ALGO MÁS QUE PALABRAS
ABUSO DE CONCEPTOS
09-05-05
Cuando
el uso y abuso de conceptos se saca de tiesto,
resulta difícil que florezca conocimiento sano o genialidad que de
esqueje para el tiempo. En la actualidad, soportamos una mezcla de
semánticas que todo lo confunden, lo cual pone de manifiesto que todo
vale y que las palabras cuestan bien poco decirlas. Al final, tenemos
una borrachera de notoriedades de difícil crédito y la continua sospecha
de que nos están tomando el pelo. Quedarse en las buenas intenciones tan
solo, o en el lenguaje de los signos lingüísticos, sin implicarse, ni
aplicarse en lo dicho, acarrea decepciones alarmantes, por lo que
conlleva de burla o de chasco en la confianza depositada. De pronto,
pasamos del blanco al negro, obviando que hay muchas variedades
grisáceas que se nos escapan de las manos. Podemos perder todos los
sentidos, a poco que nos dejemos llevar por el pregonero de turno,
dispuesto a volvernos un veleta, arrancarnos el corazón, las raíces, el
sentido de Estado y hasta la unidad en la familia. Un juego peligroso
que acrecienta los muros de la hostilidad.
Mantener el valor de los principios
morales contra la tendencia moderna a un vocabulario sin sentido, que no
pasa por el corazón, debiera ser una de las prioridades de todo servidor
que se precie de demócrata. Las ideas, como la paz y la justicia, las
libertades y la dignidad humana, suelen ser comunes en todos los
discursos públicos. Sin embargo, una cosa es predicar y otra muy
distinta dar trigo. Con demasiada frecuencia, estos vocablos de vida, a
más de uno han dejado de emocionarnos al ver que sólo se quedan en
alocuciones para quedar bien. La palabra ha dejado de trasladarse a un
compromiso personal serio y verdadero, en favor de la colectividad. Puro
teatro que se dice, con permiso de los actores, porque estos charlatanes
de poca monta no suelen pasar de titiriteros. En cualquier caso, el
hecho real es que estamos empapados de lemas y eslóganes que son pura
mentira y, además, hacen daño a los labios del alma. Por citar un
ejemplo que salta a la vista, por repetitivo y fuera de lugar, el
destierro de Dios creador de la vida diaria de la persona, mostrándolo
como un residuo cultural del pasado, es una muestra de atropello a la
ley de leyes, que no es otra que la fuente del orden moral. El poder es
el dios que ahora manda e impera en esta pasajera vida donde el abuso
campea a sus anchas de manera explotadora y explosiva en usura.
A mi juicio, los tiempos actuales
son rompedores, aduladores y adúlteros. Menguados de respeto. Embutidos
en la falsedad, bajo lenguajes conducentes al engaño. El tufillo de
fraude y timos es un sobre/peso que nos sobre/pasa. Habría que llamar a
las atmósferas por su nombre y tener la virtud democrática de actuar
desde la transparencia. Falta claridad tanto en el hablar, como en el
decir y actuar. Sería un buen uso del talante, actuar con coherencia
entre lo que se dice y lo que se hace, para así avanzar y no retroceder
en cuestiones de vida civilizada. El efecto de la hipocresía no se hace
esperar. Lo incivil nos sorprende en cualquier esquina. A sangre fría.
Lo último es salir de cacería humana, para liarse a tortas con el
primero que te encuentres y no te caiga bien. Esto es de locos. Ya me
dirán qué horizonte esperanzador podemos divisar. Para colmo de males,
hace tiempo que nuestras universidades, en contra de lo que se vocifera,
han dejado la inserción laboral y social, tan necesaria para convivir,
fuera de sus abultados planes académicos. La consecuencia de todo ello,
es que los titulados universitarios, aparte de ser el colectivo más
creciente de parados, también lo es en el consumo de alcohol y drogas.
La marginalidad, como el vicio de la ociosidad, conlleva estos baños de
falsas felicidades.
Hay percepciones que debieran
preocuparnos. Sobre todo, la caída y recaída de jóvenes en depresión,
sin ganas de luchar, a la deriva, ausentes de figuras paternas y
maternas, en total desamparo, sin vida interior, atrapados por un
desierto de absurdos. Esto es lo inquietante, esa juventud que vive con
el alma en un hilo, al filo del filo del borde, vendida a sensaciones
que crean dependencia, sobre ascuas que queman. Las chispas saltan por
doquier lugar, fruto de tantas arbitrariedades conceptuales como de
rúbricas impertinentes. Ahora está de moda predicar la tolerancia, pues
todos a soportarla por decreto, en vez de avivar el aprecio hacia los
demás desde el ejemplo. Ven la diferencia de decir amén. Se puede
transigir, pero más hondo es digerir, porque uno desea ese alimento.
Aunque exista la cirugía estética, aquellos labios resecos de amor no
besan igual que los que aman a corazón abierto.
Dado el diluvio de confusiones y
conjeturas de pensamientos, aluvión de dimes y diretes, estimo
conveniente evocar lo que Zapatero dijo en el Salón de Plenos de la Real
Academia Española, reavivando y actualizando lo que todos aprendimos un
día lejano, cuando la noción de la nación todavía nadie ponía en
entredicho: “que la Academia “limpia”, esto es, despoja a las palabras
de cualquier manipulación y esclavitud; que la Academia “fija” al
designar la esencia que todos los seres humanos que piensen en español,
tienen el derecho solidario de compartir; que, en fin, la Academia da
“esplendor”, al abrir paso con espíritu democrático al talento y a la
equidad, combatiendo la desigualdad más irritante y perturbadora que
existe: la desigualdad ante la cultura”. Pues eso, si en verdad estos
conceptos se practicasen, quizás se iluminarían otras opciones de
libertad muy opuestas a las contaminadas que recibimos, y otra ley más
de todos, paralela al esplendor de la razón y perpendicular a la luz,
para ver mejor a los que baldean la vida desde su pedestal de poder.
Veríamos si lo hacen por amor a la verdad y al bien de cada persona, o
si lo hacen por mero interés particular.
En consecuencia, pienso, que faltan
constructores e instructores de lenguajes que nos aporten y reporten una
visión amplia y de equilibrio. Los modelos que a veces se nos muestran
habría que desmontarlos por su poca altura de miras. Las gentes de
pensamiento debieran salir al ruedo a mostrar la importancia del ser
humano como tal. En un mundo como el presente, en el cual los figurines
mediáticos tienen tanta fuerza y tantos seguidores, urge mostrar los
múltiples caminos que tiene la existencia para que cada cual pueda tomar
la senda que considere. Si para liberarse hay que ser libre, también
para entregarse hay que ser uno mismo, pertenecerse para poder donarse.
Perfeccionar esa virtud es la mejor antítesis a tanto abuso de
palabrería barata.
Víctor Corcoba Herrero
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Escritor -