Las siete virtudes del gobernante (VI):
PRUDENCIA
Por Jesús Martínez Álvarez. Desde México.
02-10-08
Por si el lector no los
tiene en la memoria, le recuerdo ahora que hemos tratado cinco virtudes
antes que ésta: Dignidad, Honradez, Integridad, Responsabilidad y
Templanza. Aunque han sido expuestas en este orden, desde luego no
quiere decir que esta secuencia se deba a jerarquía. Tan importante una como
otra.
Hoy corresponde hablar de
una virtud imprescindible en todo gobernante, puesto que ya hemos visto que
la principal característica de la acción de gobernar es la trascendencia de
sus actos. Por ello la prudencia es virtud que no debe marginarse. De ella
depende la acción mesurada, la decisión consciente, la actitud serena.
Cuando se habla de
prudencia se corre el riesgo de que alguien piense que se está aludiendo a
la parálisis. Y ello no es gratuito: muchos gobernantes han tratado de
justificar su inmovilidad calificándola erróneamente como prudencia.
Por eso hay que aclararlo
desde el principio: aludo aquí a la prudencia como virtud que contiene el
primer impulso, como cualidad que serena el pensamiento incluso en los
momentos más difíciles. La inmovilidad, en cambio, es sólo falta de
determinación para tomar decisiones.
Hablamos, pues, de la
actitud que combina prudencia y audacia y que, en mezcla adecuada, permite
al gobernante ejercer su liderazgo con responsabilidad y lo libera de actuar
con ligereza.
En la vida privada cada
quien decide su forma de actuar y, si hay consecuencias, normalmente las
asume puesto que su acción incide en su círculo más próximo. Pero un
gobernante debe ejercitar la prudencia en cada una de sus acciones, pues los
beneficiados o perjudicados serán todos los que habiten en su ámbito de
gobierno. Por tanto, la prudencia no es una opción sino una obligación.
Así como hay gobernantes
que se escudan en la palabra prudencia para ocultar su indecisión, así los
hay que se escudan en la audacia para justificar su precipitación.
Un gobernante no puede
actuar según sus primeros impulsos, guiado por la supuesta urgencia del
problema a resolver. Muchos de los asuntos que se califican de urgentes
pudieron no haberlo sido si se hubieran atendido a tiempo. También en la
oportunidad de la acción es la prudencia la que opera.
Por descuido, por
negligencia, por temor, algunos asuntos públicos se relegan a la agenda de
otro día, algún día, ya se verá, y sucede que aquel problema, aquel
conflicto, aquella demanda despreciada, un día se levanta como un muro o
como un bosque ardiendo, y el gobernante, incapaz de reconocer su falta de
sensibilidad, actúa abruptamente y luego explica que no pudo reflexionar
sobre el caso porque éste era urgente.
La prudencia implica
saber identificar a tiempo lo importante, antes de que se vuelva urgente,
cuando hay tiempo para analizar y sopesar, decidir y actuar.
Para identificar a un gobernante imprudente,
basta analizar su agenda diaria: el más imprudente será el que se dedica a
atender asuntos que no son ni importantes ni urgentes, en un juego de
activismo que le ayuda a imaginar que está trabajando mucho; el segundo
lugar se lo lleva el que mayoritariamente se dedica a atender lo urgente, lo
cual también le da la sensación de que merece un lugar en la historia por
moverse tanto.
Con rasgos de prudencia,
un gobernante destinará más tiempo a lo importante que a lo urgente. Es
imposible evitar que se presenten asuntos urgentes, pero mientras menos sean
podrán resolverse mejor, a la vez que se tiene tiempo para lo trascendente.
Como se advierte, la
prudencia no consiste en pensar mucho o en decidir poco, sino en pensar a
tiempo y actuar oportunamente.
Entre otras, dos
sensaciones falsas pueden empujar al gobernante a la imprudencia: la primera
es creer que gobernará para siempre; la segunda, que sólo tiene un día para
resolverlo todo.
Hace unos años, don
Jesús Reyes Heroles recomendaba: no hay que hacerlo todo en un día,
pero hay que hacer algo cada día. Como una extensión de esta cita,
habría que decir que hay que procurar, y lograr, que ese algo esté
relacionado con lo importante, lo que trasciende, lo que incidirá en la vida
de miles o millones de personas.
La prudencia, en
síntesis, es lo opuesto a la temeridad, normalmente irresponsable; o, para
decirlo de otra forma, es el respaldo de la audacia.
La fortuna es de los audaces, decía Hernán Cortés; sí, a condición de que el acto
audaz esté amparado por la prudencia.
jema444@gmail.com
www.jesusmartinezalvarez.com.mx
POSTDATA
Cuando se presentan
crisis como la seguridad pública y la situación económica, es donde un
gobernante demuestra su capacidad. Éstas pueden convertirse en una gran
oportunidad o en la tumba política del gobernante.