ALGO MÁS QUE PALABRAS
PARÁSITOS DE SALÓN
12-06-05
El
pueblo no quiere que le desmiembren su historia y alza su voz
manifestada democráticamente. Las víctimas de la barbarie tampoco
quieren diálogos con asesinos y alzan su voz manifestada
democráticamente. La sociedad, a través de diversas instancias, ha
manifestado igualmente su rechazo a legislaciones injustas, contrarias a
la ley natural y al sentido común, y alza su voz manifestada
democráticamente. Miles de personas participan en marchas solidarias
contra el hambre, para recordar que todavía hay personas que se mueren
de hambre, y alzan su voz manifestada democráticamente. Bajo este
alzamiento de voces democráticas, los gobiernos (democráticos) debieran
tener también otros modos (más humanitarios en talante) y otras modas
políticas que fructifiquen en el respeto más absoluto a los valores
humanos (mayor entrega en los talentos de la consecución del bien
común), en el uso justo y honesto del dinero público, en el rechazo más
enérgico de medios equívocos o ilícitos para conquistar, mantener o
aumentar a cualquier precio el poder. Ante el diluvio de parásitos de
salón, yo también quiero alzar mi voz democráticamente, hasta quedarme
seco de sílabas, en nombre de aquellos que no tienen voz; porque hasta
su voz, se la han robado para hacer negocio con ella.
Hemos perdido tantos sentimientos en el camino que se acrecientan los
moribundos de pena, los que se mueren de miedo entre las sábanas de la
soledad, ante la legión de parásitos abusadores que nos ahogan y acosan.
Eso de que a uno le zarandeen como un figurín, me enciende la chispa del
verso y a punta de poema rajo corazones que no sienten, ni padecen. Esta
atmósfera de contradicciones, que actualmente soportamos, oscurece
nuestras vidas y ensancha violencias. La intranquilidad que vivimos es
manifiesta. Todo está como muy en tensión o muy tensado por
explotadores, sin generosidad alguna. Por si fuera poco, sino quieres
una taza, toma dos. Un estudio realizado por la Universidad de Birmingham encontró que tanto la “visión pasiva” de la
televisión y las películas, como la “visión interactiva” de los
videojuegos, tienen efectos sustanciales a corto plazo en las emociones
de los niños. Somos verdaderos sembradores de absurdos. Ahí está, la
inercia de esparcir imágenes cuyo comportamiento conlleva asesinatos,
homicidios, guerras, violaciones, esclavitud, tortura, exterminio de
humanos inservibles y tantas otras bestialidades. Estampas que dejan,
tras de sí, un sustrato de vacío y ansiedad, de falta de sensibilidad, y
un aumento de pulgas agresivas que nos aplastan los sentimientos más
humanos.
Considero que, la defensa de la diversidad cultural, puede ser una buena
manera de unirnos más en autenticidad, mediante los lazos inmensos del
sentimiento. Para ello, es necesario hacer un cambio de mentalidad, una
revisión del entendimiento humano, que también pasa por un cambio en el
laberinto de los fríos sistemas educativos. Si queremos que el respeto
a los derechos humanos salga del papel a los hechos, deberíamos empezar
por no truncar los pétalos de los afectos. En el corazón de nuestra
forma de ser, en el alma de las almas, habita una riada de poéticas
emociones en la que no cabe la insensibilidad. Todo nos importa y nos
reporta una sensación. Por eso, es tan vital la nitidez en la
transmisión de los mensajes. Al final, la acogida o el rechazo, surgen
de manera espontánea. Sin sentimientos; la insensatez toma cuerpo, y los
disparates, incoherencias. Precisamente, unas declaraciones recientes de
Ignacio Calderón (director de la Fundación de Ayuda contra
la Drogadicción), que
considera que la sociedad ha pasado de enfrentarse toda unida y con
todas sus fuerzas al fenómeno de la drogadicción, en décadas pasadas, a
una situación en la que no es capaz de adoptar una posición clara, nos
reafirma la pasividad del sentimiento y la hipocresía de una sociedad
que vive más en el resentimiento que en el sentimiento comprensivo.
Si el lenguaje del corazón suscita sentimientos discordantes, la ciencia
produce dudas y lo trascendente ha dejado de tener valor alguno, el
clima no puede ser más propicio para los parásitos de salón. La raza de
vividores y oportunistas es todo un peligro.
El ser humano,
por tanto, vive cada vez más en la desconfianza. Habría que recuperar
las dimensiones de auténtica sabiduría y de verdad que conviven con el
tiempo y dejarse interpelar por la vida vivida. A la gente le gusta
sentir, sea lo que sea, pero solamente bajo un horizonte de autenticidad
se puede percibir el estremecimiento de algo pleno, como es la libertad
y el amor. El que dos de cada cien españoles pertenezcan a alguna de las
más de trescientas sectas que operan en nuestro país, es un evidente
modelo de un sentimiento fingido, de una falta de vibración interior. El
galopante afán productivo de la vida actual, la ausencia de afectos, la
incomprensión y el desarraigo, el naufragio de las personas donde nadie
conoce a nadie, origina el deseo de buscar alguien que le acepte por sí
mismo. Es cuando las sectas, que suelen estar en el momento oportuno y
en el sitio adecuado, captan a la presa. Necesitamos sentirnos queridos
y acogidos. Es ley de vida. Ellos lo saben bien. Y lo explotan mejor.
Algunas son más inocuas, pero otras someten al adepto a verdaderos
“lavados de cerebro” de los que es difícil salir.
Eugenio d'Ors definía al ser humano como “animal hablador”. No le
faltaba razón, puesto que en esa comunicación parlante, las ideas van
unidas a los temples. Separar los sentimientos confusos de los
comprensiblemente claros, exige dar en la diana del significante con el
significado. Pongamos un ejemplo, para discernir. Una de las voces que
más sentimientos engloban es la palabra “amor”. Un uso
fraudulento de ella, genera todo lo contrario a su razón de vida:
pesadumbres, congojas, amarguras, sinsabores… Cuando los criterios de
verdad son pura mentira, las sectas se convierten en verdaderas
religiones. De igual modo, el amor cultivado en la superficialidad, deja
de ser lo que es, y se torna posesivo, poseedor hasta el extremo de
llegar a la violencia; una posesión más como si fuera puro fetichismo.
Los sentimientos sin humanidad, apuñalan a traición. Nada les importa.
Lo saben los parásitos de salón, que continúan en sus trece de
embrollarlo todo, por si acaso nos pueden colar el engaño de libertades
y un bienestar falso preso de hipotecas. Son tan arrogantes, que
pretenden con la ignorancia de la verdad, hacernos más felices.
Víctor Corcoba Herrero
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Escritor -