ALGO MÁS QUE PALABRAS

LAS PENURIAS LABORALES

06-09-04

Víctor Corcoba HerreroA juzgar por el incremento de bajas laborales, amparadas bajo el diagnóstico de síndromes depresivos y ansiedades,  al igual que por las continuas denuncias de acoso y Mobbing, (las mujeres y personas débiles continúan padeciendo más inseguridad que los hombres y más tipos de inseguridad), existe un conflicto solapado, que cada cual lo soporta como puede, entre el mundo del capital y el mundo del trabajo. Ahí está el diluvio de dolores: Los portadores del síndrome del quemado crecen como la espuma. Se ha olvidado que detrás de todo trabajo, por muy insignificante que le parezca a los señores del capital,  hay siempre un ser humano con alma. Dados estos descarados abusos, pienso que es el momento de poner orden y concierto en la primacía del ser humano sobre todo lo demás.  Es el momento de llevar a las mesas de negociación colectiva, propuestas justas y realizables, y no los cuentos de la lechera, que permitan a los trabajadores ser ellos mismos, no el muñeco de su jefe,  y realizarse como persona creciente en humanidad.

Ahora que tanto se dice, se comenta,  y se dispone sobre el diálogo social,  es la ocasión de apoyar una nueva solidaridad fundada sobre la clase obrera, maltratada como nunca, dispuesta a tragar carros y carretas, con tal de salvarse del paro. La realidad es así de dura. Los obreros, clasificados como de clase baja, cada día cuentan menos. Para colmo de males, sus posibles representantes, (los liberados de la quema laboral),  dan la sensación que se han vuelto pasotas o cómplices. Los hechos cantan por si solos: la mayoría de trabajadores los desconocen, no se afilian, y tampoco quieren saber nada de los sindicalistas. Lo cierto es que, a poco que deje uno el sillón, baje al tajo y comparta bocadillo con el currante, se verá que el trabajo humano es de lo más inhumano y que hasta las máquinas, en ocasiones, son más mimadas que los obreros. Precisamente, luchar por los derechos y que no se practique ningún tipo de diferencia injusta, debiera ser una preocupación (y ocupación) de las fuerzas portadoras del apellido: en defensa del obrero. Todavía hoy se sigue practicando la discriminación del otro, del distinto, y se da marcha atrás en tolerancia e igualdad. Eso sí que es la gran reforma pendiente.

Por estas fechas, ya suenan los aires del diálogo social, piropeados como si fuesen una madre protectora. Claro que nos gustaría contar con una legión de defensores de causas justas, dispuestos a dejarse la vida por los que nada tienen, pero mucho me temo que es la misma cantinela de siempre, aunque los centinelas sean otros. El soniquete repiquetea como agua pasada que no mueve molino. Lo de contar mentirás, ¡tranlará!, parece que es un modo que está de moda. Aquí nadie se fía de nadie. Pasemos revista a la fonética. Esto es la bamba del bombo: Las próximas cuentas, ¡tranlará!, los pobres serán ricos y los ricos pobres, ¡tranlará!; a los jóvenes les pondremos un nido, ¡tranlará!, y a los mayores entierro gratis, ¡tranlará!; el trabajo dejará de ser un deber, ¡tranlará!, porque los derechos son un amor imposible ¡tranlará! ¡laráaa... lirón! Después de rumiar el romance de los buenos deseos, pienso que la nariz de Pinocho se va a quedar corta.

Hace tiempo que el trabajo ha dejado de humanizarse y la inseguridad del derecho campea a sus anchas. Ahí tienen el aumento del paro después de tantos años de crecimiento que no se han aprovechado, debido a la informalización de las actividades económicas, contrataciones piratas y reglamentaciones absurdas. Podremos tener las mejores universidades, pero todavía no preparan para la actividad laboral. Un gran número de personas poseen conocimientos que no emplean en su trabajo. Trabajan con la insatisfacción a cuestas. Estadísticas recientes nos dicen que la mayoría de los empleados acuden a los trabajos resignados y dispuestos a soportarlo todo.

Esta sociedad explota más que redime. Concepción Arenal, sentó unas bases que debieran conocer los apóstoles del diálogo social. He aquí su voz: “Proteger el trabajo es enjugar lágrimas, consolar dolores, arrancar víctimas al vicio, al crimen y a la muerte”. Por desgracia, son muchos los obreros a los que el trabajo no les endulza la vida, ni les aleja de males como el aburrimiento, el desenfreno y la miseria. A pesar de tantos voceros de dignidades, el trabajo continúa siendo, un poema triste, el pataleo del débil contra el fuerte que lo machaca con todos los parabienes insolidarios por montera.

Las inseguridades de una gran mayoría de los trabajadores contribuyen a que tengamos una atmósfera plagada de personas inmersas en la ansiedad y la ira. Urge construir sociedades más equitativas, que valoren el trabajo por lo que es, esto requiere también una asidua vigilancia y las convenientes medidas legislativas de obligado cumplimiento para acabar con fenómenos vergonzosos de fraudes laborales, sobre todo en perjuicio de los trabajadores inmigrados o marginales, que hoy por hoy, muy pocos logran alcanzar seguridad económica para sus familias y un trabajo decente. Sin duda, este clima de desigualdades e inestabilidades fomenta la intolerancia y el estrés, aspectos ambos que contribuyen a delirios y violencias sociales difíciles de contener.

En consecuencia, creo que se debieran avivar modelos que afiancen aquello de que el trabajo es para el hombre y no el hombre para el trabajo. También proporcionar a las familias españolas, endeudadas hasta los dientes, una seguridad económica básica, en lugar de recurrir a modelos selectivos condicionados por los logros económicos, donde la persona no cuenta nada. Ciertamente, gran cosa es el trabajo, pero sólo si nos promueve el bienestar personal y el gozo de sentirse realizado, puesto que el ser humano es lo más importante, todo debe subordinarse a doquier corazón, por muy ínfimo que sea en la escala profesional.

Víctor Corcoba Herrero

- Escritor -