ALGO MÁS QUE PALABRAS
ALGO
QUE ACARICIA Y ALGO QUE DESGARRA
27-06-05
Está
visto que la aparente riqueza material no hace más feliz a las personas.
El abusivo afán por hacer fortuna puede llevarnos a una esclavitud
desgarradora. Hay caricias que matan y penas que ni cantándolas se
olvidan. La felicidad la dan otro tipo de cantares, aquellos que nacen
de la torre del alma, con la idea de que el bien común reine y gobierne
en todas las familias. Desde luego, la vida es una orquesta que no
admite solistas, ni comportamientos egoístas. Necesitamos otros latidos,
otras seguridades, como es la de poder confiar en las cuerdas del
corazón humano. Si perdemos la familiaridad de ayudarnos a convivir,
tomará partido la insatisfacción en nosotros. Seremos como un amante sin
amores, a la búsqueda de placeres viciados, al igual que un violín
estrangulado al que no se le ha dejado expresar sus sentimientos.
Las noticias manchan el cielo con sobredosis de salvajadas. Muchos son
los que pierden a diario el sano juicio de discernir. Ahí está, como
botón de muestra, el fuerte incremento de adicciones a todo tipo de
sustancias y bebidas, verdaderamente alarmante. Somos una sociedad
viciada y enviciada hasta el punto de perder todos los papeles. También
el del sentido común. Por tanto es un problema social que debemos
reconsiderar. Pienso que hemos dañado los buenos modales y todos los
estilos, también el de una vida más saludable que tenga un efecto
positivo, tanto para la mente como para el cuerpo. Una sociedad sin
drogas dicen que es posible, convendría que lo fuese. Tendríamos que
cambiar hábitos y valores, dejar de bailar con la muerte, plantarse y
plantar voz a los farsantes que nos quieren implantar escombros en el
alma. Ya está bien de que nos canjeen como un muñeco de feria, por un
puñado de pasta, como si uno fuera un ganso en venta. Tras ilusorias
caricias, se esconden nombres que confunden y ciegan descaradamente,
como la píldora del amor, que para nada hace honor a su nombre.
Desde hace un tiempo a esta parte, hay mucho que desgarra y poco que nos
enternece. Al igual que dijo el poeta: Yo también invoco la paciencia
divina y la pongo por madrina en este loco diario de muerte que
soportamos. El bautizo de la ecuanimidad es tan necesario como urgente,
precisamos de otros vientos más humanos. Andamos sedientos de verdad; y,
la verdad, nos la oculta el poder corrupto. Pero la gente busca, quiere
encontrar otro clima más llevadero y convierte, a pesar de las muchas
fuerzas contrarias, el “Pequeño Catecismo Eucarístico: Tesoro
escondido”, en best seller mundial. El rostro de don dinero es una
caricia poco saciable y nada socializable. Ya que los españoles tenemos
fama de buenos emprendedores, podríamos emprender una nueva mística,
para que se nos ablandara el corazón, porque sólo así se pueden fomentar
los espacios de encuentro, mediante un afectivo diálogo interreligioso y
efectivo culto a la cultura de la autenticidad. La actual cultura es la
ironía de un pensamiento mediocre subido a las alturas ideológicas.
Basura interesada, contante y sonante.
Si en verdad se diesen otras atmósferas de
aire limpio, la mugre
no saldría tan a flote. Estos cariños de quita y pon, de usar y tirar,
son el reflejo de una sociedad enfermiza. Trastorno que está siendo
aprovechado por algunas agencias de viajes, mediante un reclamo
vacacional excitante e incitante, bajo la guinda apetitosa de probar
nuevas sensaciones. Casi siempre es lo mismo, sexo puro y duro. Ahí
están sus efectos, este deseo desenfrenado ha llegado a las aberraciones
más humillantes, a la explotación de mujeres y niños en un comercio
sexual sin precedentes, algo que constituye un escándalo mundial al que
hay que ponerle freno antes que la bestialidad nos amortaje la vida. Es
preciso hacer todo lo posible para que el veraneo no llegue a ser, en
ningún caso, un mercado de carne humana, una forma cruel de acrecentar
la legión de explotados y explotadores, sino que sea la ocasión de un
útil intercambio de experiencias y de un conversar fructífero entre
distintas razas y ritmos. Creo que es el momento de un mayor control de
personas, sobre todo de esos caraduras vestidos de honestos turistas
que, con un puñado de euros, quieren satisfacer sus instintos más
animales, con las personas más débiles y necesitadas.
Bajo esta forma de matar la inocencia, la sed de caricias rompe todas
las cifras. Se agradece: donar vida, legar luz, ceder poesía. Todo en
plural para la pluralidad. Y que ascienda lo poco humano que nos quede,
en progresión recíproca, multiplicadora, corazón por corazón. Y que los
latidos se enraícen en valores universales, los que hacen vibrar las
estelas del cielo, aquellos que propician derechos iguales y
oportunidades para todos. Esto es lo que hace falta. Este cuidado no
desgarra. Antes bien, tranquiliza y equilibra. Por un poner, el que las
manifestaciones contra la pobreza vistan de blanco a España, sobre todo
debe hacernos reflexionar y no quedarnos sólo en una lluvia de colores.
Detrás de tantas hambres está la irresponsabilidad de gobiernos que no
respetan los derechos de la persona y, también, gobiernos con abultadas
nóminas por los servicios prestados.
Habría, pues, que retomar bondades perdidas y restaurar cementerios de
palabras que nada nos dicen, sembrar ternuras e injertar afectos
olvidados, sin blanduras, laborar esencias para que vivir sea favorable
al amor; puesto que la vida es un compartir, entregarse hasta el extremo
de los propios límites, o como nos legó con su ejemplo la Madre Teresa,
en su creciente hoja de servicios, que servir es “amar hasta que duela”.
Si así fuere la práctica del amor, no haría falta reivindicar lo de
“pobreza cero, sin excusas”. Por desgracia, sucede que las caricias
rayan como lengüetas en llamas a la primera de cambio y, así, resulta
complicado dar un paso, sin pensar que en el renglón de la vida hemos
dado un paso en falso. Eso de dar cariños de yedra, comprender y
comprenderse, deshacerse en versos y hacerse en atenciones al que nos
necesita, más bien no está de moda. A sensu contrario, sí lo está avivar
otro tipo de oleadas, como la violencia y el empobrecimiento que supone
para la sociedad de la opulencia el declive de las humanidades. Si todas
las pobrezas son crueles para la persona, olvidar la del pensamiento
también es una locura, sobre todo para no tragar lo de gato por liebre.
Víctor Corcoba Herrero
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Escritor -