ALGO MÁS QUE PALABRAS

MAESTROS DE NADA, DOCTORES DE TODO

Víctor Corcoba Herrero08-05-05

Reiterativamente confunde la sociedad el modo de valorar a ciertas personas, más por lo que son, que por lo que ofrecen; por su influencia, status social o profesión que desarrollan. Olvidan las buenas maneras de ser maestro, como es la de ser oyente de sí mismo. Los hemos sobrevalorado tanto que son un auténtico peligro. Se creen dioses, con derecho a todo y contra todos. Nos pierden y se pierden. Los talentos del buen estilo, para que germinen en buen fondo y coherentes formas de vida, no nacen, ni maduran de la visita a éste u otro centro educativo o universidad reputada, entre otras cosas, porque faltan maestros vocacionales y sobran funcionarios de educación, tampoco por la práctica de unos preceptos más o menos determinados, sino del encuentro consigo mismo. Es ese trato íntimo del ser humano con la vida, una continua educación, donde cualquiera puede ser maestro del otro. No hace falta titulación alguna, ni poder alguno, para enseñar a vivir desde el amor. En parte, la mediocridad nos desborda, por los muchos doctores que tenemos, maestros de nada.

Faltan ilustradores que eduquen, con su manera de actuar y ser, para la vida. Decía Albert Guinon, que gracias a la instrucción hay menos analfabetos y más imbéciles. Ciertamente, lo de saber más para servir mejor, es como buscar una aguja en un pajar. Los tiempos, mucho me temo, no van a mejorar, si seguimos denigrando a los verdaderos mentores de la vida. Europa se afana en la unión política y económica, y lo celebra por todo lo alto, pero nada parece decirle el sentido de lo trascendente del ser humano, del individuo como tal. Para colmo de males, lo educativo también divide a España, según el político de turno. ¡Qué bajo hemos caído! Porque si es bueno desarrollar profesionales para ese mundo de los especialistas, antes de todo debe ser, lo de formar ciudadanos para convivir y personas para amar.

Hemos relegado la verdadera instrucción, la del alma. A mi juicio hay un culpable en todo esto, los maestros de la falsa publicidad, que han priorizado el tener mucho para consumir más (el gran negocio para las multinacionales), sin importarle el ser, con el que juegan como si fuese un muñeco sin corazón, al que se le trata como un producto más, como un símbolo sexual o una cosa a la que no se le respeta en absoluto. Realmente, los publicistas, son hoy los grandes maestros, con sus dotes de persuasión, modelan actitudes y comportamientos, a su antojo, haciendo ver que cuanto más cosas tengamos en nuestro poder, mayor será nuestra felicidad y satisfacción, lo cual es tan erróneo como frustrante, al ser una víctima más, un incapacitado, el cual podrá tener todos los conocimientos del mundo, pero que no supera la ética de los instintos, que ya es decir.

Dice un proverbio escocés, con el que me quedé prendado al verlo en la pared de una escuela, que por buena que sea la cuna, mejor es la buena crianza. Tan sólo desde la educación transmitida por los auténticos maestros, se puede mejorar el clima de un vivir más en la alegría, con los valores de siempre, los que no caducan, aquellos de los que hoy todos hablamos, pero que no valen nada, porque los enseñantes (educadores, familia, calle, televisión, Internet...), han perdido la visión armónica del mundo y de la vida humana, centrados en su aldea egoísta de ser el rey de la selva, antes que constructores de vida en convivencia.  

Por todo ello, es muy importante saber discernir los maestros verdaderos de aquellos que no lo son, aunque así mismo se nombren (o los nombren) como tales. Se distinguen los unos de los otros, por el respeto a la capacidad de razonar de cada cual y la consideración a su conciencia moral. Como refrendó Arturo Graf: Excelente maestro es aquel que, enseñando poco, hace nacer en el alumno el gran deseo de aprender. No es fácil alcanzar la sabiduría de la felicidad y sabiamente repartirla, en un mundo tan competidor como plasta que aplasta a los más débiles. 

Y en este sentido, tenemos que cultivarnos en la nueva vida de la globalización. Ahí está la manifestada preocupación de los obispos españoles ante la libertad religiosa, el respeto a la vida humana, la familia, y el derecho a la educación. En verdad, comparto al cien por cien, su desvelo. Más que nunca, hace falta buscar maestros que nos retornen a la esperanza de deleitarnos al ver un árbol en flor, a ser señores de nuestro señorío compartido con los demás, y a ser libres, o lo que es lo mismo, a no desear lo indeseable. Considero, pues, un buen maestro –pongamos por caso- a Henri Lacordiare, cuando acotó tres cosas que necesita el hombre para ser feliz: la bendición de Dios, libros y un amigo. Buen comienzo para doctorarse y mejor para instruirse. 

Víctor Corcoba Herrero

- Escritor -