Las petroleras campan a sus anchas en plena Amazonia ecuatoriana

Portal del Medioambiente. 25-08-04

http://colombia.indymedia.org/  (PNUMA)

El panorama que han dejado las petroleras en el Parque Nacional Yasuní en plena Amazonia y en sus habitantes es desolador. La frondosa vegetación, los claros ríos y el silencio que sólo alteraban los sonidos de la fauna, se ha convertido en unos pocos años en un lugar atravesado por carreteras, con continuo tránsito de camiones, aguas contaminadas y unos indígenas desnaturalizados. Desde que llegaron las petroleras, hace cerca de dos décadas, los huaorani han ido abandonando el modo de vida que habían heredado de sus antepasados.

El Gobierno de Lucio Gutiérrez no parece estar demasiado preocupado por este fenómeno, sino todo lo contrario, ya que está tramitando una nueva licencia, que daría la potestad a Petrobras (Brasil) para seguir exterminando la biodiversidad de uno de los parques nacionales más ricos y extensos del continente americano.

Con la intención de paralizar este proceso, una veintena de expertos de varias organizaciones ecologistas y de comercio justo de Euskal Herria, Catalunya, Brasil, Ecuador, Colombia, Canadá y Perú viajaron a la zona a principios de mes. Su misión era evaluar los impactos ambientales y sociales de la actividad de las petroleras en el área protegida de Yasuní que a priori intuían eran muy perniciosos y presentar sus conclusiones al Ministerio ecuatoriano de Medio Ambiente.

Ekologistak Martxan formó parte de ese viaje. “Nos pusimos en contacto con Acción Ecológica de Ecuador, que hace un seguimiento de las consecuencias que están teniendo las petroleras en la reserva de las tribus huaorani”, comunidad indígena que habita en la zona desde tiempos ancestrales, explica Mª Asunción Puente.

Antes de llegar a Ecuador, “con muchísima antelación gestionamos todos los permisos que exige el Ministerio de Medio Ambiente” para entrar al parque y realizar el trabajo de verificación.

”Cuando llegamos a la ciudad de Coca, nos informaron de que Repsol no nos iba a dejar pasar por Œsu carretera’”, relata. Esa carretera tiene 180 kilómetros y cruza el parque nacional. Aunque ocupa territorio nacional ecuatoriano, “Repsol actúa como si la carretera fuera suya», denuncia. «Los ecuatorianos que venían con nosotros estaban enfadadísimos, porque atenta contra su soberanía como pueblo”. Además, el Ejército ecuatoriano está bajo las órdenes de las petroleras. “El Gobierno otorga concesiones para perforar”, pero las petroleras amplían sus poderes y se comportan como si fueran los propietarios del parque nacional.

La selva y los huaorani

Ante esta prohibición, «tuvimos que tomar una ruta alternativa, y fuimos por el río en canoa». Una vez instalados en la comunidad indígena de Guiyero, la delegación internacional aprovechó para darse una vuelta por las instalaciones de Repsol-YPF, que era el objetivo de su misión, pero enseguida se toparon con los guardas de seguridad de la petrolera española. «Al ver que seguíamos en territorio huaorani, al día siguiente aparecieron con el Ejército», cuenta Mª Asunción.

Las palabras del responsable de Seguridad de la petrolera fueron muy clarificadoras. Sostenía que aquel territorio era «su casa» y que los huaorani dependían de su empresa y, por tanto, tenía derecho a ordenar a las Fuerzas Armadas la expulsión de la misión internacional.

«Cinco militares nos sacaron en una balsa, porque Repsol nos seguía prohibiendo pasar por carretera, y navegamos en la oscuridad durante muchísimas horas. Nos llevaron a un pueblo fantasma, despertaron a un señor para que nos llevara en autobús y fuimos a Coca», siempre con los militares. «Llevaban órdenes de dejarnos bien colocados». «Entonces pudimos comprobar que el Gobierno ecuatoriano pone a su ejército a las órdenes de las petroleras», mantiene la ecologista.

Con respecto a las conclusiones sobre los impactos medioambientales que Repsol-YPF ha causado en el área protegida, la misión internacional informa de los tres derrames habidos en los dos últimos años. «Esto supone la contaminación de ríos, pozos y saladeros donde beben los animales cercanos». Además, «la incineradora de los desechos de la petrolera emite furanos, dioxinas y metales pesados». La carretera y el oleoducto «también suponen un impacto importante, puesto que fraccionan la selva, ahuyentan la fauna y han provocado que la población se reasiente en las cercanías de la carretera por las facilidades comunicativas, con lo que viven en un foco permanente de contaminación», concluyen los ecologistas.

Unido a estos perjuicios, están los impactos sociales. «Al principio los huaorani opusieron resistencia, pero les sobornaron con dinero y ahora son totalmente dependientes», afirma. Hasta hace sólo unos años, los huaorani eran nómadas guerreros que pescaban y cazaban en las cercanías. Actualmente, para cazar deben salir a zonas a 12 horas de distancia, y como las petroleras les proporcionan comida preparada envuelta en plástico, la mayoría ha dejado de cazar y pescar. Les tienen como pajaritos comiendo de su mano», agrega.

«Cada vez que necesitan algo, acuden a las petroleras, y éstas les dan lo que piden para que se callen», asegura. Otros trabajan en las petroleras, desbrozando o haciendo los peores trabajos. «Cuando preguntas a los que no trabajan para las petroleras por qué aceptan su dinero, te responden con toda naturalidad que porque están en su territorio».

Otro problema grave es la salud. Los médicos de la zona les contaron que se han detectado enfermedades entre los indígenas que hasta ahora eran desconocidas, como cáncer, hepatitis, sífilis, enfermedades en la piel, intestinales y respiratorias.

«Da mucha pena, porque van a la ciudad a comprar con la plata que les dan y allí no son nada. Están en tierra de nadie», subraya. Han perdido sus tradiciones pero no encajan en las de los habitantes de la ciudad. Aún hay una tribu, los sarayacu, que resiste y se niega a negociar con las petroleras. «Por sus tierras no pasan porque si no les lancean».

Tras la visita, la misión internacional presentó sus conclusiones a un representante del Ministerio de Medio Ambiente para que no conceda la licencia que ha solicitado Petrobras. La respuesta no fue muy halagüeña. «Los gobernantes justifican a las petroleras», confiesa Mª Asunción. Y es que muchos en el Gobierno se enriquecen a costa de las petroleras, así que no cabe esperar que muerdan la mano que les da de comer.

Además, la organización Biodiversidad en América Latina ha denunciado que las estaciones científicas ubicadas en el PNY, gestionadas por dos universidades privadas la de San Francisco (EEUU) y la Católica de Ecuador «dan el visto bueno a estudios de impacto ambiental pésimos y llenos de ambigüedades».

Otra de las prioridades de la misión es que cada grupo dé a conocer en su país o zona los pormenores de esta experiencia para crear conciencia de las graves consecuencias que nuestro modelo de consumo tiene para otros países. Los representantes vascos de la misión internacional publicarán un informe con los datos e imágenes recabadas en su viaje a Yasuní, y tienen previsto ofrecer charlas en varias localidades y colegios de Euskal Herria.

Modelo destructivo

Entretanto, y mientras que los gobiernos, no sólo el de Lucio Gutiérrez sino sobre todo los de los países ricos que impulsan este modelo destructivo, no cambien sus políticas, los ecuatorianos de a pie seguirán teniendo sus ríos y tierras contaminadas, y una deuda externa que cada vez les hundirá más en la miseria.

La deuda ecológica es mayor que su deuda externa

«Estamos intentando concienciar sobre el concepto de deuda ecológica», señala Mª Asunción Puente en Donostia. Los países ricos hablan de la deuda externa, que «está aniquilando» a los países pobres. Para contrarrestar este hecho, crearon el concepto de deuda ecológica, que incluiría el montante de daños que los estados ricos han hecho y siguen haciendo a muchos países sudamericanos y africanos. Si se contabilizaran estos perjuicios en dinero, entonces la situación cambiaría. Los deudores se convertirían en acreedores, porque «nuestra deuda ecológica con los países del Sur, por la materia prima que les sacamos, la biodiversidad que aniquilamos, la contaminación de sus aguas, los desplazamientos de las poblaciones... todo esto es mucho mayor que su deuda externa con los países ricos», añade.