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La sequía no es una catástrofe natural
Portal del Medioambiente/Centro de Colaboraciones Solidarias/Carlos
Miguélez. 20-06-05
Una quinta parte de la humanidad sufre las consecuencias de este cáncer
de la superficie de la Tierra. Cada 17 de junio, desde 1994, se celebra
el Día Mundial contra la Desertización y la Sequía con el objetivo de
concienciar a la gente acerca de las causas y las consecuencias de este
creciente problema. Es común que los periódicos describan las sequías como
una “catástrofe natural”. Si argumentan que los cambios climaticos son
la causa principal de las sequías, cabría recordar que la actividad
humana es la principal causa del efecto invernadero, del deshielo de los
polos, de la perforación de la capa de ozono y de las olas de calor. Se
trata en realidad de una catástrofe que afecta a más de 110 países. Cada
año se pierden 6 millones de hectáreas de tierra arable en el mundo.
Hasta ahora, eso supone una tercera parte de la superficie total de la
Tierra. Es decir, unas 4.000 millones de hectáreas. Esto amenaza la
alimentación de la humanidad. La ONU denuncia que la sequía es una de las
principales causas de pobreza en el mundo y que está empujando a 135
millones de personas a emigrar de sus países. El África sub-Sahariana,
el Sahel y el Cuerno de África son las zonas más afectadas del mundo.
Según algunas predicciones, más de 60 millones de personas de esta zona
emigrarán al Magreb y a Europa antes de 2020. También Latinoamérica padece las consecuencias.
Millones de campesinos en Perú han abandonado las zonas costeras por las
sequías y han superpoblado los grandes centros urbanos. Cada año, ocho
millones de mexicanos del norte árido, por la falta de apoyos económicos
y por las sequías, han abandonado los campos para huir a EEUU en busca
de la supervivencia. En el mundo, dos terceras partes de la población que
vive en pobreza extrema habita zonas rurales. El Human Development
Report de 2003 señala que la mitad de las personas en las zonas
campesinas viven en zonas marginales, donde la degradación ambiental
amenaza la producción agrícola. Forzadas a aprovechar al máximo la
tierra para comer, para vivir y para generar sus recursos, las personas
empobrecidas contribuyen a las causas de la desertización y sufren de
lleno sus consecuencias. Sin tierras que cultivar, emigran a espacios
más fértiles que suelen durar poco debido a las prácticas agrícolas
inadecuadas. Desesperada, la gente tala árboles para tener tierra qué
cultivar o para la ganadería. Esto deja a la tierra expuesta al viento y
al agua y provoca la erosión, el primer paso de la desertización. Muchas
zonas boscosas y selváticas no tienen las propiedades necesarias para
sostener cultivos muchos años. El ganado también suele perjudicar las
tierras y contribuir a su erosión. Las causas de la catástrofe: el abuso de cultivos, la
deforestación y deficientes prácticas de irrigación, junto con los
presentes cambios climatológicos. La formación de tierra fértil lleva
cientos de años, pero su degradación es cuestión de pocos años si se dan
prácticas agrícolas sin planificación. Una de las principales medidas para detener la
desertificación es acabar con la pobreza rural. No se puede erradicar la
pobreza sin un plan que proteja las tierras que dan de comer al hombre.
Parte de la desertización se da por falta de conocimientos de los
campesinos y porque muchos países empobrecidos no tienen planes
nacionales de apoyo a la agricultura. Poco se podrá hacer mientras
primen los intereses trasnacionales, como sucede en Brasil con los
productores de ganado vacuno que están acabando con la Amazonía. No podemos seguir viviendo bajo la sombra de la
terrible sequía que azotó la zona del Sahel entre 1968 y 1974. Murieron
cientos de miles de personas y millones de animales a causa de aquella
catástrofe. Ni podemos consentir que frente a nosotros se repita una
imagen tan terrible como la del niño moribundo que le dio el premio
Pulitzer a Kevin Carter.
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