ALGO MÁS QUE PALABRAS
DISTANCIAS Y DISTANTES
10-07-05
Lo
predijo el poeta: En la vida hay distancias. Y también, en este caso, lo
predijo el corazón: personas distantes. Ahí está el ser humano como
animal acosado por una sociedad insensible. Estamos todos en un juego de
cara y cruz. Agazapados ante tanto destructor de vida. Con la mirada
caída frente a brazos prepotentes. La realidad es la que es, un surtidor
de propósitos y despropósitos. Lo cierto es que, cuando emite el hombre
su aliento, el limpio cristal se empaña; si acerca sus labios al espejo,
se le hiela el alma; si mira a la luna, se le suelta un suspiro; o sí
abraza al sol, se le quema la mirada. El asfalto diario se traga todas
las sonrisas. Por la calle corre un aire de alergias que nos deja en los
huesos, con la nariz rota y las pupilas secas. La noche es una marcha
fúnebre y un caos de leones que asaltan plazas. Los enamorados
dispuestos a beber del amor se han recogido, por prescripción de los
salvajes. El botellón toma la calle, busca espacios para solitarios
juntos. Más de uno, sin apenas darse cuenta, ha caído en un mundo cuyo
cielo no existe. Se mueven igual que veletas, de acá para allá, parecen
figurines con bocas sedientas y labios de ceniza.
Causa pánico ver y vivir, lo que se ve y vive. Un suma y sigue. Los
legionarios suicidas provocan matanzas en cualquier esquina, son tipos
como estatuas, mantienen la distancia y son distantes, para mejor tomar
la presa y apresar la vida que no les pertenece. Nada les dice el llanto
que amordaza existencias. En España, Zapatero, pide un “consenso global”
para derrotar el terrorismo, mientras los españoles se han vuelto
incrédulos y desconfían de todo. Eso de predicar está bien, pero antes
hay que ganarse la confianza, dice el sensato pueblo. Pienso, pues, que
debemos acortar espacios que nos enfrían y a los alejados tenderles una
mano de autenticidad. No olvidemos que para hacer el corazón, con el
corazón del vecino, se precisa un violín inmenso que nos de amor y un
lucero que nos meza en la verdad. Toda poesía es poca para limpiar
mentiras, tener fe en la esperanza y solidaridad con los abatidos. Para
conseguirlo, a lo mejor también hay que hacer como el poeta; tenía un
dolor tan alto, que miraba al otro mundo por encima del ocaso.
Hay que mirar a otro mundo más del verso y la palabra, más del amor y de
la vida que del divorcio y de la muerte, más de la sabiduría que del
empecinamiento en reformas contrarias al sentido común. Volviendo los
ojos a nuestra madre Patria, los desafectos son bien patentes, sólo hay
que leer la reforma que presentan algunos estatutos de autonomía que
hacen tambalear estabilidades conseguidas en otro tiempo. Dejamos de
lado todo equilibrio, ambiente que siempre es bueno mantenerlo, cuidarlo
y protegerlo de sociedades heridas. Más divisiones parcelarias. Otro de
los factores que nos separan y distancian, es la proliferación de guetos
en polígonos marginales de las grandes ciudades, donde malviven ríos de
excluidos, amén de limitar gravemente su acceso a los beneficios de la
economía global. Precisamente, por esta razón, considero que cada
delincuente es un fracasado de esta sociedad del consumo; debido a la
grave desigualdad en la distribución de la riqueza y los recursos. Aquí
el que no corre, vuela; y se diploma en ser un vividor de los pobres.
Los hay que tienen sirvienta/e por un plato de comida ¿Habrá mayor
esclavitud?
A pesar de tantos dolores, en este bullicio de soledades, sigo pensando
que la propuesta de acrecentar diálogos hasta transformarlos en poesía
que a todos nos asombre y aproxime, es lo más justo y necesario para
superar toda forma de conflicto y tensión, y para hacer que nuestro
mundo sea una tierra de sabios más que de listos; puesto que estos
últimos, suelen darnos por un lado el pan y por otro la puñalada.
Álvaro Mutis lo advierte en este verso que es todo un mandamiento de
luz: “De los listos no habla el Sermón de la Montaña”. Esta advertencia
del Señor –apunta Mutis- debería bastarnos. Pero no, no es suficiente,
los listos de turno han hecho carrera y se les llama consejeros –siempre
lo son de ricos- , ganan un pastón en concepto de sueldos, dietas y
demás previsiones para el futuro, por el hecho de aconsejar, alertar,
husmear, vencer y convencer, persuadir, o simplemente por aniquilar al
contrincante con tal de ganar batalla. Claro, luego, esta atmósfera
suele avinagrarse con la consabida frialdad, indiferencia y
distanciamiento. La ética de un consejero tiene otro señorío muy
distinto a lo que algunos profesionalizan.
Sin embargo, a pesar de los temores sobre este nubarrón de inseguridades
y de tantos momentos difíciles, que nos distancian y nos tornan
distantes, una luz parece que se enciende sobre el firmamento, a juzgar
por la bajada de conflictos armados. Esto es una buena noticia: ¡Me
asomo a la ventana a dar palmas! Recientemente, el Center for
International Development and Conflict Management de la Universidad de Maryland publicaba una visión de la situación mundial, apuntando un
descenso: “Las grandes guerras bajaron de doce, a finales del
2002, a ocho, a
principios del 2005”. Creo que es muy importante movilizar las energías
pacificadoras en un mundo, donde cada ser humano debe aprender cada vez
más a reconocer y respetar al otro, desde la acogida y el afecto. Sólo
hay una única forma de caminar unidos, cuando se reconoce la ley moral
universal, la del amor.
No hay mayor gozo, en este encrucijada de caminos, que vivir sintiéndose
acompañado, comunicativo y comunicador, pues toda tertulia es buena y
toda compañía mejor. Si por el descubrimiento de Gerardo Diego, sabemos
que el poema biográficamente tiene su principio de Arquímedes, que dice:
“Poesía es el volumen de anhelo espiritual que automáticamente ocupa el
espacio desalojado por un volumen equivalente –casi un alma entera- de
pasión humana concreta”, esto ha de llevarnos a una nueva aspiración,
según todas las reglas que la poética canta, como el agua que empapa la
tierra y hacer germina flores en medio de un desierto, así también
nosotros hemos de rociarnos en transparencia, para crecer en concordia y
ensanchar en afables. Falta nos hace que así sea.
Víctor Corcoba Herrero
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Escritor -