ALGO MÁS QUE PALABRAS
TOLERAR EL MAL
15-08-05
La fanfarronería me causa espanto. Lo confieso. Por
desgracia, es una plaga muy del momento actual. Sentir vergüenza es
malo, pero no sentirla es peor. Hay desafíos que te dejan sin
aire, son tan
incendiarios como provocativos. Los sembradores del terror se mueven en
esa actitud altanera que no se puede tolerar. Coartan libertades
ciudadanas e imponen yugos que atan. Cualquier complicidad con este tipo
de maldades, que se alzan y desafían poderes democráticos, manifiesta
debilidad e impotencia. Si se busca el remedio de aprender a ser
tolerantes, búsquese en el restablecimiento de los sanos principios,
primero para entendernos a nosotros mismos y luego para comprendernos
los unos con los otros. La ética de la tolerancia hay que pensarla en
primera persona. Sólo así, es posible acercar comprensiones. No cabe
tolerancia alguna en lo que es intolerable para la convivencia. Lo más
saludable cuando se daña un bien, en coherencia con el sentido común, es
declarar su ilicitud de manera firme y contundente, sin titubeos.
Es cierto que la historia de la humanidad es una
interminable sucesión de contradicciones. Ahora mismo resulta una
paradoja el clima de desasosiego que vive el mundo en todas sus áreas,
en las de conflicto y en las de paz. La violencia y el mal es una sombra
monstruosa que nos acompaña. Quizás sea en el arte donde más se puede
apreciar ese análisis y reflexionar sobre ello, no se aminora ante los
dolores, se eleva para llamarnos la atención de conductas absurdas y de
estilos sin señorío alguno. Algunos artistas contemporáneos ya lo hacen
a través de sus obras, acercándonos las heridas del mal que toman cuerpo
en el mundo, planteándonos nuevos argumentos artísticos de reencuentro
espiritual, aspirando a jugar un papel vitalista en la formación de la
persona, en el encuentro con su identidad y en la construcción de la
autonomía ciudadana.
También los antropólogos, a través de la historia vivida,
han hablado de culturas de la vergüenza y culturas de la culpabilidad.
Los salvajes altercados que se producen a diario es por esa ausencia de
aradas formativas. El arte digamos que nos sirve para despertarnos del
letargo de lo insustancial e insípido, ofreciéndonos infinitos mundos e
infinitas maneras de verlo y experimentarlo. No voy a caer en la fácil
conclusión de que si tuviésemos un buen cultivo artístico, lo que
conlleva saber mirar y ver interioridades, seríamos los mejores
ciudadanos de un paisaje
edénico; pero si pienso, en cambio, que un ser cultivado en la
observación artística desarrolla un sentido de autocrítica y de
autocreación muy saludable para la vida. Tiene otros horizontes, los de
la autenticidad de la belleza que, al menos, limpia la banalidad del
mal. Que es cuestión de química, biología, cabeza o paciencia... hay
miles de teorías para explicar qué es lo que causa las maripositas en el
estómago. Ahora, el estudio de un científico de la Universidad
de Oxford añade un factor más: la física. Pero, ¿qué es la física
sino una ciencia que se ocupa de los componentes artísticos del
universo, de las fibras del color que éstos ejercen entre sí y de los
efectos (y afectos) de dichas energías? Sin duda, el arte cuando es
verdadero e ingenioso, nos hace ver el desorden de nuestro mundo
habitual, es como un despertador de los sentidos.
La ciencia crece que es una barbaridad. Un sistema GPS
(posicionamiento global por satélite) puede controlar todos nuestros
pasos. Sin embargo, eso de vivir bajo un estado de control, no hace
mermar los hechos delictivos. Los males tienen otro tipo de curación,
más de conciencia que de ciencia; o si prefieren, más de arte que de
imposición. Además, los espirituales, son más destructores que los
físicos, requieren otro cauce de trazados, si cabe más purificador de
rencores, dudas, incertidumbres propiciadas por la difusión de falsas
esperanzas y promesas ilusorias. Sin embargo, la
hermosura, en su espíritu de verdad, hace crítica del mal hasta
penetrarlo de bien, sondea hasta las profundidades últimas del alma.
Esta rectitud y sensibilidad se encuentra profundamente unida a la
acción íntima del arte con la esencia. El ser que vive en la belleza y
de la belleza vive, desea lo espiritual y se vuelve caminante de un
camino de madurez interior. Leo que un director artístico, y otras voces
en la misma línea, han hablado de la necesidad de que haya un revulsivo
en las artes. Yo también así lo pienso. Precisamos menos retoques de
imagen y más toques de fondo, de miga desprendida, para que el nuevo
pulso de la humanidad sea más humano y menos mercantilista.
Desde hace varios años los encuentros de jóvenes promovidos
por diversas religiones reúnen un número significativo de participantes,
pero raramente se habla de estos jóvenes que buscan lo espiritual.
Desean huir de tantos males que les acorralan, confiesan hacerlo por
necesidad, para estar en paz consigo mismo; una paz interior que buscan
(y rebuscan) en la intimidad de su ser. Una paz que pide la humanidad y
no lo consigue, la familia humana y no la encuentra. El escándalo del
mal nos despierta cada mañana con su galope de dolores en un camino de
imperfecciones. Sólo el arte es lo que se aproxima a esa finura última
de gozos y luces que nos asombran. Nuestra perfección y nuestra
definitiva felicidad no tienen porque ser proporcionales a los éxitos
que tengamos, más bien será consonante y consecuencia de la capacidad
que tengamos para cooperar al bien. Al final todo se reduce al verso, a
esa fuerza positiva de un don generoso y desinteresado, el del amor al
supremo cuadro pictórico, la vida que merece ser vivida en la poesía, en
su belleza y plenitud. Al fin y al cabo, es la mejor manera de vencer el
mal. Y que se mueran los feos de corazón, por la indiferencia de los
guapos de alma. Buena noticia.
Víctor Corcoba Herrero
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Escritor -