Entrevista a Jose Maria Mendiluce. La ecología debe contaminar todas las
opciones sensatas
EL PAÍS/EVA LARRAURI. 18-05-05
José María Mendiluce (Madrid,
1951), ex funcionario del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los
Refugiados (ACNUR), eurodiputado en dos legislaturas y escritor, ha
vuelto a narrar una historia desarrollada en Costa Rica. La sonrisa de
Ariadna (Planeta) repite el escenario y la protagonista de Pura vida,
novela con que fue finalista del Planeta en 1998. La nueva obra,
advierte Mendiluce, no es una continuación de Pura vida, sino un doble
reencuentro: el de un personaje de ficción, Ariadna, con la tierra donde
vivió la pasión de su vida, y el del autor con las emociones y las
gentes de Costa Rica.
La fuerza de la naturaleza está
presente en toda la novela, mientras un grupo de personas lucha por
mantener la costa protegida de la sobreexplotación hotelera y de la
depredación de las petroleras. "La protagonista principal es una
naturaleza viva, que todavía no está controlada por los humanos y que se
rebela", explica. "Está presente en su sensualidad, en su riqueza y en
su violencia".
El hombre, cree Mendiluce, trata de domesticar, sin éxito, a la
naturaleza. "El mito de que el hombre puede dominar a la Tierra es una
imbecilidad. Y digo el hombre porque es algo muy masculino". En la
novela, la Tierra dice "basta" a la explotación abusiva: el terremoto de
1991 arrasa la costa y destruye las comunicaciones. "Lo que no consigue
la lucha de algunos personajes para parar la cementación de toda la
zona, lo hizo la naturaleza. El terremoto desaconsejó que siguieran
invirtiendo, porque no tenían garantía de rentabilidad en un lugar donde
si no hay un terremoto, hay un huracán o lluvias torrenciales".
La protagonista se implica en la lucha por preservar el entorno contra
los intereses de las grandes multinacionales. "La novela no tiene nada
de política", asegura el autor. "No creo que la defensa de la vida y la
ecología sea en el futuro una opción política; debe contaminar todas las
opciones sensatas".
Mendiluce habla del "turismo serio" que va a Costa Rica a observar a las
tortugas desovar, que se aloja en hoteles pequeños y consume productos
locales. "Los protagonistas del libro mantienen un gran debate entre la
pureza ecológica y las necesidades de los humanos", añade. "Es necesario
encontrar un equilibrio, muy difícil de establecer desde fuera, entre el
desarrollo que necesitan las gentes y el medio ambiente. Hay un modelo
de ecologista talibán completamente insensible a las necesidades de las
gentes que viven en esos paraísos. Si esas costas son un paraíso es
porque su población ha vivido olvidada y en la miseria. Se trata de
aprender a vivir de la belleza. Ya han aprendido que el patrimonio
natural es la garantía de ingresos a largo plazo. Y es lo que intentan
en Costa Rica, a pesar de los embates hoteleros".
Mendiluce decidió convertirse en un personaje secundario de su novela,
apareciendo en un par de escenas con su propio nombre de pila para dejar
claro cuánto tiene la historia de La sonrisa de Ariadna de
autobiográfico. "Si yo amo esa tierra, he vivido allí una década y
vuelvo todos los años un par de veces, es imposible que la protagonista
no se encuentre conmigo", explica. "El único nexo entre Ariadna y yo, es
que ella trabajaba en la ONU en Centroamérica, como yo. [Aparecer en la
historia] me ha permitido reñir a Ariadna por dejarlo todo para quedarse
allí, como purgando una culpa que no le corresponde".
En el epílogo, Mendiluce pide a los viajeros respetuosos con el entorno
que acudan a Costa Rica, se acerquen a sus gentes y se conviertan en
"abogados de su causa": salvar aquel pedazo de paraíso de la
destrucción. "Todo lo que es bello tiene muchos enemigos", dice.