera para incrementar sus
beneficios, utilizar terrenos con
fines urbanísticos o turísticos,
intentar influir en la
recalificación de los suelos y
que normalmente utilizan a
terceras personas para conseguir
sus objetivos. Algunos cazadores
que, con la pretensión de
eliminar obstáculos para
disparar, levantar piezas o vengar
la pérdida de su derecho de caza,
también actúan como
incendiarios. Incluso los
contrabandistas no se escapan de
“la quema” cuando, con el
ánimo de eludir o, al menos,
distraer a las fuerzas de
seguridad hacen correr las
lúgubres cortinas de humo tan
habituales en este país.
Colectivo importante lo
constituyen algunos agricultores y
ganaderos que, con el afán de
ampliar sus terrenos productivos,
de manifestar su desacuerdo por
medidas que los hayan perjudicado,
o de saldar rivalidades con otros
propietarios tampoco dudan en
contribuir con su granito de fuego
a esta debacle nacional. Los
vertederos y basureros mal
acondicionados y próximos a zonas
forestales constituyen también un
polvorín durante el estío.
Dentro de esta lista no podemos
olvidar a algunos de los
entrañables “domingueros”
que, ajenos a los recursos
naturales de los que disfrutan,
anteponen la necesidad de un arroz
a la marinera con hoguera, cual
derecho de pernada sobre el medio
ambiente, a las consecuencias no
gastronómicas que esta puede
ocasionar en el implacable estío
ibérico. Tampoco se deben olvidar
aquí los múltiples incendios
forestales que se producen bajo el
fuego de la artillería durante el
desarrollo de maniobras militares.
En ningún caso está en el ánimo
de los autores la intención de
acusar a nadie; todos somos
inocentes mientras no se demuestre
lo contrario y, si no, que se lo
pregunten a los fiscales
encargados de instruir las
diligencias de estos lamentables
hechos pese a estar tipificados en
el código penal como delitos con
penas de cárcel. Aun así, la
“ecuación” que se pretende
desarrollar posee aún diversas
incógnitas sin resolver.
¿Cómo
se explica que España sea
el país europeo con mayor
porcentaje de terrenos
calcinados a lo largo del
año? ¿Cómo se entiende
que países mediterráneos
como Marruecos, con un grado
de concienciación
supuestamente menos elevado
y con un impresionante
patrimonio forestal, lo siga
manteniendo sin contar con
apenas recursos, pese a
poseer factores de riesgo
similares?
Según algunos expertos,
como el Catedrático de Botánica
Francisco Valle, las respuestas a
estos interrogantes podrían estar
en una inadecuada política de
repoblación forestal. El
fuego es un fenómeno intrínseco
a la vegetación mediterránea; a
causa de las tormentas eléctricas
y las elevadas temperaturas que
caracterizan el estiaje, los
incendios fortuitos se han
producido de forma secular dentro
de un contexto vegetal
perfectamente adaptado a estos
episodios. De esta forma, la
vegetación autóctona, tras
cientos de miles de años de
evolución, presenta actualmente
singulares sistemas adaptativos
frente a las llamas. Sin embargo,
la presencia de enormes masas
forestales, tanto en extensión
como en densidad, procedentes de
repoblaciones forestales favorece,
por norma general, una
propagación imparable de las
llamas con la consiguiente
deforestación de grandes
superficies arboladas.
La mayoría de estas
repoblaciones se basan en especies
de rápido crecimiento como las
pináceas (pinos), que han ido
desplazando especies y ecosistemas
autóctonos. Estos árboles se
caracterizan, en general, por ser
altamente inflamables, en parte
por ser resinosos y por la propia
constitución morfológica de sus
hojas.
A partir de una
determinada densidad del
bosque los cortafuegos van
perdiendo eficacia, entre
otras causas porque las
piñas, con el calor, son
capaces de saltar a más de
500 metros de distancia
actuando como auténticas
bombas de propagación; lo
mismo suele ocurrir con
trozos de árboles que
literalmente vuelan
despedidos por las fuertes
corrientes térmicas que se
generan en un incendio. A
estas hipótesis se
sumarían las de otros
expertos que aseguran que
más del 90% de los
incendios forestales se
desarrollan en zonas
previamente reforestadas.
Pedro Molina,
ex-Subdirector General del antiguo
ICONA, solía recurrir a la frase:
“Los fuegos se apagan en
invierno”. Quizá, algunas
alternativas para la solución a
este problema podrían pasar en
Andalucía por la recuperación en
lo posible del paisaje vegetal
mediterráneo. La inclusión de
pinos no tendría forzosamente que
descartarse, pero éstos deberían
permanecer prudencialmente
distanciados entre sí tal y como
marcan los cánones de su
desarrollo en medios silvestres.
Los tratamientos
silvícolas empleados por la
administración forestal
deberían ser menos
agresivos. “Aclarar o
limpiar” el monte, para
que las zonas arboladas
crezcan y se desarrollen
más rápidamente, es un
concepto obsoleto, heredado
de antiguas políticas en
las que el principal
objetivo era la producción
maderera.
En este sentido, es
necesario actuar con suma
prudencia mediante podas
selectivas que respeten la
existencia de otras especies menos
resinosas y más ignífugas, como
son los matorrales mediterráneos,
perfectamente adaptados a estos
ecosistemas. Este tipo de
actuaciones garantizaría una
menor incidencia de los procesos
erosivos y aumentaría la humedad
del suelo mediante la creación de
mayores superficies de sombra
capaces de contrarrestar la
evaporación masiva que, por la
tremenda insolación y elevadas
temperaturas, se producen en estas
latitudes. Además, este tipo de
vegetación aumenta potencialmente
la biodiversidad del hábitat y se
regenera más rápidamente en caso
de incendio.
La regeneración de un bosque tras
un incendio depende del régimen
de precipitaciones, cantidad y
calidad del suelo, localización
geográfica, así como de las
especies vegetales implicadas,
entre otros factores.
De esta forma, la nueva
formación de una arboleda
podría llegar a
estabilizarse, en caso de no
producirse nuevos incendios,
en un plazo que oscilaría
entre los 25 y 100 años,
período suficiente para que
los agentes erosivos
produzcan una notable
denudación del terreno.
Sin embargo, si estas
arboledas hubieran convivido con
arbustos y matorrales
mediterráneos, la generación de
la nueva cubierta vegetal se
produciría a una mayor velocidad,
entre 2 o 3 años, contribuyendo
directamente a una protección
más efectiva del suelo, mientras
que las especies de mayor porte
continuarían con su ritmo natural
de desarrollo.
No siempre las formaciones
arbóreas, pese a su
espectacularidad, son las únicas
o las más adecuadas a la hora de
frenar los procesos erosivos. En
Andalucía Oriental, el paisaje
vegetal presenta además
poblaciones de matorrales
autóctonos como azufaifares,
cornicales, lentiscares,
sabinares, retamares, palmitares,
romerales, etc. que, adaptados a
sus biotopos originales, son
perfectamente eficaces como
fijadores del terreno.
En este sentido, cabe
destacar un lento pero
decidido cambio en la
política forestal andaluza
al incluir a estas y otras
especies en las
repoblaciones, que si bien
aumentan significativamente
el coste de las mismas
contribuyen positivamente a
una restauración del medio
más eficaz.