POR UN MUNDO LAICO

17-01-05

José Javier Matamala GarcíaEl denominado Plan Ibarretxe –demasiado personalismo para la supuesta opción de un pueblo, al menos, en su denominación- ha desatado un sin fin de reacciones y declaraciones, mayoritariamente contrariadas y airadas por parte de casi todo el elenco parlamentario y político, pero también en el entorno que la sustenta: la polis… la ciudadanía. Ésta ha derramado literalmente ríos de tinta en los medios de comunicación convencionales y en los cibernéticos, que día a día parecen consolidarse como aquellos donde la independencia y la libertad de expresión poseen un mayor grado de garantía, al no depender de poderes fácticos, económicos y/o políticos.  

Estas palabras no pretenden adentrarse en dicho Plan, ni mucho menos cuestionar su legitimidad o ilegitimidad dentro del marco jurídico vigente –en cualquier caso inaceptable cuando ETA,  amenaza con seguir matando y ha sido su brazo político el que ha hecho posible su aprobación en el Parlamento Vasco… (menos pistolas y más participación política… matar es fácil… convencer un arte…)-  sino analizar las respuestas populares que la simple propuesta del mismo ha provocado en parte de la sociedad española, probablemente tan desconocedora de sus argumentos, como del referéndum al que se nos invita a participar sobre la Constitución Europea. Leía, con cierta estupefacción, como “Los del Río” –“Macarena…”- aparecían en un titular donde se afirmaba: “Si no nos hemos leído la Constitución Europea, ¿por qué vamos a estar contra ella?”…

Desde el punto de vista sociológico, llama más la atención la participación ciudadana que la de los gobiernos legalmente constituidos dentro del Estado español, porque de la primera nace la legitimidad de la segunda en Democracia -en mayúsculas- que tanto nos ha costado conseguir, mantener y custodiar. Desde la antigua Grecia, hasta la actualidad, existen miles de ejemplos de cómo las sociedades se han adaptado, o no, a modelos sociopolíticos determinados. La historia es un libro abierto para aquellos que quieran leerlo, no una síntesis de crasos errores donde parecería que algunos pretenden que volvamos a caer una y otra vez. En cualquier caso creo que la gran mayoría de la población considera que la Democracia, sin ser la Panacea de lo Pluscuamperfecto, es el más ecuánime de nuestros sistemas representativos. A lo que me permito añadir que es un Ente dinámico y en continua actualización que socialmente se cuestiona en ocasiones, no contra él, sino para su intrínseca sinergia con el pueblo, su evolución y adaptación a las demandas del mismo.  

Durante estas semanas hemos tenido la oportunidad de leer una pléyade de opiniones y editoriales tan imprudentemente temerarias, como para comparar la actual situación política, social, cultural y económica de la España de 2005, con la de 1936. Si lo que se pretende es confundir “la velocidad con el tocino”, alarmar a un pueblo diáfano que tan sólo anhela la paz, el trabajo y la libertad, algunos despechados deben estar frotándose las manos. Evidentemente tales talentos “intelectuales” obvian el hecho de que España, como Estado, es uno de los países más ricos del mundo, cuyo crecimiento no tiene parangón dentro de la propia Unión Europea y donde la Democracia es un bien consolidado por y para todos y todas los ciudadanos de este conjunto de Autonomías, Naciones o como cada cual prefiera denominarlo.

Algunos y algunas han intentado aprovechar un momento de crisis gubernamental para apostar por las dos “españas de pandereta” que, en su tiempo, definió magistralmente Antonio Machado en uno de sus poemas. Después de décadas he vuelto a leer, entre otras muchas barbaridades las palabras, “rojo” y “masón”, como si se pretendiera resucitar el “Contubernio Judeo-Masónico” que hundió al Estado español durante cuarenta años de fascismo, en el más profundo de sus ostracismos y en uno de sus periodos más penosos de la historia. En “magistral columna” llegué a leer que “comunistas, rojos y masones, como la Generación del 27, han tomado el mando de España”.

Estos y otros muchos ejemplos tan desarraigados y atemporales de la sociedad actual, ponen de manifiesto la existencia de una ultraderecha latente y refugiada en supuestos partidos de la “Democracia Cristiana”, de muchos amigos y amigas del “Nacional Catolicismo” que, bajo ningún concepto, están dispuestos a evolucionar como lo hace la sociedad y la propia Democracia y prefieren la “resurrección” de arquetipos fascistas.

En esta etapa de la historia de la humanidad, estamos acostumbrados a convivir con el fundamentalismo islámico, contra el suicida que “se gana el Cielo” a través de su propia inmolación, matando a otros seres humanos. Somos conscientes del daño que produce el “imperio de lo divino”, en culturas cuya principal causa de ostracismo sociopolítico y cultural se halla, precisamente, en el dominio de la Religión sobre el Estado. Sin embargo, no todos perciben el mismo tono en las palabras del actual presidente de los EEUU, que paradigmáticamente es casi “Emperador Divino”, apoyado por radicales religiosos y siempre con la palabra de Dios en la boca… recuerden aquel primer título de la injustificada asolación de Irak: “Justicia Divina”… el propio Jesús dijo: “Al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios”.

Los que proclaman la religión por bandera y en su nombre declaran guerras, desde la antigüedad hasta la actualidad, nunca han conocido lo que es la moral y la ética. Estos son los verdaderos principios que hay que impartir en las escuelas. No conozco a ningún estudiante de secundaria en España-… sin mencionar a nuestros universitarios/as- que se sepa la Declaración Universal de los Derechos Humanos , los deberes y obligaciones que nos obligan a unos con otros.

Si pretendemos avanzar en la idea de Aldea Global, no en la de Globalización neoliberal y de ruptura entre Norte y Sur, ente riqueza y pobreza, considero que el primer paso es el de establecer un amplio marco laico, donde cada uno sea el que determine la educación religiosa o no de sus hijos, con todas las oportunidades y, evidentemente, con todos los respetos. Pero, en cualquier caso, donde los valores éticos y morales sean conocidos por todos y todas, y su trasgresión constituya el auténtico pecado capital contra sus congéneres. Donde se aprenda a valorar desde pequeños principios como la amistad, la igualdad, la solidaridad, la lucha contra la violencia de género, la conservación y protección del medio ambiente y la paz. Si dedicáramos todos nuestros esfuerzos a formar generaciones menos dogmáticas y más participativas en estos y otros temas quizá otro gallo nos cantaría. 

La ética y la moral no son patrimonio de ninguna de las múltiples religiones que se extienden en el mundo; en cualquier caso patrimonio de la humanidad tras miles de años de evolución.

En cualquier caso, esperemos que no decaiga el espíritu del Barón de Cubertain

José Javier Matamala García

Editor del Portal Ambiental Almediam: http://almeriware.net/almediam/

Declaración Universal de los Derechos Humanos

Artículo 19

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