La elaboración de Planes de Desarrollo Sostenible (PDS)
para los Parques Naturales andaluces ya estaba prevista por la Ley
2/1989, de 18 de julio, de Inventario de Espacios Naturales
Protegidos de Andalucía, aunque entonces aun se denominaban Planes
de Desarrollo Integral. Desde aquella fecha, la población de los
municipios integrados en los parques naturales de Andalucía ha
venido demandando la elaboración y puesta en marcha de esos PDS,
como contrapartida y complemento a las lógicas limitaciones,
cautelas y restricciones de uso deseables para la correcta
conservación de los valores y recursos naturales de estos espacios.
Una población que ha esperado, desesperado y se
ha desesperanzado ante la tardanza de unos planes que parecía no
iban a llegar nunca. Pero al fin, tras tanto tiempo perdido, tras
tanta incertidumbre, estos PDS han comenzado a ver la luz. Tras la
lluvia de millones que supuso el PDS de Doñana y su entorno, en el
año 2001 se aprobaron los de dos Parques, hace poco más de un mes
los de otros cuatro, y en la actualidad están en una fase muy
avanzada de elaboración otros tres. Sobre la práctica totalidad de
los restantes, salvo el del Estrecho de reciente creación y el de
Sierra Nevada, se ha producido ya el Acuerdo del Consejo de Gobierno
de la Junta de Andalucía por el cual se aprueba su formulación, o lo
que es lo mismo, el inicio de su redacción.
No obstante estos planes constituyen una burla o,
tal vez en el mejor de los casos, una mentira piadosa con la que se
pretende alargar y edulcorar la agonía de la desesperanza que sufren
los habitantes de estos Parques Naturales.
Por que estos PDS, más que planes, son simples
declaraciones de intenciones, sin compromisos serios por parte de la
Junta de Andalucía para llevar estas intenciones al terreno de su
realización práctica. Son la crónica de un fracaso anunciado. El
fracaso de las esperanzas de los habitantes de un mundo rural que
lleva ya décadas sumido en el abismo de la periferia de un modelo de
desarrollo tremendamente desigual.
He asistido a muchos debates presupuestarios, tal
vez demasiados para lo que sería recomendable y saludable, y entre
lo poco que he aprendido (son debates poco didácticos y
pedagógicos), destacaría la aseveración de que "lo que no aparece en
los presupuestos no existe". Creo que, aunque ésta es una afirmación
demasiado rotunda, como regla general tiene un elevado grado de
validez. Pues bien, los capítulos que en los PDS se dedican a
estimar los presupuestos necesarios para su realización y a enumerar
las fuentes de financiación son de risa, ridículos, patéticos. No se
dedica ni una sola línea a la inversión global necesaria y, mucho
menos, a las partidas a dedicar a cada una de las medidas y
actuaciones que, de manera profusa, aparecen enumeradas en los
Planes. Y, consecuentemente con lo anterior, tampoco se hace
referencia a las diferentes fuentes de financiación que aportarían
los recursos necesarios.
Para dotar de una mínima credibilidad a estos PDS
sería, al menos, necesario estimar la inversión total necesaria, la
de cada una de los programas, líneas de actuación y medidas, y la
cuota de participación que correspondería en esa financiación a las
diferentes administraciones y también a la iniciativa privada.
Y todo ello, aunque, en una coyuntura (que tiende
a ser estructural) en la cual es más que probable la reducción de
los fondos europeos a recibir por Andalucía, no se tenga la
seguridad de que los recursos financieros disponibles vayan a ser
suficientes para cubrir el total de esas inversiones estimadas como
necesarias. Pero claro para poder establecer criterios de actuación
y prioridades es preciso saber cual es la inversión que se necesita.
Podrá argumentarse que en realidad un elevado
montante de las inversiones necesarias corresponderían a la
iniciativa privada y que, por lo tanto, no procede su estimación.
Pero este sería un argumento falaz, que no justificaría en ningún
caso la no estimación de las inversiones públicas. Pues estas
inversiones deben servir sobre todo para crear las estructuras y
condiciones necesarias para facilitar e incentivar las inversiones
privadas. De lo contrario las inversiones públicas pueden acabar
destinándose casi exclusivamente a subvencionar a unas empresas que
subsisten a duras penas, con lo que lo único que se conseguiría
sería perpetuar un modelo de subdesarrollo que en la actualidad
supone una pesada ancla para estas áreas sumidas en una ya más que
asentada y nefasta cultura del subsidio y el clientelismo.
Por otra parte, a la hora de abordar la puesta en
marcha de cualquier plan, especialmente en aquellos casos, como
ocurre con los PDS, que tienen una gran complejidad (por la
multiplicidad de campos en los que debe actuar y por la
interrelación existente entre los mismos), es fundamental resolver
previamente dos cuestiones:
1. Que es más importante y que menos de cara a ir
consiguiendo los objetivos propuestos.
2. Que es lo que hay que hacer antes y que es lo
que hay que hacer después. Esto no es lo mismo que lo anterior, pues
a veces hay medidas menos importantes que es necesario realizar
antes para posibilitar la puesta en marcha de las que si son más
importantes.
En resumen, es necesario que cualquier plan
contemple una priorización de sus objetivos, programas y líneas de
actuación y un cronograma que los organice en el plano temporal.
Pues bien, en los PDS no aparecen ni cronogramas ni se establecen
esas prioridades en cuanto a la importancia de los programas y
actuaciones a desarrollar.
Estos dos aspectos son, si cabe, más importantes
cuando no existe una seguridad en la consecución de todos los fondos
necesarios para la ejecución del plan, como ocurre en el caso que
nos ocupa.
Algo parecido ocurre con los indicadores
destinados a evaluar el cumplimiento de los PDS. Son muchos, tal vez
demasiados, con lo que se dificulta y encarece una evaluación
rigurosa, y no se determina cuáles tienen una mayor o menor
importancia de cara a esa evaluación. Algo por otra parte lógico y
consecuente con la falta de priorización de los programas y líneas
de actuación. Esto puede llevar a que ante la incapacidad para
realizar esta evaluación se acabe "estimando" su cumplimiento con
una clara e indeseable tendencia a la autocomplaciencia.
Con estos parámetros, los PDS sólo pueden
considerarse el producto de una lluvia de ideas en cuanto a
actuaciones necesarias e indicadores de evaluación, sin más. Una
lluvia que se irá transformando en tormenta, en huracán, que
arrastrará con su viento y sus aguas las posibilidades de un
desarrollo sostenible y endógeno en nuestros parques naturales. Si
esa lluvia de ideas no se ordena mediante su priorización y si no
existe un compromiso presupuestario suficiente para la puesta en
marcha de las más importantes, los PDS se quedarán en simple papel
mojado, en un brindis al sol, en pura demagogia. En un simple
trámite para cubrir un expediente y en unos documentos con muchas y
bonitas fotografías, con tablas y modernas matrices DAFO, cuyo
triste destino será criar moho en el fondo de algún cajón oscuro y
poco ventilado.