ALGO MÁS QUE PALABRAS

ANTE LOS PODERES INCIERTOS, LOS CANTARES DEL PUEBLO

23-08-04

Víctor Corcoba HerreroSoy de los que piensan que el poder tiende a corromper y desenmascarar tipos, que de humanos suelen tener más bien poco. Estos dominios inciertos divorcian más que unen. Se han puesto de moda por las revistas, bajo titulares pomposos, enfáticos, rimbombantes. Se olvida que quien todo lo puede también ha de temerlo todo. En el fondo nadie es más que nadie, porque ningún ser humano es capaz de poderlo todo. Así de claro. Alentar pasiones dominadoras me parece una estupidez y una terrible enfermedad. De un tiempo a esta parte, han surgido tipejos que se elevan por las bufonadas que dicen y por las sandeces que hacen. Se creen con tanto poder que nada les inclina. Suelen ser más temidos que amados. Se equivocan profundamente de vida. Al final, el tiempo todo lo atempera, pero también pasa recibo.

Yo prefiero el poder del arte, el del creador que nos hace visible lo invisible, aquel que se revela contra la prisión del mundo, el artista que nos muestra la verdad y nos expone la belleza, la música que nos conmueve. Desde hace algún tiempo acostumbro a caminar contracorriente. El veraneo suelo utilizarlo para acudir a eventos culturales. Linares es visita obligada en agosto. Para mí que es un pueblo por descubrir. Está poblado de cultivos culturales con denominación de origen. Comprenderán, pues, el deseo de fundirme con sus vecinos en vecindad y con la historia viva de su fascinante memoria. Allí todas las artes tienen cabida y uno se siente en el olimpo. Andrés Segovia dejó en heredad la afición por la guitarra. Las profundas raíces mineras, la poderosa y eterna voz del pueblo, dieron existencia a cantes brotados del fondo de la mina, donde la soledad invita a escuchar los poéticos latidos que se cuecen en las entrañas incorpóreas de la tierra. Todo este clima autóctono de experiencias y cátedras, surgidas por amor a la erudición, contribuye a que el flamenco en Linares tenga voz propia y estilo único, como lo avalan las fervientes pasiones de las peñas flamencas, dispuestas a dejarse la vida por el arte.

Reconozco que cada día me atrae más la campiña andaluza, su atmósfera ensortijada por Despeñaperros, las soledades de las viejas cabrias y las chimeneas mineras, el silencio de sus caminos y rutas, las gentes del campo que son más del cielo que de la tierra. Las noches flamencas de agosto, respiradas desde la colina del Parque Municipal de Deportes San José en Linares, a golpe de tarantas y cantes libres, se han adueñado de mí como el amor primero. Prefiero buscar, como el minero de antaño, con el que tuve la suerte de convivir la niñez en las montañas de Laciana, la palabra justa para liberarse de tantas injusticias y por unos momentos pensar que soy libre en la libertad de soñar. A veces, el perfume de recuerdos, reconforta y renueva a cualquiera. Otras veces, el aroma  de los campos y el espectáculo de la naturaleza, te acallan las palabras y nace la voz del cantaor.

Acudo, por consiguiente, con verdadero entusiasmo al concurso nacional de tarantas y a los cantes de libre elección, para vivir (y revivir), lo que comenzó en el año 1964, bajo el objetivo de renacer y conservar, además del viejo Cante Jondo o Grande (seguirillas, deblas, soleares, martinete, caña o polo, tonás, malagueñas y serranas), la taranta minera como homenaje y en honor a los mineros, rechazándose todo cante modernizado, el floreo abusivo de la voz o las mezclas de tonos sin sentido, puesto que todas estas innovaciones atentan contra el más puro estilo tradicional. Premisa que año tras año, con gran acierto, se ha tenido muy en cuenta por todos los jurados. Esto es de agradecer. Por eso, el flamenco en Linares, tiene un grito de autenticidad sin igual, lucidez en cuanto al sentimiento y un mar de poesía envolvente, capaz de encandilar corazones y de entusiasmar vidas.

Nadie permanece indiferente a esas voces jóvenes de cantaoras, todo un valor en alza,  que vienen acrecentando el número, cuestión que nos alegra, como al igual los jóvenes cantaores, porque con ellos queda asegurado este arte andaluz, no siempre valorado en su objetiva medida, tan nuestro y tan grande, tan linarense y tan del pueblo. Hace bien el área de Cultura del Ayuntamiento de Linares, potenciando y protegiendo las tarantas mineras y otros cantes libres, que le dan, si cabe, más universalidad al universo inmaculado del flamenco. Desde mi personal observación, el concurso ha crecido, hasta convertirse en una oportunidad inmejorable para que todas las miradas se posen en la ciudad, al darse cita  las mejores voces y  las más variadas generaciones de cantaoras y cantaores, provenientes de toda España.

Sin duda, estas concurrencias artísticas auxilian exilios, favorecen el culto a la cultura, asisten a crecer por dentro. Son tan saludables al alma como las olivas al corazón. Por ello, apuesto porque existan menos poderes y más alientos a la esperanza, menos influencias adineradas y más confluencias hermanadas, menos listas tontas y más sapiencia en el cultivo de hacer y dejar hacer, de amar y dejar amar lo que uno es y ha sido. Quien suscribe, desde luego, se queda con los flamencos a tragarse sus quejíos del alma, antes que con el gozo de los vicios vacíos de los influyentes. Los espíritus vulgares del glamour carecen de horizonte, por muy en el pedestal que se suban.

Víctor Corcoba Herrero

- Escritor -