¿TODAS LAS
COMPARACIONES SON ODIOSAS? SANTIAGO
DE CHILE
Por
Horacio R. Brum. (Corresponsal
de un medio uruguayo en Santiago de Chile). Junio de 2008
La
presidenta de Chile tiene problemas con los agricultores. Hace una semana,
varios miles de ellos se reunieron en la principal ruta que une las zonas
agrícolas con Santiago y realizaron una asamblea para formular varios
reclamos al gobierno. Entre ellos, la intervención en el mercado cambiario
para hacer subir el dólar, cuya baja cotización, a tono con lo que ocurre en
la mayor parte del mundo, está perjudicando los ingresos obtenidos por las
exportaciones.
Ante la
inquietud de los hombres de campo, Michelle Bachelet siguió dos cursos de
acción: dejó en manos del vocero gubernamental, el ministro Secretario
General de Gobierno, el manejo del problema en el ámbito de los medios de
comunicación y orden público, e instruyó al ministro de Agricultura para que
tendiera puentes de diálogo con los productores rurales. No hubo discursos
presidenciales de retórica inflamada, ni se movilizaron las masas
oficialistas contra la gente del campo. En cuanto al orden público, el
portavoz de La Moneda fijó las reglas de juego con una frase contundente:
«El palo del policía no tiene color político; no es de izquierda ni de
derecha».
Actualmente, el gobierno y los productores están conversando para resolver
los problemas y las diferencias, y la reunión en la ruta no fue más que un
gesto para llamar la atención de las autoridades; pero el episodio dejó en
claro por qué Chile tiene una reputación internacional de país serio y
confiable, más allá de las críticas y cuestionamientos a su modelo
económico.
Michelle
Bachelet y Cristina Fernández mantienen una amistad desde antes de llegar a
ser primeras mandatarias y ambas asumieron el poder con intenciones de
cambiar la forma de gobernar y hacer política, mediante el aporte de la
perspectiva femenina. Sin embargo, y a la luz de sus comportamientos en
situaciones críticas, parece evidente que solo una de ellas está concretando
genuinamente esas intenciones. La mayor crisis del gobierno de Bachelet se
produjo el año pasado, con el fracaso de un sistema de transporte público
para Santiago, ideado durante el mandato de Ricardo Lagos. En respuesta al
descontento popular, la presidenta cambió funcionarios, realizó alteraciones
correctivas del plan y explicó las medidas en calmos discursos a la nación,
después de admitir con toda franqueza y en todos los medios de comunicación,
que se habían cometido muchos errores.
Bachelet no buscó apoyo en actos públicos; tampoco echó las culpas a alguna
conspiración empresarial u oligárquica (la jerga de la lucha de clases de
los años ’70 no es utilizada en Chile ni siquiera por los comunistas,
opositores al gobierno) y menos aún fustigó al periodismo. Sin desplantes
autoritarios, reunió a todos los actores de la crisis, para buscar una
solución en conjunto. Y si bien perdió varios puntos en popularidad, no
trabajó para ganar en las encuestas, sino para resolver el problema.
Esa es la mujer que, pese a que su padre fue asesinado por la dictadura de
Pinochet y ella y su madre sufrieron la cárcel y el exilio, en ningún
momento ha utilizado los dolores del pasado para disculpar los errores del
presente. Y menos para dividir a la sociedad. Con sus trajes de sastre que
son infinitas variaciones del mismo modelo, su corte de pelo práctico pero
sin sofisticación y una silueta parecida a la de cualquier ama de casa, es
capaz de arrodillarse espontáneamente para auxiliar a un escolar que ha
sufrido un desmayo en un acto público, o de subirse a un camión o a un
vehículo militar para recorrer una zona de desastre. Así, no es de extrañar
que en los sondeos de opinión su imagen personal salga siempre más
favorecida que la gestión del gobierno. Además, lleva una vida familiar
tranquila y sin material para las revistas, junto a una hija que estudia en
la universidad estatal y juega al fútbol femenino, otra que transita por la
adolescencia con más calma que muchas jóvenes de su edad y un hijo que ocupa
un puesto público de segundo nivel, obtenido por sus propios méritos. De los
dos ex maridos, uno —como lo contó la misma presidenta en una entrevista
hecha recientemente por la televisión— está siempre a la mano para cumplir
sus funciones de padre en las reuniones escolares, mientra el hogar es
conducido con la ayuda de la madre de la mandataria, que parece ser un pilar
de fortaleza y paz.
Si lo hicieron bien o lo hicieron mal, es tema de otro análisis, pero lo
cierto es que los cuatro
presidentes que Chile ha tenido desde la vuelta a la
democracia demostraron y demuestran serenidad y racionalidad en el manejo de
los asuntos públicos. Además, sus vidas privadas y su comportamiento en
público han sido acordes a la dignidad que la institución presidencial tiene
en Chile, una dignidad que es reconocida y respetada incluso por los más
acérrimos opositores políticos.
Por eso,
en este país se ve con preocupación y extrañeza lo que está sucediendo en
Argentina. Los chilenos hace tiempo que vienen soportando las consecuencias
del peculiar «estilo K» de gobierno, por la reducción del suministro de gas
argentino, debida pura y exclusivamente a la preeminencia que la Casa Rosada
da a las consideraciones de política doméstica, en desmedro de las
relaciones exteriores. Ahora es la carne la que puede tener un impacto en la
economía de Chile, porque entre el paro del campo y la prohibición de
exportar decretada por el gobierno de Cristina Fernández, se ha reducido al
mínimo el flujo de un producto que hasta hace unos meses era provisto en más
del 50% por Argentina. Tales hechos, más las escenas vistas por televisión,
de las turbas corriendo a gritos y los golpes en la Plaza de Mayo a
ciudadanos que tenían igual derecho a estar allí, y los discursos de
barricada hechos en varias oportunidades por la mandataria argentina, solo
han venido a reforzar la imagen de país poco confiable que tienen los
chilenos, imagen que a veces roza al Mercosur, aunque la seriedad de la
conducción de Lula Da Silva en Brasil o Tabaré Vázquez en Uruguay equilibran
esa percepción. Para el diario La Tercera , el equivalente santiaguino de
Clarín, «la forma en que se ejerció el liderazgo presidencial durante el
conflicto con los productores rurales deja muchas dudas sobre el sentido de
la dirección del país y la concepción del manejo de crisis que tiene el
actual gobierno trasandino». Palabras más, palabras menos, esa es una
opinión compartida, en público o privado, por muchos analistas y gente del
gobierno.
Es que
Argentina y Chile estarán gobernados por mujeres, pero aquí no hay una
presidenta capaz de regalar a su hija un auto de 40.000 dólares en los
mismos días en que se está gestando una crisis nacional.
La mujer que conduce los destinos de los chilenos no pasa sus vacaciones en
una suntuosa mansión, sino en una cabaña que heredó de su padre. Y ella, que
sí supo de cárcel y torturas durante la dictadura militar, no necesita
predicar el odio contra «las oligarquías» y «los golpistas» para lucir las
credenciales de defensora de los derechos humanos o de líder progresista.
Eso es lo que hace que Michelle Bachelet sea la presidenta Bachelet,
de todos los chilenos, y Cristina Fernández sea Cristina Kirchner,
presidenta de su marido, del piquetero D’Elía y de un «pueblo» que parece
empeñado en construir una nueva sociedad sobre la base del revanchismo.