ALGO MÁS QUE PALABRAS
EL
INTELECTUAL EN UN MUNDO INESTABLE
04-07-05
Quien
sabe reflexionar sobre las enseñanzas que la historia del pasado nos da,
concluye enseguida que son absurdas las contiendas. De ahí, lo saludable
que resulta el uso de la palabra como diálogo. Habría que poner como
libro de texto colegial, “La curación por la palabra”, de Pedro Laín
Entralgo. Pienso que es deber del intelectual, hacer propuestas para
crecer y crítica para hacer pensar; máxime cuando la realidad es pura
basura encorsetada a libertades que no son, a justicias que no se
aplican, a igualdades que no llegan, a pluralidades que no se
reintegran. Falta estimación por el ser humano en este mundo inestable,
inseguro, vacilante, tan frágil como una rosa al viento. La razón y no
la fuerza deben decidir la suerte de los pueblos y de las gentes. El
acuerdo, las negociaciones, el arbitraje, es una buena mediación. Al fin
y al cabo, la paz es la resolución moral a un problema de corrupción.
Unas recientes
declaraciones del Defensor del Pueblo, Enrique Múgica, nos advierten que
la situación empeora, con fuertes cargas de violencia, hasta el punto
que pide a los docentes que “asuman con valor” la enseñanza de “pautas
éticas” a jóvenes y adolescentes y, sobre todo, que ejerzan la
disciplina sin temblarles el pulso. Cuando se pierde la autoridad,
estamos perdidos. O se ataja la fuerza bruta de los disturbios, o la
bestialidad toma gobierno. Así de duro. Se precisa, pues, que el
pensamiento vuelva y que los pensadores asienten nuevas ilusiones, con
ternura, amabilidad, cordialidad, afabilidad por un proyecto nuevo de
reforma del mundo que sea aceptado por una cualificada mayoría. Estoy
seguro de que si hubiese muchas personas como el rockero irlandés Bob
Geldof, organizador de los conciertos Live 8 contra la pobreza, sería
posible el cambio, porque antes hay que implicarse y aplicarse, sentir
vergüenza en el corazón y pudor ante la indecencia.
Para que este
mundo inestable destierre de su horizonte callejones sin salida, el
fracaso de la inteligencia, la victoria de la selva, las naciones
deberían fomentar el pensamiento, desde el más escrupuloso respeto al
universo de los conceptos. La bondad no es un adorno inventado por
elegantes y selectos habladores, es un andar dignísimo, concebido por la
inteligencia, para construir un mundo más humano. Se precisan, pues,
caminantes de vida que enseñen sobre la razón de ser y existir. El
empacho de muertes en el camino nos deja una estela de incertidumbre,
desconfianza y sospecha, que nos enzarza hacia atmósferas de complicada
curación. Ahí está el impacto directo y tangible dejado por el
terrorismo, que además de ser causa del odio en la sociedad, genera
opiniones encontradas. El caso de España es bien patente, mientras
Zapatero introduce la teoría de la “violencia contenida” de ETA para
justificar el diálogo con los terroristas, otras fuerzas democráticas y
asociaciones, no lo ven con buenos ojos.
En todo caso,
creo, que debemos despertar las conciencias. Cuántas maravillas se
podrían llevar a cabo en el mundo, si la potencia del talento y la
investigación se dieran la mano, solidariamente, para explorar las vías
del desarrollo de toda la humanidad. Por ello, frente a este mundo
inestable, cualquier esfuerzo de reflexión es un modo de expresar la
dimensión trascendente de la vida humana. Causa incredulidad y amargura
los tonos triunfalistas con los que algunos intelectuales, vestidos de
un falso progresismo, se pronuncian sobre temas que son patrimonio común
de las grandes culturas del mundo. Mal negocio es abdicar de la verdad
si queremos que la sociedad, diversa y plural, conviva. Lo malo es que
estas torpezas, por muy minoritarias que sean, suelen pasar factura con
el tiempo.
Por consiguiente,
el papel de la persona de pensamiento, en un mundo dominado por poderes
no siempre justos, que además suelen recompensar a profesionales
dóciles, es bastante difícil. Sin embargo, lo que es tan fructífero para
la vida, como puede ser mantener una conciencia crítica y de vanguardia,
defender a toda costa la expresión de su independencia de juicio,
cuestionar formas de convivencia, suele ponerse en entredicho o
censurarse por el especialista aborregado, del poder de turno,
intentando que determinados temas no se debatan públicamente. Ya me
dirán qué democracia es ésta, cuando existen y coexisten tantos
condicionantes/condicionados generados por un sistema de dominación
interesada. Ahí es donde debe estar el intelectual, como un agente de
conciencia ante el diluvio de dislates, en primera línea de batalla,
poniendo todos los abecedarios a disposición de la libertad.
En una sociedad en
la que parece que sólo cuenta el dinero y el poder, que hace gala de la
mediocridad, aunque esté más formada que nunca, pienso que se precisan
personas que proclamen que la vida tiene un sentido más allá de lo
puramente material. Puede que tengamos muchos sabios de palabra, pero
pocos de corazón. Eso de hablar de una manera atrayente hasta el punto
de inducir a los seres humanos a asentir falsedades, es muy propio del
momento actual. En consecuencia, estimo que la voz del intelectual
exigente, en cuanto a no estar vendido a nada ni a nadie, es una
necesidad que, aunque siempre lo ha sido, hoy es más urgente que ayer,
ante la creciente banda de manipuladores que a la primera de cambio te
roban, ya no la cartera, el corazón. A mi juicio, pues, son las gentes
de pensamiento, entre los que elijo a los cultivados por la cátedra de
la vida vivida, los depositarios de un saber humanístico, nada arcaico;
ideas que, en todo momento, hemos de considerar y reconsiderar.
Víctor Corcoba Herrero
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Escritor -