NO ES FÁCIL

José Javier Matamala GarcíaNo es fácil acomodarse al devenir y ver las horas pasar, una tras otra, aunque sea contemplando el más bello de los atardeceres mediterráneos. No es fácil asumir el paso del tiempo, nuestro vano afán por reconciliarnos con el mismo y sacarle tantísimos segundos, minutos y horas que ya perdimos y que jamás reencontraremos.

No es fácil cumplir años mientras que el Planeta Azul sigue girando sin que apenas nos percatemos. Durante ese proceso cósmico vemos nacer entre nuestras sienes filamentos de plata y las marcas de la sonrisa y de nuestro llanto ahora se fijan en el  rostro, como los surcos cuando se labora el campo para sembrarlo y recoger después sus frutos, aunque la tierra siga encogida o dilatada ante las inclemencias del tiempo. 

No es fácil encontrarte con que ya no son tus mayores los que te llaman la atención, sino que eres tú mismo el que advierte de los propios errores cometidos; quien con uñas y dientes defiende a su “camada”, como lo más preciado con lo que nos regaló el cosmos; quien se convierte en padre sin dejar de ser hijo, aunque éstos, en ocasiones, te decepcionen, como nosotros decepcionamos a nuestros propios ancestros.

No es fácil crecer y ser compromisario de todo aquello que realizas; protagonista de tu propia película donde cometes los mismos errores y los mismos aciertos heredados, donde eres cómplice de la experiencia adquirida, donde concluyes con la afirmación soberbia de que otros tiempos fueron mejores, cuando todos los tiempos son iguales y sólo nosotros los hacemos diferentes y distintos.

No es fácil ver crecer las canas sin revolucionarte contra ellas, en el afán incongruente de retroceder en el tiempo y el espacio, de retomar los caminos y sendas casi olvidadas en nuestro recuerdo, de claudicar con honor a nuestra propia historia como seres humanos en esta “bola de cristal” que nunca se anda quieta; de retomar tanto tiempo perdido y tantas experiencias aprendidas ahora, que nos hubieran sido tan útiles en otros tiempos.

No es fácil decirlo, pero nos vamos haciendo “viejitos” en un espacio-tiempo que adora a la juventud y a todo aquello que les sea fácil vender. Donde las ideologías suenan como quimeras esperpénticas de los “carrozas” y eso de la “transmisión de experiencias” parece casi una obscenidad manifiesta, precisamente en mundo donde nacimos todos y que adolece más que nunca de esos valores universales por los que hemos y seguimos luchando.

No es fácil, asumir que los más jóvenes te critiquen, que aludan a nuestro periodo igualmente vitalista y henchido de energía y que nos digan incapaces. Puede que tengan algo de razón, aunque no me cabe duda que no toda, porque todos hemos partido de esos mismos principios de solidaridad, fraternidad e igualdad. Lo más importante es que somos muchísimos los que aún creemos en ellos y que en nuestra madurez sigamos adoptándolos como una norma de conducta.

No es fácil, asumir que te llamen de “usted” en vez de “tu”, que nos hallamos hecho mayores y que nuestros menores sean más altos, más grandes y más hermosos que nosotros. Que nuestros hijos nos superen en mucho, pero siempre existirá ese grado de experiencia que nos hace diferentes, aunque próximos, ese privilegio que nace de lo aprehendido y que tan sólo queremos comunicar.

No es fácil entender que la felicidad se halla en encontrarnos con nuestros propios hijos, aquello con lo que nos regaló el universo, en sus problemas diarios, en sus sonrisas y también en sus llantos. En todo el tiempo que no les dedicamos abstraídos por el quehacer diario, por el trabajo, por prioridades asumidas donde ellos, tan sólo, son una parte y no un todo.

No es fácil asumir que esa felicidad precisa de renunciar a un deseo casi patológico en nuestros días; tener, poseer, acumular, liderar..., donde consumir, gastar y adquirir parecen algo imprescindible, sin darnos cuenta que ya tenemos lo esencial sin ser capaces de entenderlo, ni de disfrutarlo.

No es fácil continuar seguir siendo niños cuando vemos a los nuestros crecer; jamás renunciar a la inocencia, a la mirada siempre ávida de deseos por aprender y encontrar respuestas, a entender de una vez por todas que los Reyes Magos existen y que tenemos entre todos que ayudarles a cargar sus camellos con más ilusión, más alegría y a quitarles el lastre de la decepción, las preocupaciones y la arrogancia.

No es fácil ser padres, porque es el libro que escribimos día a día, donde las desorientaciones y el desconcierto son comunes; éstas son nuestras tareas de mayores, por las que tenemos que luchar y las que nos han de animar a vivir. En este mundo de prioridades contrapuestas que sean ellos, nuestros hijos, los que siempre ocupen por encima de todo nuestra apuesta cotidiana por la vida y que su felicidad sea reflejo de la nuestra, de ser capaces de dar lo mejor de nosotros mismos a quienes más se lo merecen.

José Javier Matamala García