ALGO MÁS QUE PALABRAS

NO ME PUEDEN QUITAR EL PENSAMIENTO

06-12-04

Víctor Corcoba HerreroPintan bastos. Por todos los lados saltan chispas. El calentamiento se sirve en bandeja. Difícil lo tiene el aire para bajar los desaires y rebajar las desavenencias. La atmósfera recalentada no puede con los humos del hombre. Ahí está, la siembra de vídeos tormentosos, la faena de mafiosos plantando muertes en doquier esquina, los distintos y distantes gobiernos que nos desgobiernan con sus confrontaciones partidistas y particulares, la bajada de pantalones frente a los sembradores del terror y la delincuencia organizada,  los baños pornográficos de la red, la familia como jungla de intereses, los cerebros descerebrados... Resulta que en el mundo de la globalización, la amenaza contra uno es una amenaza contra todos; y, por ello, todos hemos de colaborar en que los ánimos se aplaquen.

Por desgracia, para la colectividad del mortal, se mortifica a raudales. Hoy cohabitan en el mundo fanáticos que no quieren razonar, necios que no saben recapacitar, esclavos que no se atreven a plantarles cara a los que piensan por ellos, cebos que nos engatusan el tiempo para la reflexión calmada, tan necesaria para desenredar los nudos anudados de vicios y bravuras. Para estos casos de abatido desconsuelo, Lope de Vega, tenía una vivificante gragea poética, que desearía –por motivos de ambiente inseguro- ponerla en mente en toda mente: “Pero con una cosa me contento: / que aunque pueden quitarme la esperanza/ no me pueden quitar el pensamiento”. Con el tiempo, también es más fácil envenenar el bosquejo de ideas y dejar de ser la persona que pudo haber sido y no fue. Estamos en una selva, tan panchos, sin pensar en sus efectos. Una legión de ocupaciones tampoco nos deja cavilar para tomar otros rumbos salvavidas.

El resultado actual es que una gran parte de la especie humana obra sin pensar, otra piensa sin obrar, sin mirarse así mismo para verse en los demás. Todo este clima de rupturas matrimoniales, familiares o sociales, se debe más que nada a un retraimiento, a un remar sin rumiar, a un modismo sin sentido en el sentido del vínculo afectuoso. Los afectos se rompen y el amor se troncha, porque no se es nada, el que a nada, ni a nadie ama. Por esa falta de oír con los ojos y de escuchar con el alma el liderazgo del amor, golpean con fuerza las guerras entre Estados, la violencia dentro del Estado, con inclusión de inciviles batallas, la pobreza, las enfermedades infecciosas, las degradaciones del medio ambiente, las armas nucleares, radiológicas, químicas y biológicas, el terrorismo y la delincuencia trasnacional organizada.

Nos queda el pensamiento humano, la inquietud de la razón, por hacer valer la gnosis natural, el conocimiento cabal, en este mundo de máquinas. Vargas Llosa declaró recientemente que el terrorismo internacional “ha encontrado los instrumentos para interferir en nuestras vidas políticas”. También en nuestras vidas diarias. Por cierto, cada día más inhumana que humana, quizás por esa ausencia de interrogarse cada cual, sobre el por qué de las cosas y su finalidad. Somos demasiado importantes, por el mismo hecho de ser, como para estar vendidos al capricho de alguien. Tal como esta el patio, asegurarse la vida es una responsabilidad compartida y debiera ser una habilidad pactada. Unir siempre de manera armónica las cuestiones de vida, con las del corazón y el pensamiento, creo que es una buena manera de hallarse todos con todos y en todos.

Esa alianza de culturas de la que tanto ahora se habla, no puede tratar al ser humano como algo que está ahí, sino como alguien que vive con su propio pensamiento e identidad, por muy ínfimo que sea. A veces da la sensación que vivimos en un mundo irracional y sin sentido. Hace falta un renovado consenso avalado por el entendimiento a lo diverso. Ahí está la cuestión. Lo de hacer unas naciones unidas más eficaces para los nuevos tiempos que se nos avecinan es tan urgente como necesario. Hemos perdido tantos valores en el tiempo, inherentes a la propia vida del nacido, que urge redescubrir esos horizontes humanos, donde se reconozca, respete y ampare la existencia de todo individuo, aunque piense diferente a nosotros.

Siempre será peligroso aquel que no tiene nada que perder, porque para él la vida es un juego de azar, le importa poco hacer camino y dejar que se camine.  La nueva moda de alistarse voluntariamente para cometer ataques suicidas, es un fiel reflejo de lo que representa vivir para algunas personas. Por eso, es tan vital, que los estados existan para el beneficio del mundo, y el mundo para beneficio de sus ciudadanos, y los ciudadanos para que la vida sea una esperanza permanente.  La vida es demasiado corta para que la tornemos un campo de batalla, en vez de un campo de conquista reconquistada en el amor. Y es que el amor no ve con la vista, sino con el alma. Un corazón es lo que le hace falta a la tierra para que vuelva a latir la poesía del viento en la faz del hombre.

Víctor Corcoba Herrero

- Escritor -