Las siete virtudes del gobernante (IV): DIGNIDAD

 

Por Jesús Martínez Álvarez. Desde México. 29-08-08

 

 

"Si el ciego guiare al ciego, ambos caerán en el hoyo"

Mateo 15.14 (La Biblia)

 

En una democracia, el gobernante lo es por decisión del pueblo, fuente original del poder. Es, por lo tanto, su mandatario y su representante. Ningún honor más alto y ninguna responsabilidad mayor. El gobernante debe saberlo desde siempre y recordarlo para siempre.

 

Gobernar implica la obligación de actuar con dignidad.

 

Quien gobierna ya no se representa sólo a sí mismo sino, necesariamente, al municipio, al Estado, al país que gobierna. No puede, en consecuencia, suponer que su comportamiento sólo incide sobre su persona. Por el contrario, debe ser consciente de su representación y corresponder con dignidad a la suprema dignidad del pueblo.

 

Dignidad no es sinónimo de solemnidad ni de rigidez; no lo es tampoco de distanciamiento o de seriedad extrema. La dignidad es una cualidad de la conducta, mediante la cual se expresan los principios y valores de la persona y, en el caso del gobernante, de la sociedad que gobierna.

 

Hoy, más que nunca, un gobernante debe estar consciente de que ocupar un cargo de esta naturaleza lo obliga a actuar con la dignidad que exigen los ciudadanos.  Esto incluye el aceptar si se tiene o no la capacidad de poderlo desempeñar adecuadamente.

 

El gobernante no debe confundir el rehuir su responsabilidad por cobardía o sostenerse en el mismo a como dé lugar con una supuesta dignidad.

 

El pueblo, que muchas veces ignora el gobernante, cuenta con la sabiduría suficiente para percibir de inmediato estas características, que no son producto de un discurso ni de un acto mediático, sino la consecuencia, desde el inicio de su mandato, de una serie de acciones que incluyen varias de las virtudes que debe tener todo gobernante.

 

Nunca se insistirá lo bastante sobre este asunto: la calidad de la representación implica un deber. Paradójicamente, en ocasiones se le exige más a un deportista actuar de acuerdo con la altura de representación, por ejemplo en una competencia internacional. Si el país representado encuentra que el deportista no se comporta a la altura, verdaderamente se lo demanda. No ocurre lo mismo a veces con el gobernante, aún cuando su representación tiene mayor trascendencia.

 

Por ello es que hay que señalar que el comportamiento digno de un gobernante es una exigencia inherente a su cargo, no una opción..

 

Actuar con dignidad se refiere a todos los aspectos de la conducta, a los accidentales y a los sustanciales. No puede el gobernante perder la compostura en un escenario público a causa de un momento de festejo, como no puede perderla mediante la ira. O el enojo que se advierte cuando algo no le parece. El pueblo debe saber y sentir que cuenta con un representante y un mandatario sereno, que sabe expresar su alegría sin excesos y sabe controlar su enojo con serenidad.

 

Más aún, el gobernante debe saber responder por su pueblo cuando algo o alguien pretenden vulnerar su soberanía o su prestigio. Debe saber actuar a tiempo cuando se trata de salvaguardar el buen nombre o la seguridad de quienes los eligieron.

 

La dignidad rebasa a la persona, aunque la incluya, y se proyecta a todos los actos de gobierno.

 

Solo actuando con dignidad, en el fondo y en la forma, el gobernante puede convocar con autoridad moral al sacrificio, la lucha, al esfuerzo, a la austeridad, y puede proponer un destino común y avanzar hacia él.

 

La dignidad es una virtud del liderazgo íntegro: reclama, por tanto, congruencia y consistencia en el decir, el pensar y el hacer y desde luego, que este pensar, decir y hacer, se apegue a la voluntad colectiva.

 

Un gobernante puede equivocarse, puesto que tomar decisiones siempre implica un riesgo; lo que no puede permitirse es desempeñarse sobre una línea de comportamiento que violente los valores fundamentales.

 

Finalmente, el gobernante debe tener presente lo que manifestaba Aristóteles: "la dignidad no consiste en nuestros honores, sino en el reconocimiento de merecer lo que tenemos".

 

Mandatario es el que obedece; el que manda es el pueblo.

 

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POSTDATA

 

Compartimos la bien estructurada intervención del señor DON ALEJANDRO MARTI, pero sobre todo el hecho histórico de decirlo de frente y con la decisión de un hombre bien nacido, durante la "reunión de la República" que se encontraba presente en Palacio Nacional.

 

Tengo la certeza de que el pueblo, mayoritariamente, de cada una de las Entidades Federativas del país, se sentía bien representado en ese acto… en la persona  de Alejandro Martí.