Plaguicidas: una plaga para la salud

Portal del Medioambiente. 10-09-03

Pedro Pozas Terrados

Los avances científicos que se produjeron durante la Segunda Guerra Mundial en el desarrollo de productos químicos para la guerra, se extendieron más allá del campo de batalla. El descubrimiento de que los compuestos químicos orgánicos podían, además, destruir insectos y malas hierbas de forma eficaz, ofreció al mundo de la posguerra la posibilidad de mantener una agricultura libre de plagas destructivas. Los expertos emprendieron la tarea de desarrollar productos químicos diseñados para salvar de la destrucción, millones de toneladas de alimentos cada año. Los pesticidas se convirtieron así en el milagro de la ciencia moderna, destinados a mejorar las condiciones de vida en todo el mundo.

Desde 1945, más de 45.000 formulaciones diferentes de pesticidas han entrado en el mercado mundial. El uso de plaguicidas se ha incrementado vertiginosamente hasta llegar a los cerca de 3 millones de toneladas anuales que se utilizan hoy en día, lo que se traduce en más de medio kilo por cada persona que habita el planeta. No obstante, la visión de un mundo libre de plagas nunca se ha materializado. El envenenamiento del agua, el aire, el suelo, los alimentos y los seres humanos, es el legado de 40 años contra las plagas. En lugar de mejorar las condiciones de vida en el mundo, la “revolución de los pesticidas” las ha empeorado.

El sueño se ha convertido en pesadilla: a pesar de que cada año se gastan miles de millones de dólares en pesticidas, las pérdidas en las cosechas como consecuencia del daño causado por los insectos, se han doblado en las últimas cuatro décadas.

La realidad de los plaguicidas

Es imposible que unos compuestos químicos lo suficientemente potentes para destruir insectos y maleza, sean a la vez inofensivos para los seres humanos y el medio ambiente.

Los efectos a largo plazo sobre la salud provocados por la exposición a pesticidas son, entre otros, cáncer, defectos de nacimiento, daños genéticos, enfermedades respiratorias, trastornos neurológicos, daños en los riñones y en el hígado y problemas en la reproducción.

La Organización Mundial de la Salud, estima que unos 25 millones de personas se ven afectadas cada año por envenenamientos por pesticidas; como resultado, unas 220.000 mueren. Otras organizaciones estiman que estas cifras podrían ser incluso más altas.

Un estudio llevado a cabo por el Ministerio de Agricultura de Malasia, ha revelado que el 54% de los 1.214 trabajadores agrícolas estudiados, habían sufrido envenenamientos causados por pesticidas. En algunas zonas de Brasil, donde se han encontrado en la leche materna niveles de DDT diez veces superiores a los que se consideran “seguros”, el 10% de la población sufre algún tipo de enfermedad crónica causada por estos pesticidas.

La contaminación de estos productos, no sólo es local. Transportados a través del viento, el agua y la tierra, estos venenos inventados en un principio para sanar los cultivos, se extienden por todo el planeta. Focas y pingüinos de la Antártida tiene restos de pesticidas tales como el DDT, aunque éstos han sido utilizados en otros continentes a miles de kilómetros de distancia. El agua procedente de los campos de cultivo tratados con estos productos químicos, contaminan los lagos, ríos y acuíferos subterráneos con concentraciones peligrosas para la salud.

Al alimentarse, tanto el hombre como los animales, de plantas en las que quedan restos de plaguicidas, se introducen productos tóxicos en la cadena alimenticia. Estos compuestos, se acumulan en los tejidos del hombre y de los animales hasta alcanzar niveles peligrosos. Se ha estimado que la mayoría de los americanos tienen acumulados en sus tejidos grasos aproximadamente 6 partes por millón de residuos de pesticidas.

Los daños no acaban cuando ya se ha abandonado su uso. Algunos permanecen en la cadena alimentaria durante años. El DDT, el clordano y el heptacloro, por citar algunos ejemplos, se encuentran entre los más persistentes de todos los compuestos químicos, siendo detectados en los suelos más de 20 años después de su aplicación. Hay otros que se descomponen, convirtiéndose en sustancias aún más tóxicas que las originales.

El envenenamiento de agricultores se ha extendido ampliamente. Un dramático ejemplo lo constituye la comarca del Campo de Dalias en Almería. La agricultura bajo plástico ha permitido un importante desarrollo agrícola en una zona deprimida. Sin embargo, intoxicaciones, depresiones, suicidios y abortos, han sido el precio a pagar por el “sueño” de los invernaderos.

Un estudio (realizado por el Jefe de Servicio Provincial de Consumo de la Junta de Andalucía y presentado en 1990), ofrece datos reveladores. En 1989, 350 personas fueron atendidas en los centros sanitarios por presentar intoxicaciones por pesticidas; el 42,9% de los fumigadores profesionales sufre depresiones y el 28,6% tiene temblores en las piernas o sufre cefaleas; el 37,5% de sus mujeres ha sufrido algún aborto; la tasa de suicidios es el doble de la media española. El estudio apunta también que durante 1984, se vendieron en la comarca 99.000 kilos de pesticidas tóxicos y muy tóxicos.

Finalmente, frutas y verduras llegan a nuestra mesa con residuos de pesticidas que al ser ingeridos, se acumulan en nuestros tejidos, pudiendo llegar a niveles mortales.

... Y las plagas continúan

El efecto de los plaguicidas es indiscriminado. No sólo matan las plagas, sino también otras especies beneficiosas como predadores naturales e insectos parásitos, que en condiciones naturales, atacan a muchas de las especies que pueden ocasionar plagas, impidiendo así que lleguen alcanzar ese nivel. Al eliminar este equilibrio de la naturaleza, los pesticidas empeoran el problema de las plagas.

La resistencia de las plagas, es otra consecuencia alarmante del uso de sustancias químicas. Las aplicaciones de pesticidas nunca eliminan completamente una plaga, los supervivientes suelen estar genéticamente predispuestos a tolerarlos. Gracias a su capacidad para reproducirse, los insectos e incluso la maleza, pueden evolucionar rápidamente, “fijando” sus genes de resistencia dentro de la población. En una temporada de cultivo pueden nacer varias generaciones de insectos, siendo cada generación más inmune a los plaguicidas que la anterior. Esta circunstancia hace que se empleen mayor volumen de sustancias químicas para combatir a los “resistentes”, con lo que el problema del envenenamiento de las cosechas aumentan, entrando en una cadena destructora difícil de ser controlada.

Tras más de cuatro décadas de un uso cada vez mayor de plaguicidas, se ha encontrado que cerca de 500 especies de insectos son resistentes a una o varias de las cinco clases principales de pesticidas, y 17 especies son resistentes a todos los insecticidas. Asimismo, se han hecho inmunes a los pesticidas, al menos 100 especies de hongos y 48 especies de malas hierbas.

Estos “super insectos” han originado pérdidas sin precedentes en las cosechas y han dejado una agricultura aún más dependiente de nuevos y cada vez más tóxicos productos químicos aplicados en mayores dosis cada año.

Lo más sorprendente de todo este proceso de envenenamiento alocado, es que casi la cuarta parte de los plaguicidas, se utilizan para destruir plagas que TAN SÓLO AFECTAN A LA APARIENCIA DE LOS ALIMENTOS. Esto es así, porque los consumidores piden productos con un aspecto perfecto. Pero las imperfecciones no afectan ni al sabor, ni al valor nutricional de la mayoría de los alimentos.

La revolución de los pesticidas, que prometía abundancia a bajo costo, se ha convertido, por el contrario, en una cara dependencia química. Una de las paradojas del constante incremento del uso de pesticidas en todo el mundo, es el aumento que se sigue registrando en las pérdidas de cosechas originadas por las plagas. Desde finales de los años cuarenta, las pérdidas en las cosechas de los EEUU, debidas a las plagas, se han casi duplicado -de un 7 a un 13%-,mientras que el uso de plaguicidas se ha multiplicado por 11.

El promover esta clase de agricultura venenosa, dependiente de los compuestos químicos, ha eliminado en todo el mundo prácticas agrícolas tradicionales que estaban adaptadas al medio ambiente. Granjas en la que se cultivaba una variedad de cosechas, se han visto reemplazadas por grandes extensiones mecanizadas dedicadas a un sólo cultivo, que son mucho más fácilmente invadidas por plagas. La introducción de nuevas variedades de alta productividad, ha hecho necesario el empleo de grandes cantidades de agua, fertilizantes y pesticidas para lograr el alto rendimiento para el que fueron desarrolladas. Muchas de estas variedades “milagrosas” han perdido sus defensas naturales contra los insectos y deben ser tratadas con cantidades crecientes de plaguicidas.

En nuestro país, el incremento de pesticidas superaba en 1989, las 130.000 toneladas anuales, con una tendencia al alza.

Las regiones ribereñas del Mediterráneo son las que registran un mayor consumo de plaguicidas, debido a que es en estas zonas en las que se produce una agricultura más intensiva. Así, las Comunidades de Andalucía, Valencia, Cataluña y Murcia, con el 30,47% de la superficie del país, consumen el 68,1% de los pesticidas empleados.

Exportaciones: la rentabilidad de los venenos

Desde la década de los sesenta, un número creciente de los pesticidas más peligrosos han sido prohibidos o severamente restringidos en los países industrializados. Pero al mismo tiempo, estos países permiten a los productores exportar legalmente esos mismos pesticidas a las naciones en vías de desarrollo, carentes de una adecuada reglamentación para controlar este comercio.

En 1979, el gobierno de los Estados Unidos informó que la cuarta parte de los productos químicos exportados por el país, estaban prohibidos, restringidos o no registrados a nivel nacional. Irónicamente, el uso principal del 70% de los pesticidas que se exportan a los países en desarrollo se utiliza en cultivos que después se exportan a los países industrializados. De esta manera, la protección que se pretendía conseguir con la prohibición inicial se ve anulada. Análisis realizados en muestras de productos importados seleccionados al azar, por la Food and Drug Administration de los Estados Unidos (FDA), han encontrado que alrededor del 6% de las muestras analizadas entre 1979 y 1985, contenían niveles inaceptables de contaminación por residuos de pesticidas. A pesar de lo elevado de estas cifras, tan sólo se inspecciona el 1% de los 20 millones de toneladas de alimentos que se importan anualmente a ese país.

Pero más allá del peligro que esto supone para los consumidores, son los agricultores de los países en vías de desarrollo, que trabajan en la producción de estas cosechas, los que sufren las peores consecuencias. Ellos, junto con sus familias, viven cerca de los campos, trabajan bajo los aviones que fumigan los insecticidas, beben y se bañan en aguas contaminadas y comen alimentos envenenados. Debido a la falta de regulación, en muchos de estos países, se toman muy pocas precauciones en la venta, manejo y almacenaje de los pesticidas y de sus contenedores.

El analfabetismo, ampliamente extendido, dificulta la enseñanza de las formas de manejo adecuadas, y las diferencias de cultura y lenguaje contribuyen a aumentar el peligro de contaminación. En áreas de Sudamérica, los plaguicidas reciben el inocuo nombre de “medicina para las plantas”. Muchos de estos agricultores, utilizan viejos contenedores de pesticidas para trasportar agua o almacenar alimentos.

Los plaguicidas también resultan letales en su proceso de producción. Muchas compañías químicas internacionales han llevado sus fábricas a países en vías de desarrollo, donde los costos son más bajos y las regulaciones medioambientales y medidas de seguridad, son menores. Como resultado, los accidentes relacionados con el proceso de producción han proliferado. El más grave se produjo en Bophal (India) en 1984, donde una fábrica de Unión Carbide dejó escapar un ingrediente tóxico que mató a 2.500 personas y causó daños a muchos miles más. Aún así, esto representa tan solo una pequeña parte de los accidentes que se producen anualmente a causa de pesticidas en todo el mundo.

Financiación

Una gran parte de la agricultura cara y químicamente dependiente que se practica en el Tercer Mundo, es posible gracias a importantes préstamos para el desarrollo agrícola. Instituciones multilaterales o bilaterales de préstamo, constituyen poderosas fuerzas económicas que prestan capital, proporcionan subvenciones y promueven la investigación de técnicas agrícolas de alta tecnología. En los últimos años, uno de los objetivos de los bancos de desarrollo multilateral (MDBs) ha sido promover la expansión de cultivos para la exportación. De esta manera, a la vez que se suministran productos al mundo industrializado, se genera dinero en los países en vías de desarrollo para pagar su deuda externa.

El Banco Mundial, proporcionando más ayuda para el desarrollo que ningún otro MDB, juega un papel clave en la utilización de pesticidas en el Tercer Mundo. El Banco financia cada año, con cientos de millones de dólares la compra de pesticidas. Mientras las propias directrices del banco Mundial especifican que se deben utilizar alternativas a los plaguicidas siempre que sea posible, se continua financiando el empleo de pesticidas, haciendo prácticamente imposible el cumplimiento de su propia política.

Las regiones de Sudán, dedicadas al cultivo del algodón, proporcionan un ejemplo perfecto de la irresponsabilidad de los sistemas de préstamo. En 1985 y de nuevo en 1987, el Banco Mundial intervino para proporcionar casi 50 millones de dólares para el consumo anual de pesticidas de una sola cosecha, el algodón. La financiación continuó a pesar de que el empleo excesivo de pesticidas en el cultivo de este producto -una exportación vital para el país- produjo más plagas y menos algodón. Sudán pudo haber llegado al punto en que los costes de producción del algodón, incrementados por gastos tan cuantiosos como los dedicados a los pesticidas, hayan superado a las ganancias obtenidas con la exportación del producto.

Efectos de los plaguicidas sobre los seres vivos

Desde su liberación en el medio hasta su degradación, los efectos que pueden ocasionar sobre las plagas objeto de tratamiento, pueden ser muy variados. En este sentido, son decisivas la hidrosolubilidad y liposolubilidad de los plaguicidas, ya que estos factores influyen en la velocidad y modo de entrada en las células de los organismos vivos. Pueden verse implicados en procesos para los que no había sido “diseñado”, con el consiguiente riesgo de perder el control y la imposibilidad de analizar el alcance real de sus efectos a medio y largo plazo.

Tampoco se puede olvidar, que los plaguicidas, en su proceso degradativo, originan metabolitos y productos de degradación que en muchos casos pueden ser más peligrosos que la propia materia activa, por hacerse más persistente o más tóxico. Este es el caso del fungicida Zineb, ampliamente utilizado en España, que tras su degradación y parcial metabolización, origina un metabolito (etilentiourea) tóxico para el tiroides y con capacidad para originar tumores.

La toxicidad de estos productos difiere según el tipo de sustancias químicas y la vía de entrada al organismo. Los plaguicidas pueden absorberse tanto por vía digestiva como por vía pulmonar o cutánea.

En el caso de los organoclorados, lo característico es que una vez absorbidos, se acumulen en la grasa corporal. Debido a su gran afinidad por las grasas, los organoclorados van a poder eliminarse por leche, constituyendo una vía de intoxicación en la ya larga cadena de envenenamiento de estos productos. Su persistencia y su capacidad de bioconcentración, llevó a la necesidad de eliminar del mercado los más peligrosos como el tristemente famoso DDT, el Clordano, el Dieldrín o el Lindano, primero prohibiendo su empleo como producto fitosanitario y, más recientemente (1993), prohibiendo su uso ambiental. A pesar de ello, aún se siguen utilizando, especialmente en los países en vías de desarrollo.

Actualmente se utilizan más los compuestos organofosforados. El peligro de éstos radica en su actividad biológica. Este tipo de plaguicidas (Como el TEPP o el Paration), causa una potente inhibición en la enzima colinesterasa, lo que hace que presenten toxicidad bastante elevada en cualquier tipo de ser vivo, incluido el hombre. La inhibición de este enzima provoca una hiperactividad del sistema parasimpático que, en casos hiperagudos, puede provocar una parálisis respiratoria.

La cifra de intoxicaciones por plaguicidas en España, es muy elevada. Los grupos de mayor riesgo de exposición son aquellas personas que tienen contacto directo y permanente con estos productos, es decir, aplicadores, mezcladores, cargadores y trabajadores agrícolas. Estas personas tienen un alto riesgo de intoxicación aguda y, al mismo tiempo, de intoxicación crónica al verse sometidos a exposiciones reiteradas durante largos períodos de tiempo. Varios informes que han estudiado la mortalidad en agricultores, en áreas de alta actividad agrícola y ganadera de carácter intensivo, sugieren que estos grupos ocupacionales tienen un riesgo elevado de padecer ciertos cánceres o tumores, destacando las leucemias, linfomas, sarcomas en partes blandas y tumores cerebrales.

Otro grupo de riesgo, es el consumidor por la ingestión reiterada de pequeñas dosis de plaguicidas. La afinidad de algunos plaguicidas por los tejidos grasos y las concentraciones potencialmente presentes, principalmente en alimentos tratados (frutas y hortalizas sobre todo), hacen que toda la población estemos sometidos a un grado de exposición crónica muy difícil de evaluar.

Una revista especializada alemana, describió en 1986, una investigación sobre 1.214 trabajadores que por su profesión, aplicaban plaguicidas. La incidencia de tumores malignos entre ellos estaba marcadamente más alta que en el resto de la población. Afectaban en especial el esófago, el estómago y los ojos. La incidencia de estos tumores era un 35% superior más alta de lo esperado y la del cáncer de estómago un 567% superior a la del resto de la población. Otra revista publicó en 1983, un estudio sobre alteraciones patológicas del hígado en 22 trabajadores del campo. Todas estas afectaciones fueron causadas por plaguicidas.

Los pesticidas pueden actuar también de forma mutagénica, es decir, alterando el ADN, la disposición hereditaria de los cromosomas, pudiendo nacer los niños con malformaciones. En la India, cerca de dos pequeñas ciudades, se detectaron importantes deformaciones en las articulaciones de las rodillas y de las caderas, tanto en los hombres como en las mujeres. Los causantes fueron pesticidas organoclorados Endrín. Otros trabajos científicos muestran que múltiples pesticidas organofosforados, pueden causar mutaciones..

Si se aplican varios plaguicidas al mismo tiempo, o en un espacio de tiempo muy corto uno después de otro, sobre el mismo campo (es corriente), la mezcla puede ser varias veces más tóxica que la toxicidad de cada uno de los pesticidas por separado. Las mezclas de malatión y clortión, son 3,3 veces más tóxicas y las mezclas de malatión y Diclorvos, llegan a ser hasta 6,2 veces más tóxicas que sus componentes iniciales.

Efecto ambiental bajo el plástico

Este método es ideal para el crecimiento de las plantas, pero también favorece la proliferación de toda clase de gusanos, escarabajos, coleópteros e insectos que se sienten extremadamente bien en este clima húmedo y caliente, que muchas veces sobrepasa los 40º. Los agricultores atacan a estos insectos con verdaderos “cócteles de veneno”, tal y como les han enseñado los representantes de las grandes empresas químicas.

Todos los productos que allí se utilizan, son bastante peligrosos. Para desinfectar el suelo, se usa el Oftanol. Antes de plantar, se echa una buena dosis de Nemacur para matar así a supuestos gusanos del suelo. Acto seguido, la tierra necesita un poco de fertilizante y, una vez que las plantas empiezan a crecer, hay que fumigarlas contra toda clase de plagas. Debido a las altas temperaturas, el agua se evapora rápidamente. Poco a poco el suelo se vuelve más salino y los microorganismos que podrían catabolizar los residuos de los pesticidas, se vuelven cada día ,más escasos.

A finales de año 1986, el grupo para la protección del medio ambiente “Ecologistas del Mediterráneo”, elaboró un estudio detallado sobre este tipo de agricultura que se usa en Almería, llamándolo “Informe sobre la utilización de productos químicos en los cultivos enarenados bajo plástico en la comarca del Poniente”.

Los resultados de sus encuestas fueron espeluznantes: el 60% de los agricultores afirman que regularmente aumentan la dosis recomendada de los pesticidas que usan. El 70% declara que no guarda nunca los llamados “períodos de seguridad”, es decir, el tiempo indicado por el fabricante entre la aplicación del producto y la recolección. Un 36% emplea pesticidas sistémicos, aún durante la cosecha, ello provoca que el fruto recogido contenga en su interior altos contenidos de residuos de estos pesticidas. Algunas cosechas tratadas con un determinado pesticida, no deben de cosecharse antes de 90 días, como indican las instrucciones. Pero los agricultores se arruinarían inevitablemente si cumplieran al pié de la letra estas instrucciones. Se cosecha antes de lo recomendado y si quieren evitar la destrucción de toda la cosecha por gusanos e insectos, tienen que aplicar insecticidas incluso cuando la planta ya tiene frutos. Además, cuanto antes se coseche, antes se comienza la siguiente siembra. Algunos agricultores no leen (o no saben leer) las etiquetas de los fabricantes de plaguicidas para su uso o utilizan determinados productos destinados a un cultivo diferente para el que han sido fabricados, pudiendo agravar las consecuencias de por sí ya tóxicas para la salud.

Hechos consumados

En más de una ocasión, cargamentos enteros de fruta o verdura destinados a la exportación, han vuelto a su punto de origen en España, debido al exceso en los valores máximos permitidos de residuos de pesticidas. El grupo “Ecologistas del Mediterráneo” escribe en su informe: En 1981, las autoridades norteamericanas, devolvieron a España un barco cargado de pimentón por haber detectado que contenía Endrín, un pesticida altamente tóxico cuyo uso está rigurosamente prohibido para fumigar alimentos. El barco volvió a Cartagena, su lugar de origen y desde allí se distribuyó para que fuera consumido por los españoles que, al parecer, “soportan un índice de toxicidad mayor que los norteamericanos”

También en 1987, se devolvieron desde Alemania 500 Tm. de pimientos procedentes de Almería, al comprobar las autoridades alemanas el nivel de residuos de Clorpirifos muy por encima de lo autorizado.

En 1992, más de 100 litros de sustancias insecticidas empleadas como fungicidas para controlar y combatir enfermedades de árboles frutales, cultivos hortícolas y ornamentales; fueron arrojadas en el mes de agosto por dos individuos a la red del alcantarillado, entre las calles Eloy González y Álvarez de Castro, en el distrito de Chamberí (Madrid). Fueron detenidos por la policía.

En el mismo año, tres empresas dedicadas a producir pesticidas lindano (Bilbao Chemical,SA; Industrias Químicas del Noroeste -Inquinosa- y, en menor medida, Celamerk) dejaron tras su cierre, una herencia tóxica superior a las 180.000 Tm. de residuo tóxico, contaminando alrededor de 35 puntos del País vasco con vertidos legales e ilegales. En 1994, el Gobierno vasco denunció formalmente ante el Parlamento Europeo, a las multinacionales químicas alemanas Boehringer Sohn y E. Merck, por haber abandonado en vertederos clandestinos de las inmediaciones del aeropuerto de Sondika (Vizcaya), toneladas de residuos de lindane, un pesticida altamente tóxico, cancerígeno y bioacumulable.

María Rosa, de 17 años, fue encontrada el día 4 de abril de 1994, muerta en un naranjal de picassent (Valencia). Su fallecimiento fue originado al morder una naranja fumigada con un producto tóxico que produce asfixia.

Almería, es la provincia española que registra el mayor número de casos por envenenamiento de plaguicidas, casi siempre en la comarca del Poniente almeriense, zona de grandes extensiones de cultivo intensivo, con invernaderos. En 1990, fueron 179 casos de intoxicación detectados como tales.

En otra ocasión hace varios años, la policía alertó a la población, sobre el robo de hortalizas (1.500 cebolletas y un número indeterminado de nabos) perpetrado en una localidad gaditana, anunciando que su consumo podría desencadenar un envenenamiento masivo en Andalucía, al haber sido tratados con un fungicida altamente tóxico. Su uso pretendió ser un experimento para comprobar la capacidad de este producto “desconocido” para combatir las plagas que afectan a los nabos y cebolletas. La venta de estos productos robados, pudo llevarse a cabo en algún mercadillo.

Poco tiempo después, robaron patatas en otra zona de Andalucía causando la misma alarma, al no haberse “disipado” los efectos de los plaguicidas, siendo no aptas para el consumo. Se cree que fueron comercializadas en algún mercadillo. Igualmente, por las mismas fechas, un pastor fue fumigado junto con su rebaño, por una avioneta que lanzaba pesticidas desde el aire. Numerosas ovejas murieron y el pastor tuvo que ser ingresado urgentemente en el hospital por envenenamiento.

Casos como los mencionados se originan diariamente en nuestros campos, sin existir un verdadero control para combatir penalmente estas irregularidades. El destino último de estos productos contaminados, es el consumidor; y consumidores somos todos, desde los agricultores hasta los directivos de las empresas químicas. Es un “efecto bumeran” del que nadie puede librarse.

Alternativas

El cambio de una agricultura dependiente de productos químicos a una agricultura ecológica sostenible, es la única vía para resolver los graves problemas -contaminación por pesticidas, uso excesivo de fertilizantes químicos, elevado consumo de agua, etc.- ocasionados por las actuales prácticas agrícolas.

En todo el mundo, los agricultores han demostrado que se puede escapar de la trampa de los plaguicidas; que es posible disminuir de forma significativa, incluso eliminar por completo, el uso de pesticidas y al mismo tiempo mantener o aumentar el rendimiento de los cultivos y su rentabilidad, así como su calidad. Para ello, utilizan una variedad de métodos alternativos para la agricultura y el control de plagas que son a la vez seguros para el medio ambiente y económicamente viables. Al combinar diferentes técnicas ecológicas que utilizan procesos naturales, los agricultores pueden impedir que las poblaciones de las especies que podrían ocasionar plagas, se desarrollen hasta esos niveles.

Son muchas las técnicas ecológicas de control de plagas que han probado ser eficaces: el introducir y preservar algunas especies beneficiosas de insectos, la rotación y diversificación de cultivos de un año a otro, los cambios en las técnicas de labranza, la selección de variedades de plantas resistentes, la siembra en períodos del año en los que no haya peligro de que la cosecha sea atacada por plagas cuando crezca, y el simple hecho de sembrar los cultivos en el clima apropiado. Estos métodos son más seguros, más eficaces y baratos que el uso de millones de toneladas de compuestos químicos al año.

Las actividades fumigadoras, bien en la agricultura como en jardines, son un foco de contaminación grave, gratuito y absurdo. La falta de conocimientos sobre los venenos que usamos contra hormigas, pulgones, topos, plagas, etc., que proliferan por hacer plantaciones erróneas, es aterradora.

Por todo ello:

· Se debe prestar atención en el control y uso de los plaguicidas, mediante inspecciones para comprobar que no se utilicen pesticidas prohibidos y se cumplan las normas estipuladas por el fabricante, guardando los periodos de seguridad y usándolos en los cultivos para los que son fabricados.

· Vigilancia de los contenedores donde han sido depositados los productos químicos, que deben ser retirados por empresas especializadas y tratados como “residuos tóxicos”, ya que muchos de estos contenedores e incluso su contenido, son vertidos ilegalmente en vertederos clandestinos o a los cauces de los ríos y mares sin ningún control.

· Se debería informar a los agricultores que emplean de forma directa por ellos mismos los plaguicidas, del daño que les puede ocasionar el producto por contacto o inhalación, aconsejándoles lo practiquen con trajes especiales y mascarillas por su propia seguridad.

· Control y vigilancia en los mercadillos y en la venta ambulante; de hortalizas, frutas, etc., ya que pueden haber sido robadas de algún campo de cultivo, conteniendo aún resto de plaguicidas y pudiendo provocar un envenenamiento masivo, como ya ha ocurrido en alguna ocasión.

· Vigilancia de las empresas químicas para que no usen como “laboratorios”, campos de cultivos con destino a la venta comercial. Es frecuente que estas empresas, para comprobar la eficacia de un nuevo producto elaborado para combatir una determinada plaga, lo utilicen en cosechas que más tarde salen al mercado. Estos experimentos “piratas” pueden provocar graves consecuencias para la salud del consumidor.

· Control de los “aviones fumigadores”, ya que en ocasiones descargan los plaguicidas en cultivos a escasos metros de la población, con el grave peligro de envenenar a numerosas personas, bien por el efecto del aire que traslada los pesticidas a las casas, o por la fumigación directa a las personas o niños que estén paseando por caminos.

Todas estas observaciones y otras que pueden quedar en charco estancado, están ocurriendo diariamente en nuestros campos.

Conclusión

Frutas y verduras que antes sólo se podían comprar en determinadas estaciones, ahora están disponibles todo el año, y con igual “calidad”. Por otro lado, la apariencia, el color, la frescura, saltan a la vista, sin un rasguño, ni un agujero, ni rastro de parásitos indeseables. Todo esto, es gracias a los plaguicidas y fungicidas. Se ha llegado a un punto, en que parece que la producción agrícola mundial depende completamente de la fumigación química de las cosechas, para que estas salgan adelante.

Cuán equivocados estamos. A la contaminación del aire y del agua, debemos añadirle a nuestra dieta diaria, el veneno de unos alimentos que antaño eran los más saludables.

Aboguemos por una agricultura biológica, limpia y nutritiva. Exijamos al comprar en la tienda, productos tratados de forma natural. Sabemos que las alternativas existen, están ahí; sólo hace falta voluntad y un poco de sentido común.