No sabemos ni decir no

Carlos Zugasti Enrique. 17-11-04

Hemos tenido oportunidad de hablar varias veces sobre el papanatismo, sobre la falta de criterios y sobre la apisonadora de los medios que, en lugar de contribuir a generar criterios libres, centran sus esfuerzos en la creación de iconos. Hemos hablado también de la cultura del comic como representación simple de esta sociedad cada día más empobrecida intelectualmente.

Hoy, todo occidente se rasga sus sensibles vestiduras ante el espanto de las imágenes de un soldado (americano, chicano, indio o de donde sea, eso es sólo una circunstancia irrelevante) que repasa el cuerpo de un herido desarmado con un barrido de su ametralladora.

Este soldado se convierte en el símbolo y en el chivo expiatorio de no se qué, las autoridades lo detienen y parece que se convierte en el culpable de la guerra.

¿Qué pretendíamos? Esto es una guerra y no una coreografía. Este soldado está tan embrutecido como cualquiera otro en el campo de batalla, está tan sobreexcitado por el miedo como cualquiera y está oculto bajo sus generales como cualquiera. Está metido en un horrible asunto donde cualquier cosa que se mueve puede ser un explosivo capaz de matarle, los que no tienen su uniforme han destrozado a su colega la noche anterior y su misión es salir de allí lo más indemne posible, evitando que quede en pié cualquiera de los malos capaz de volarle la cabeza al menor descuido.

El otro, el que ha sido asesinado, no se si es sólo una pobre víctima herida, si es un canalla o un asesino sanguinario, si estaba enloquecido por haber visto como volaban su casa con sus hijos dentro, haber visto como su país era invadido por extranjeros, o si sólo era un pobre hombre que estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado.

Hoy todos los medios venden ejemplares y aumentan audiencias porque han matado a un hombre: Están matando a miles de hombres, de niños, de mujeres y de ancianos desarmados, están arrasando una ciudad de más de 200.000 personas, están empezando una campaña militar con el bloqueo de los hospitales y están destruyendo una sociedad para vender luego su reconstrucción.

Pero nos quedamos en la anécdota, en la terrible anécdota de uno de los muertos solo porque ha salido en la tele y, ya se sabe, si sale en la tele es que está pasando. Si no vemos las tripas esparcidas por el suelo, si no palpamos el horror o si alguien no nos lo pone en la mesa a la hora de cenar, parece que vivimos en un limbo donde las cosas son inmaculadas. Incluso la guerra se entiende como una operación quirúrgica impecable y elegante, con caballeros que portan ideales y con estandartes cargados de razón.

Podemos opinar sobre la guerra en sus justificaciones o sus oportunidades, y mencionamos la terrible palabra como si fuera un término genérico que no significa nada hasta que nos salpica la sangre.

Podemos incluso tachar el sonido de palabras malsonantes mientras vemos como un ser humano mata a otro.

Es un espectáculo más.

Y nuestros criterios, nuestras escalas de valores han quedado supeditadas a conceptos de espectáculo: cuan brillante es esta guerra, cuan exitosa respecto a sus objetivos, cuan bonitos los uniformes. No nos amargue nadie la vida recordando que tras toda guerra hay horror, hay sufrimiento de inocentes, hay pérdidas irrecuperables y hay, sobre todo, una declaración del fracaso de la inteligencia.

Lo digo ya sin fuerzas y sin entusiasmo: Por favor, por piedad, no a la guerra, si es que alguien sabe lo que es eso.

A esta guerra, a todas las guerras, incluso a las que no salen en la tele