A VECES NOS DAMOS CUENTA

Carlos Zugasti Enrique. 17-12-04

Hay un ambiente de conmoción en la sociedad por el alegato de la Asociación de Víctimas del 11-M. Es una especie de campana que, como siempre, se siente porque la expresan los políticos y porque la difunden o sesgan los medios.

No quiero entrar aquí en la carga emotiva y dramática del discurso de Pilar Manjón, que la tiene, ni tampoco en los contenidos de un planteamiento lleno de conceptos muy claramente entendible “incluso por todos”.

De lo que sí quiero llamar la atención, y sólo porque está en la línea de docenas de reflexiones que hemos hecho antes, es por qué esta vez parece que un mensaje claro ha llegado a ser oído por sus destinatarios. Ciertamente no es porque lo que dice sea sorprendente o revelador, ni siquiera porque el drama humano nos esté abriendo los sentidos.

A estas alturas, estamos acostumbrados a escuchar a intelectuales presentando sus ideas y haciendo sus propuestas sin que pestañee la sociedad. Estamos habituados a ver tragedias, abusos, genocidios y violaciones a la vida de una dimensión mucho más tremenda, si es que el  drama pudiera medirse.

¿Qué es entonces lo que tiene de novedad este discurso? En mi opinión, dos cosas claves:

- Cuando ha presentado el dolor, lo ha hecho empleando nombres personales, no ha hablado de colectivos.

- Cuando ha subido a la tribuna de comparecientes, lo ha hecho sin ninguna bandera de grupo al que pertenece, lo ha hecho como una ciudadana casi a título personal

Tema a reflexionar:

- Si hubiera sido una representante de los hutus o los kurdos, nos hubiera parecido un problema menos asumible, no hubiéramos visto su mirada de pavor aún contemplando su muerte en directo.

- Si hubiera sido una representante de un partido político, automáticamente sería “de los otros” para todos los demás, y sus palabras no hubieran superado el filtro de la desconfianza, aún antes de salir de su boca.

Ha hecho su discurso y ha conseguido que los políticos pidan expresamente disculpas, que los medios reflexionen sobre su vergüenza, que el gobierno tome decisiones inmediatas, y todo eso está muy bien.

No puedo tener la más mínima desconfianza sobre la sinceridad de sus palabras, ni la más mínima restricción mental sobre la validez de todas estas reacciones. No puedo, ni quiero, sentir ninguna lejanía a lo que representa esta señora y todo lo que hay detrás de ella. No puedo ser ajeno al ruido generado como si afectara a otros, cuando yo soy un miembro de esta sociedad.

Soy consciente de que, por primera vez que yo recuerde, se ha escuchado a un ciudadano, y sus palabras han sido tan limpias que han puesto en marcha cosas, aunque sea sólo por unos días. Lo que me da pena de toda esta historia es la simpleza de limitar las reacciones a lo que se ha escuchado, y no aprovechar esta oportunidad para ir más allá, y aprender que una sola persona ha podido dar un empujón mucho más trascendente al parlamento que centenares de padres de la patria a lo largo de muchas legislaturas. Me da pena perder la oportunidad de que cale en la sociedad el valor de las opiniones y el trabajo colectivo de personas honestas, y la necesidad de regenerar por esta vía un mal de fondo mucho más profundo, como es la no representatividad de los  partidos políticos, el alejamiento de la ciudadanía de la cosa pública y los tremendos poderes fácticos ejercidos por los medios.

Todos nosotros, colectivamente y en nuestra cotidianeidad, nos hemos hecho tan autistas sociales que necesitamos de un atentado para ir a donar sangre, un Prestige para ceder nuestro fin de semana limpiando una playa, o un discurso así para ver despreciable la actuación de los  partidos.

Sería una lástima que no prendiera la mecha en muchos otros individuos, colectivos y asociaciones para que, al toque de esta trompeta, sentaran delante a los encargados de gestionar la administración local, las leyes, la economía, la salud, la educación, el medio ambiente, y tantos frentes abiertos con desesperanza y les dijeran: “Vale, este es el problema que tenemos ¿lo ves claro? Porque si ni siquiera ves el problema es imposible que estés orientado. Pues vamos a arreglarlo y voy a trabajar contigo, porque sólo yo puedo decirte dónde te estás equivocando representándome. No tengo ni idea de cual es la buena solución pero, al menos, puedo decirte cuáles son las malas, cosa que tú no sabes”.

El cambio cualitativo es tan radical, tan esperanzadora la mejora y tan trascendente el resultado que me quedo como un bobo preguntándome: ¿Por qué no lo hacemos?

Pilar ¿cómo lo has hecho?

Por favor, no me digas que sólo es posible cuando matan a nuestros hijos de un modo más expreso del que ya están empleando