ALGO MÁS QUE PALABRAS
SE HA PERDIDO LA VERGÜENZA
28-08-05
Ha
ido todo demasiado deprisa. Salimos de una España atormentada a una
España luminosa y corrupta al mismo tiempo. Los
aires
de la vulgaridad nos pierden hasta despojarnos del pundonor, de la
estimación de la propia honra y de la autoestima del propio corazón. Los
ciudadanos, de creciente heterogénea nacionalidad, no saben a qué
atenerse. El desconcierto de la conducta y la pérdida de valores son una
realidad. Eso de tener respeto o miramiento hacia una persona, hace
tiempo que también dejó de cotizarse en este mundo que sólo mira con los
ojos de la economía. Una mirada que más bien nos embrutece. Sería bueno
fomentar una cultura exigente al pensamiento, para que la voluntad se
guíe por la racionalidad, de la “verecundia” (de la vergüenza), capaz de
encendernos el color del rostro ante una falta cometida, o por alguna
acción deshonrosa y humillante, propia o ajena.
Hay que resistir
la tentación de abandonarse a la fatalidad de lo mediocre. Cada cual en
su sitio, con el honor debido, y un sitio para todos con todos unidos.
Lo último, perder los estribos de la vergüenza. Algunos parece que,
aparte de haberla perdido, hacen campaña para encandilar la mente de los
corderos. Tal y como está el patio de perversiones, cuesta entender las
chulerías de algunas prepotentes voces, que, en vez de ejemplarizar
posturas de coherencia democrática, puesto que concurren a la formación
y manifestación de la voluntad popular, estimulan plantar la cara de la
desfachatez, antes que impulsar otras responsabilidades morales, como
pueden ser la mayor transparencia en la administración, imparcialidad,
uso justo y honesto de los fondos públicos, o cualquier rechazo de
medios ilícitos. La ambición rompe el saco, cuando todo vale en un deseo
ardiente de conseguir poder, riquezas o famas. No puede haber sosiego en
una filosofía utilitarista de vida que permita el uso de cualquier
medio, o ignore el valor intrínseco de las personas.
Los dilemas de la
humanidad no son excusa para pervertir, depravar o falsear el castigo de
la vergüenza. Es de justicia utilizar todos los recursos para superar
los obstáculos; el del diálogo, con la turbación debida, puede ser un
buen criterio de valores a considerar. Unas recientes declaraciones del
insigne escritor José Jiménez Lozano, nos ponen en guardia. Cuando menos
debieran salirnos los visos del sonrojo. Lo ha dicho una persona
cultivada en el tiempo, que tiene tras de sí una visión profunda de la
vida: Estamos en un mal momento, se pisan todos los valores. Se trata
mal a todo el mundo. Claro, eso pasa por perder el sentido de la
vergüenza, ser muy ruin al despreciar el rostro humano y apreciar
rastros sin esencia.
La desvergüenza y
cara dura se ha puesto a la orden del día. En el fondo hay muy poca
implicación ética para aceptar a la gente, generar un clima de
confianza, o bien contener las amenazas que ridiculizan y atentan contra
dignidades humanas. Faltan espíritus humanistas y sobran espíritus de
mercado que lo único que hacen es provocar contiendas, reavivar las
raíces del odio, con abrazos a poderes que son torpezas vergonzosas,
puesto que propugnan miedos mediante pugnas de malvados intereses. Por
el contrario, para nada debe darnos vergüenza reconciliarnos con las
personas, a través de un amor comprensivo que valore las honestas
aspiraciones y cualidades de los demás. Frente a esa actitud modernista
que sólo adora el dinero, la ideología del poder, la clase jerárquica o
la tecnología sin corazón, la propuesta de universalizar el
entendimiento a un lenguaje común, es una apuesta de valor, que hemos de
hacer valer, ante el reinado de cinismo circundante.
Cuando se pierde
la vergüenza no hay ley que ampare el descaro, la violencia extrema en
plena luz del día, los juegos peligrosos a la luz de la luna, el
terrorismo de andar por casa en la hora endemoniada, la inmoralidad de
un tirano dominador, y tantos otros ademanes altaneros que nos dejan con
un mundo devastado y hostil, con una familia fracturada y lacerada,
enferma y enfermiza. Por ello, deberíamos replantear prioridades de
justicia y de solidaridad, de transformación y valoración de las
realidades en las que vivimos. La próxima conferencia de presidentes
autonómicos bien podría desarrollar, dada la desvergüenza antisocial y
antidemocrática de algunos titiriteros escudados en la política, otro
bienestar más pensado en la persona, otro conocimiento más censado en
libertad, y otra victorias más humanas que contrarresten miserias y
humillaciones; cuestión que debiera ser consensuada.
El entramado de la
desfachatez se crece con posturas desconcertantes. La falta de
escrúpulos ensordece cualquier conversación dispuesta a tender una mano
de honestidad al que nos pida ayuda. La ordinariez nos ha vuelto
personas áridas, agresivas, incapaces de sonreír, de saludar o decir
gracias, de interesarse por los problemas de los demás. Por una serie de
aliños groseros, la impertinencia excluye el debate de la sensatez. Ya
me dirán qué es una democracia sin censores. El caso de nuestra clase
política española es bien patente, prefieren hinchas antes que
ciudadanos o afiliados críticos. Así, atados de pies y manos al poder,
resulta muy difícil poner vergüenza en los desatinos, enmarcar a los
bienhechores y desenmascarar a los golfos. Seguramente la mayor, honesta
y justa vergüenza, pase por servir a los demás, no en servirse de los
demás. Lo será aquella democracia que nos trate como personas, nos
retrate como humanos de alma y cuerpo, sin discriminación alguna y con
la acción de que todos contamos.
Víctor Corcoba Herrero
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Escritor -