ALGO
MÁS QUE PALABRAS
CIUDADES LITERARIAS
A
veces uno recibe libros que le entusiasman y le conmueven. Desea dar
cuenta de ellos como sea. Para que cunda el ejemplo. Nos cautive la idea
y nos cultive la obsesión. Catorce narradores, nacidos o residentes en
Madrid, han escrito un texto vinculado a la capital de España, bajo los
auspicios de la Asociación Colegial de Escritores de España y el
patrocinio de Cedro, entidad de autores y editores. Este volumen es una
continuación de otras rutas literarias que tuvieron por marco a
Castilla-León y Andalucía. La cuestión me parece tan genial como la
genialidad de ser literato. Desde luego, nadie me negará que, el
verdadero escritor, el de invención pura y transparente, sea poseedor de
un olfato especial para describirnos entornos y contarnos vidas, bajo
las alas desnudas del buen gusto, que no son otras, que un singular
estilo. También para inquietarnos, volvernos reflexivos, y si es
posible, hacernos saltar la chispa del compromiso; que, ante el baño de
pasividades que nos inundan, siempre es de agradecer.
Resulta, pues, saludable para el pueblo
abordar la historia unida a la literatura y profundizar en nuestras
ciudades, las de ayer y las de hoy, al igual que esos escritores
madrileños (de nacimiento o adopción), que a través de su obra penetran
en distintas épocas, como el paso de la aldea a la urbe o la ciudad
como tema literario. Estos cultivadores de la palabra, me refiero
siempre a los puros, son eficaces guías. Cuentan con claridad de
pensamiento y precisión de narrativa. La reconstrucción de atmósferas
vividas nos acerca a ese espacio íntimo, a esa calle de las mil y una
literaturas, a ese yo íntimo que se ve retratado en la escena del
tiempo.
Conocer las ciudades a través de sus
literaturas, y literaturizarse, es una obra de arte, tanto o más que de
pensamiento. Lo que hacen, estos jardineros de voces, es acoger y
recoger vidas, luego las sintetizan con ingenio, para ofrecerlas bajo la
estética del destello expresivo. En este sentido, me vienen a la memoria
unos versos de Unamuno, en esa comunicación sinestésica de vivencias en
forma sintética, a través del lenguaje, caracterizado por su gran
expresividad. Precisamente, nos recomienda volver los ojos a esas
ciudades literarias, a esas existencias vividas: “Leer, leer, leer,
vivir la vida/ que otros soñaron. / Leer, leer, leer, el alma olvida/
las cosas que pasaron. / Leer, leer, leer; seré lectura mañana también
yo?/ Seré mi creador, mi criatura, / seré lo que pasó?”
La
literatura refleja siempre la vida de sus gentes, el pulso de la ciudad
o del pueblo, que será tanto más culto cuanto mayor sea la coexistencia
de culturas cultivadas. En esta línea de entendimiento, aplaudo el
fomento de rutas literarias, programa educativo creado por el Ministerio
de Educación, Cultura y Deporte, en colaboración con las Comunidades
Autónomas, puesto que no sólo acrecienta el interés por la lectura,
también contribuye a que la convivencia sea mejor. Estos itinerarios
giran en torno a un libro, un personaje o un autor relevante sobre el
que los alumnos habrán trabajado con anterioridad en sus clases,
viajando posteriormente para conocer los lugares que han servido de
inspiración o han guiado la narración leída. En esa marcha por el tiempo
no se marcha uno sin convivir. Y tampoco sin hacer deporte, el de andar,
como ese caminante machadiano de hacer camino.
En esa misma confluencia literaria, el afluente de la
UNESCO de
elaborar, año tras año, una lista de las ciudades de importancia
histórica que son muestras de la diversidad y riqueza de actividades
culturales, religiosas y sociales de los seres humanos y que, por ello,
son parte de ese gran “Patrimonio de la Humanidad”, merece también
efusivas loas. Las ciudades y los pueblos, siempre han sido focos
literarios, que, gracias a esa literatura, han perdurado en sus raíces y
costumbres. La evocación de tipos curiosos, o de lugares perdidos,
borrados del mapa de la vida –a veces por un progreso mezquino-,
persisten gracias a los oficiantes de la palabra, que con sus
creaciones nos reviven pasados históricos y mundologías que forman parte
de nuestra savia y de nuestro saber. Sin duda, rememorar es valioso, se
fundamenta nuestra forma de ser y de estar.
Hoy cuando tanto se habla de "ingeniería
genética" para aludir a las extraordinarias posibilidades que ofrece hoy
la ciencia para intervenir sobre las fuentes mismas de la vida, se nos
olvidan las emociones que siente el ser humano hacia la belleza
literaria, inventándose otras vidas y otros mundos, donde ser respeten
derechos, como el de soñar y reír. Nadie mejor que el literato, genial
constructor de vidas en la vida, puede amasar emociones y exaltar
entusiasmos, atraído por el asombro del ancestral poder de los sonidos y
de las palabras, de las voces y de los sentimientos. En la poesía hay un
perfecto ensamblaje de semánticas, sensaciones, imágenes y ritmos, como
si de un efectivo amor se tratase, en cuanto a fusión de tonos y
timbres. De igual modo, en la prosa, la comunión y aproximación es un
signo de comunicación. Esto es higiénico hasta para la democracia. No se
puede consensuar si antes no ha habido tertulia, maridaje de conceptos.
Por otra parte, el que crea literatura da
su propio ser a la causa, lo dona a ese don, y mirándose hacia sí mismo
y hacia toda ciudad o pueblo, con ojos capaces de contemplar y de
agradecer, nunca hará nada contrario a la existencia. La vida es lo que
le vive y por la que escribe. Es su guión, lo que le entusiasma. Toda
forma auténtica de hacer literatura, es, a su modo, una forma de alargar
la vida, una vía láctea que nos lleva a la realidad más profunda del
hombre y del mundo. En suma, una invitación a gustar de la energía
creadora y a crear un futuro de gozos en el verbo, armonizando el amor a
los lenguajes del alma. Porque sólo la palabra, la que es luz, se hace
diálogo creador (y creativo) en el parlamento de la vida.
Víctor Corcoba Herrero
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Escritor -