ALGO MÁS QUE PALABRAS

EL PAPEL DE LAS CULTURAS EN LA ALIANZA

25-09-04

Víctor Corcoba HerreroConsidero vital abrirse a las culturas para que la paz nos encierre en el amor.  Todas ellas, en el fundamento y su razón de ser, nacen de afectos y donaciones, crecen con la ternura y se desarrollan en un mar de identidades. Cada ola necesita de otra para formar un océano de sosiego, porque la vida es un aliento compartido de almas. No hay otra forma de vivir en paz, que fusionando culturas y compartiendo cultivos. Cuando las personas se impersonalizan, pierden su singularidad, se vuelven menos auténticas y más falaces. Tampoco el corazón entiende de desigualdades, cada uno es como es, y así debe considerarse a la persona, con el respeto más absoluto a su dignidad. Algo innegociable.  El ser humano, por el hecho de ser, tiene una sabiduría abierta a los demás, y por el hecho de estar en la vida, debe ser considerado como tal. Ninguna cultura, por muy poderosa que sea, debe tener licencia de explotación y dominio sobre sus jardineros.

Por esa potestad de injustos aprovechamientos de unas culturas hacia otras, surgen los odios y las venganzas. Olvidamos que ninguna es Dios y que todas son de Dios, lo que  conlleva que nadie es más que nadie. En el momento que se acrecienta la desigualdad, el diálogo es un amor imposible y la paz un horizonte inalcanzable. Ninguno debe dominar y todos debemos dominarnos hacia el respeto a la diversidad. Frente a  la multitud de desajustes que vive hoy el mundo, más ciego en el cultivo del ojo por ojo que luminoso en el cultivo del amor de amar amor, se precisan sembradores que nos revaloricen como personas humanas y nos revitalicen como humanos corazones.  Unas veces a la ofensiva y otras a la defensiva, lo cierto es que un cuadro sombrío de intereses nos capitaliza el mal, devaluándonos el valor trascendental de la vida, cada día con menos garantías de que mientras viva tengo derecho a vivir. ¿No hay personas que crean en la paz, que nos recreen la vida, y que nos recríen en el amor bajo la crianza del perdón?

Pienso que las religiones, tan criticadas en los últimos tiempos y tan profundamente inmersas en la cultura de los pueblos, pueden hacer mucho bien, o mucho mal, a la sociedad del mundo globalizado. Todo depende de la consideración debida y pende de la autenticidad transmitida. Son algo más que asociaciones políticas o civiles, puesto que contribuyen a la cultura de nuestras sociedades desde tiempos inmemoriales y al debate de ideas. En cualquier caso, estimo que han de ser oídas siempre, por muy endiosados progresistas que nos sintamos. Todas se esfuerzan por responder de varias maneras a la inquietud del corazón humano, proponiendo caminos y moradas. Sesgar las raíces de la espiritualidad, provoca tensiones absurdas y revoca quietudes, fomenta cultos perecederos y fermenta egoísmos hacederos, hedonismo al cuerpo y destierro al espíritu. La vida, por consiguiente, no tiene sentido, ni valor alguno. El fruto de todo ello, es el de una nueva sociedad derrumbada, sostenida por el quita y pon, usar y tirar, sin un sostén de esperanza, donde más que servir se sirven de nosotros, sin cultura de pulso y pausa, ni acogida de latidos. Así el mundo, cada noche es más anochecer y cada día más atardecer en nubarrones indignos y vejatorios.

Para que las alianzas no se hagan en falso se precisa el consenso de las culturas lo antes posible. Más allá de las palabras, deben venir las acciones. La situación actual del planeta es tan preocupante como alarmista.  Falta amor verdadero y sobran negociantes de amor que comercian con personas como objeto de disfrute y moneda de cambio. Es la nueva esclavitud. Creo que debemos reafirmar en todos los foros de naciones al ser humano en sí mismo. Todos somos conocedores de que el racismo, la xenofobia, la discriminación y la intolerancia se hallan en la ignorancia, la ofuscación y el desprecio, manado de una educación incorrecta e inadecuada así como del uso distorsionado de los medios de comunicación.

Volviendo los ojos a nuestra casa, con el inicio del nuevo curso académico, hemos oído alabar las virtudes de la educación y de la universidad, en todos los discursos, y yo mismo pensaba que era un sueño o que estaba en otra galaxia. No hace tanto tiempo que estudiar era un lujo de unos privilegiados y volvemos a las andadas. Ahí están esos cursos formativos que cuestan un riñón, para acrecentar currículo y aprobar disciplinas necesarias.  También esas libertades de cátedra mal entendidas en ocasiones, puesto que no preparan para ganarse la vida dignamente y menos para la convivencia. En cada autonomía la educación camina según el político de turno. Esa es la realidad, una continua incertidumbre y preocupación. La necedad de mentes y la sandez de mentiras, conllevan unos planes de estudios que para nada humanizan esa nueva humanidad que se percibe. Lo de los medios de comunicación, sobre todo algunos televisivos, son de juzgado de guardia.

En suma, y como reflexión última, juzgo que para avanzar hacia la convivencia se precisan otras alturas de pensamiento, más libre y puro. Mal nos puede servir una educación, que ignora los valores de unidad de la familia humana, comulga con ruedas jerárquicas y prepotentes, parcela la dignidad según poderes, utiliza distintas varas de medir la justicia, enseña una cultura privada de lo trascendente, relativizadora e interesada y tan utilitarista como materialista. La cultura no admite rehuir las elecciones personales inspiradas en la libertad. Es también más eterna que provisional, más verdadera que de apariencia, más de confianza que de sospecha. Deduzco, pues, que las alianzas hay que mamarlas (y mimarlas) en la escuela, con una educación más educativa, que contribuya a la consolidación del ser humano, abierto a dimensiones ético religiosas, para que así pueda estimar las culturas y los valores espirituales de las diversas civilizaciones, que han de atenderse y entenderse.

Víctor Corcoba Herrero

- Escritor -