ALGO MÁS QUE PALABRAS
EL SANO DEPORTE DE LA
PALABRA
11-04-05
Poner
en juego la inspiración literaria, aparte de ennoblecer el alma y de
entretener el cuerpo, ayuda a descubrir el mundo de las ideas. Estamos
sumidos en una cultura de imágenes, en su mayoría relacionadas con el
consumo, pero todavía las personas cuando están solas utilizan los
labios del alma para dialogar con el silencio y, cuando están
acompañadas, se sirven de vocablos para entenderse. El deporte de la
palabra es una bella manera de descubrir un cielo puro, creciente de
rosas blancas que florecen con el despertar del alba, y de poder
refugiarse en los párpados del viento bajo las alas del amor como
abecedario. Huir de tantas sombras y reencontrarse en la senda del
deseo, ante una mirada celeste, reanima a cualquiera. En el fondo somos
más corazón que cuerpo.
Esto de tomar el deporte de la palabra por
bandera requiere cierta humanidad para no tener aversión a semejantes.
¡Qué difícil es ser humano y humanizarse! Será complicado lo de ser
sociable en este universo de lenguas y lenguajes, que considerar al ser
humano una mezcla de contradicciones, de fuerzas y debilidades, es como
definirlo. Pongamos por caso, el problema de la violencia, cuestión que
no depende tanto de gobiernos como de acciones conjuntas, de diálogos
compartidos, de la deportividad que se tome y del carisma que se
impregne. No hay personas nulas, hay personas anuladas por poderes que
no respetan otras voces. El efecto, más pronto que tarde, se convierte
en un volcán de guerras. Por ello, pienso y reafirmo la necesidad de
hacer valer más la dicción para comprenderse y consensuar posturas que
nos encaminen a un campo florido de manos blancas y pañuelos de palomas
transparentes.
La enseñanza
de la historia, locución del tiempo para la vida, es un deporte que nos
alista para la convivencia. Conocer la historia ha de servirnos más que
para formarnos en un espíritu nacional, en una conciencia crítica que
nos haga recapacitar como ciudadanos pensantes. La palabra justa es el
rey de los deportes. O lo que es lo mismo, será un buen deportista,
mantenedor de la palabra, aquel que practica la coherencia entre lo que
le dicta el corazón y la palabra dicha. De un tiempo a esta parte, la
manipulación de conceptos está a la orden del día. Cuestión que nos
desordena modos y maneras de sentir. Me preocupa, por citar algún
ejemplo, el que se manipule continuamente algo tan propio de la persona,
como lo religioso para fines comerciales, ficciones absurdas, literatura
de oportunismo, negocio esotérico y demás juegos irrespetuosos sobre
signos o insignias sagradas. Esto no es de recibo y menos de sentido
común.
Entrenarse y
activar el deporte de una nueva modernidad que acalle bombas y portazos
en las narices, es un proceso de gimnasia en los lenguajes, de búsqueda
y equilibrio entre tendencias opuestas que han de conciliarse a la vida,
reconciliándose con la existencia. Existir o no existir, esa es la
cuestión a resolver. Al ser humano no le mueve tanto su propia
experiencia vital como la fuerza de experiencias ajenas reactualizadas
para poner en práctica como espectador comprometido. Necesitamos
referentes en los que apoyarnos, pues lo mismo que un mar, somos olas
que cambian y aguas que permanecen. Por desgracia, los polideportivos de
la intelectualidad humana están vacíos, sin espíritu de juego limpio,
con fueras de juego por parte de todas las bandas y bandos, algo propio
de un campo que ya no es de la poesía, ni de los poetas, más bien de los
especuladores de divertimentos, tan simplistas como devastadores. Se ha
perdido toda moral en el ejercicio, en la práctica, en el
adiestramiento; y también, toda estética en la forma de jugar, de crear
y de recrearse. Lo mezquino ha ganado la batalla.
Hay que volver
al deporte de la palabra y abrirse a todos los horizontes. Que nadie
quede fuera de juego. La vida es vida para todos. Desde los embriones
(todos los fuimos) a los ancianos (llegaremos a serlo) que se encuentran
en el ocaso. Necesitamos sentirnos acompañados (sin tanta ruptura entre
generaciones) y hallar modelos de esperanza que nos quiten el hambre de
luz y la tristeza de sombras. Por muy bien que nos sienten a los pies,
la moral no la suben unos zapatos terapéuticos como he oído decir a una
firma comercial, sino más bien el arte de saber vivir y ser dichoso. En
todo caso, la palabra salida de adentro es la mejor moral que poseemos.
Es el libro de los libros, al que don Quijote siempre acudía para
elevarse y avivarse, sobre todo cuando se sentía huérfano y a la deriva.
Ahondando en esa misma línea de hacer valer los abecedarios íntimos,
José Ramón Encinar, flamante académico de la
Real Academia de Bellas
Artes de San Fernando, ha confesado en su reciente discurso de ingreso,
creer en “un arte cuya complejidad surja de la mente de un creador
atento a su propia voz interior, sin que su tarea tenga que ser filtrada
a través de gustos mayoritarios, pero también con el convencimiento de
que la modernidad debe ser algo implícito, un supuesto mínimo pero no un
valor absoluto”. Las habitaciones interiores, para dolor propio, las
solemos tener bastante abandonadas a los regodeos de una moda
interesada, aunque la conciencia nos dicte otra cosa.
Un hecho nos
puede servir de reflexión última. Recuerdo una obra escultórica de Elena
Blasco expuesta en Arco 89, consistente en un gran tiesto con una planta
y dos varillas de futbolín, con sus respectivos futbolistas clavados en
la tierra. Pienso que la artista del balón nos ha querido transmitir el
sentir de la práctica correcta del deporte que debe acompañare por un
temple natural en cuanto al estilo, por actitudes de respeto para que la
maceta no se tronche, apreciando las cualidades del contrincante, con la
honestidad de una atmósfera limpia. El deporte, cuando se toma con
deportividad, invita a una celebración festiva y a la convivencia
amistosa. Todo parece florecer en un universo de concordia. De igual
manera, hay que tomar con nobleza la palabra, celebrarla en libertad,
beberla a tragos y vivirla a sorbos. Se degusta mejor y con más ganas.
La literatura está llena de voces que nos motivan, de verdades que nos
hablan y de antorchas que nos alumbran. En cualquier caso, hacer deporte
con la palabra es un sano recreo que rehabilita, fomenta los buenos
hábitos del diálogo y fermenta la personalidad humana. Lo recomiendo.
Víctor Corcoba Herrero
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Escritor -