La cumbre europea: un acuerdo deprimente para el sueño europeo

Almediam. 25-06-07 

Por David Hammerstein*

 

David HammersteinEl acuerdo alcanzado para la reforma del tratado europeo es muy deprimente para los europeístas convencidos. Es cierto que a duras penas se han salvado los muebles del proyecto europeo, pero al mismo tiempo también se ha hipotecado la casa Europa para muchos años, dadas las condiciones leoninas impuestas por los estrechos intereses de algunos gobiernos contrarios a que la UE sea un único actor político, cohesionado y fuerte. 

La reciente cumbre europea ha mostrado que después de 50 años de vocación de integración de los países miembros de la UE, aún existen unos enemigos fuertes que buscan minar desde dentro todo el proceso. Una variopinta coalición de nacionalistas, ideólogos neoliberales y furibundos atlantistas está trabajando duramente para reducir a la Unión Europea a poco más que un mercado interno glorificado.

No solo ha quedado la Unión Europea sin alma y sin símbolos significativos, al marginar hasta los nombres de “constitución” y “ministro de exteriores”, además de dejar de lado el “Himno de la alegría” de Beethoven y la mismísima bandera europea, y con ello dificultar más la construcción sociocultural de una común identidad política europea comprensible e indentificable entre la ciudadanía. El lenguaje y la comunicación de sentido simbólico tiene mucho peso en la política. Al mismo tiempo, se han modificado algunos elementos centrales que dan razón de ser, cuerpo y músculo a la actuación comunitaria. 

Para evitar males mayores como el que podría ser el de eliminar la carta de derechos básicos de ciudadanía para el conjunto de Europa se ha aceptado la autoexclusión del Reino Unido, y, de forma declarativa, Polonia, que han quedado fuera de la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea.  Esto constituye un hecho grave en lo que divide y destruye la credibilidad y la fuerza efectiva de los principios básicos en el corazón de la Unión Europea. 

Otro de los hechos preocupantes que también limita la voluntad de protagonismo europeo en un mundo tan peligroso y desbocado como el que vivimos, es la renuncia por parte de la UE a ocupar un lugar en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, para no amenazar los derechos adquiridos de Francia y Reino Unido que datan de la época colonial.  Esta renuncia de tener una voz única ante el mundo junto al reconocimiento explicito de la soberanía de los estados en la política exterior constituyen enormes “piedras en el zapato” para que Europa pueda responder eficazmente a unos retos y problemas globales cada vez más acuciantes.

Hay avances en la ampliación a nuevas áreas de competencias que exijan una co-decisón con el Parlamento Europeo, y en el aumento del número de cuestiones que se decidirán por mayoría cualificada en lugar de la unanimidad en el Consejo (formado por los ministros de los estados miembros). En cambio, es especialmente negativo el reforzamiento “del club de estados” que se ha dado al aumentar el poder intergubernamental y el de los parlamentos de los estados nacionales en detrimento de la capacidad de gobierno comunitario de la Comisión Europea y el Parlamento Europeo.  Tendremos un presidente del Consejo permanente elegido por los estados,  que responderá principalmente a las reuniones secretas de los ministros estatales lo que debilitará fuertemente al presidente de la Comisión europea que ha de responder sobretodo ante el Parlamento Europeo que opera en medio de la transparencia, la participación y el acceso público. El dar más poder al Consejo que opera en la opacidad debilita el avance en control democrático y la participación ciudadana europea.

Otro retroceso importante ha sido la recuperación de un mayor peso de Polonia y otros países como España para crear una minoría de bloqueo en los votos del Consejo. Se alarga esta situación a 10 años más en los que se podrá obstaculizar la toma de decisiones importantes como es la del presupuesto europeo, evitando así la posibilidad de alianzas y amplios consensos sobre decisiones que representan una gran mayoría de la población europea.

La Europa de 27 estados avanza demasiado lentamente y con enormes dificultades y contradicciones, con visiones muy distintas sobre el futuro.  Los enormes desafíos ecológicos y sociales del planeta exigen a gritos que la Unión Europea esté a la altura de la circunstancias. Pero sin embargo, dado que persiste el lastre de las anacrónicas políticas estatales que se resisten a ceder y dejar emerger una nuevo espacio político supra-estatal de regulación y ciudadanía, y dada la carencia de un liderazgo europeo claro y decidido, no nos permite ser demasiado optimistas. Las ópticas estatalista-nacionalista olvidan que el avance real de Europa depende de tener intereses supranacionales comunes,  todo lo contrario de lo que afirma el PP cuando defiende que España tenía que haber desempeñado el mismo triste papel de bloqueo que realiza Polonia.

*David Hammerstein, eurodiputado de Los Verdes