Las siete virtudes del gobernante (II): RESPONSABILIDAD

 

Por Jesús Martínez Álvarez. Desde México. 14-08-08

 

Gobernar es una actividad de síntesis. El gobernante debe sintetizar los hechos, los datos, las causas, las posibles consecuencias, los diversos escenarios; y luego tomar de ellos la esencia y decidir.

 

Cuando se acepta el cargo de gobernar, se debe estar consciente de que se asume un gran compromiso  y una gran responsabilidad. Deberá demostrar con hechos que se encuentra capacitado para desempeñar este cargo. Esto implica ser congruente con los ofrecimientos de campaña, cumplir su programa de acción y tener la firme convicción de que sus decisiones o acciones afectan  o benefician a una comunidad o a todo un país.

 

Todo gobernante está sujeto a la crítica de los gobernados, lo que corresponde al mundo de los hechos y de los resultados. Sin discutir la importancia de éstos, es necesario que las decisiones se evalúen también a la luz de las intenciones.

 

Una decisión puede tomarse por diversos motivos: por precipitado, por miedo, por ansia de reconocimiento, por presiones o por intereses personales. Como estas motivaciones tienen su origen en el interior de la persona, pocas veces pueden identificarse con certeza.

 

Pero lo que sí puede evaluarse, y debe exigírsele al gobernante, es que al gobernar, que básicamente consiste en tomar decisiones, lo haga con responsabilidad.

 

La responsabilidad, como valor de honestidad y de conducta, tiene varias acepciones, todas ellas convergentes.

 

Una de estas acepciones es la obligación y la capacidad de prever y evaluar consecuencias, valoración que debe tener como única referencia el bien de todos los ciudadanos. Un Estado legítimo, además de que tiene el compromiso de cumplir con sus misiones básicas, debe garantizar la justicia social, respetar y hacer respetar los derechos de todos y el bienestar general de la ciudadanía.

 

La designación de sus colaboradores, es una decisión que marca o caracteriza a una administración. El ciudadano lo percibe de inmediato: responsabilidad al tomar estas decisiones; responsabilidad de asumir las consecuencias.

 

La responsabilidad es también la disposición permanente y consistente para responder por las propias acciones. El gobernante que no asume las consecuencias de sus decisiones falta a su responsabilidad. No hay nada más sencillo que buscar culpables, argumentar pretextos o hacerse a un lado cuando la realidad pone en evidencia lo errado de una decisión. El gobernante que transfiere culpas pierde la confianza de los ciudadanos y de sus colaboradores.

 

El gobernante debe recordar que el cargo que desempeña lo obliga a la mayor responsabilidad, toda vez que sus acciones tendrán efectos reales y duraderos en miles, cientos de miles o en millones de personas.

 

Por lo tanto, su actuación no puede sujetarse a visiones de corto plazo o a intereses individuales, sino que debe responder a la obligación irrenunciable de velar por el bien social.

 

Una característica del ejercicio del poder es su trascendencia. Sin demeritar ningún oficio o profesión, el acto de gobernar se distingue porque trasciende, va más allá del presente y acaso incluya a quienes aún no nacen. 

 

Si todos los gobernantes recordaran esta trascendencia y con ello fortalecieran su sentido de responsabilidad, tendríamos menos decisiones populistas o de corto plazo y se habría sembrado o aumentado en la sociedad la cultura del desarrollo sustentable, es decir, el que no es espectáculo fugaz sino avance consistente.

 

Curiosamente, la ansiedad por apartar un lugar en la historia suele conducir a los gobernantes al olvido o, en otros casos, a la memoria del resentimiento e incluso del odio. El gobernante no debe actuar para la historia sino para el porvenir; paradójicamente, sólo mirando hacia el porvenir se hace historia.

 

Por ello, más que intentar escriturar la historia a su hombre, el gobernante debe poner como pilar de toda su actuación el valor de la responsabilidad. Es posible que este principio lo lleve a tomar decisiones impopulares o dolorosas, pero sin duda tendrá sentido porque nadie elige a un gobernante para que gane un concurso de popularidad, sino para que conduzca el esfuerzo colectivo y lo haga desembocar en una mayor calidad de vida.

 

La responsabilidad, es claro, está vinculada a una  visión de largo plazo, y en ello estriba su mayor valor y su mayor exigencia: un gobernante no debe buscar la vanagloria del aplauso efímero sino la más privilegiada de las satisfacciones y el más alto deber: trascender en bien de los que permanecen.

 

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