Pánico, furor y delirio en Honduras


Por David Ortiz-Alburquerque
06-07-09

En la batalla de las ideas, la derecha sólo prevalece si miente, y si controla los medios de comunicación que les permiten transmitir y repetir sus mentiras hasta la saciedad. Es lo que ocurre en el mundo “globalizado” de hoy y exactamente lo que está ocurriendo respecto a la crisis en Honduras, que ha llegado a su momento más álgido, hasta ahora, con el Golpe de Estado ejecutado en la madrugada del domingo 28 de junio.

Desde que se inició el forcejeo entre el presidente Manuel Zelaya por un lado, y los oligarcas atrincherados en los medios de comunicación, el Ejército, el Congreso y el Tribunal Supremo del país centroamericano por el otro, hemos empezado a ser bombardeados por una grosera falsificación de los hechos. Según prevalece en el discurso de la derecha hondureña y de los medios que la respaldan, el conflicto surge porque Manuel Zelaya quiere reelegirse. Por eso no les quedó más remedio que darle un Golpe de Estado, única manera de detener su incontrolable ambición de permanecer en el poder.

¿Y cómo podría Manuel Zelaya permanecer en el poder si no es, ni puede ser candidato presidencial en las próximas elecciones de noviembre? ¡Ah! Enmendando la Constitución, de manera que esta le permita postularse de nuevo, responde la derecha. ¿Y cómo podría Manuel Zelaya enmendar la Constitución, si el Congreso, quien tendría la prerrogativa de hacerlo se le opone furiosamente? ¡Ah! Convocando a un referéndum en el cual el pueblo, con su voto, respalde esta enmienda constitucional, responde la derecha, según lo que se desprende de toda su verborrea propagandística. Y es aquí en que empieza a aclararse el panorama para los que sabemos cómo actúa la derecha y cómo sus medios deforman todo.

Ciertamente, el Presidente Manuel Zelaya convocó a una consulta ciudadana, pero no para preguntarle a los electores si apoyaban su reelección, sino para preguntarles si estaban de acuerdo en que en las elecciones presidenciales de noviembre hubiese una urna adicional, donde el pueblo respondería entonces a la pregunta de si quería o no que se iniciara el proceso de elaborar una nueva Constitución. De lo que se trataba entonces es que el pueblo, al mismo tiempo que en noviembre elegiría a un nuevo presidente (que no podía ser Zelaya), votaría también respondiendo a la pregunta de si aprobaba que se convocara a una Constituyente que dotara a Honduras de un texto constitucional más democrático, inclusivo y progresista.

Esta consulta del domingo no era vinculante, por lo que sus resultados no tendrían efecto de ley. Sus resultados simplemente le permitirían al Presidente Zelaya presentar un proyecto en el Congreso para que se incluyera la consulta en las elecciones de noviembre. El Congreso, en todo caso, tendría en sus manos la potestad de aceptar o no esta propuesta presidencial, y de aceptarla, serían los electores los que decidirían en noviembre si querían o no una nueva Constitución.

Si esa era la situación, ¿a qué se debe entonces el furor de la derecha hondureña? ¿Por qué el esfuerzo descomunal para impedir esa consulta que incluyó secuestrar y expulsar del país al Presidente de la República el mismo día en que la misma tendría lugar? La respuesta es simple: la oligarquía hondureña siente pánico ante la idea de que el pueblo sea consultado sobre los aspectos fundamentales de su país. Tiembla ante la idea de que su Constitución, tan bien elaborada por ellos en los conciliábulos de élites en los cuales se despachan con la cuchara grande, pudiera ser alterada en beneficio de las grandes mayorías de la nación hondureña.

Que el pueblo tenga una voz, que participe y decida sobre la Constitución que regirá su destino, es algo inaceptable dentro de la extraña concepción de “democracia” que prevalece bajo el capitalismo. Por eso, desde el principio las maniobras de la derecha empezaron a ser justificadas y defendidas en los grandes medios y por los mercenarios del terrorismo mediático que se hacen llamar periodistas.

Lo primero fue la ley, aprobada en tiempo récord en el Congreso hondureño, declarando ilegal los referéndums a menos de 180 días de las elecciones generales. Si faltaran dos años para las elecciones de noviembre, ustedes estarían seguros de que la ley aprobada velozmente no diría 180 días, sino dos años.

La respuesta del Presidente fue que no se trataba de un referéndum, toda vez que sus resultados no serían vinculantes, sino de una consulta o encuesta para determinar la opinión de la mayoría de la población, por lo que su celebración era no sólo legítima, sino perfectamente legal.

La respuesta de la derecha fue utilizar a las Fuerzas Armadas, siempre a su entera disposición, para tratar de impedir la celebración del referéndum secuestrando el material electoral y negándose a distribuirlo en el país. La respuesta del presidente fue destituir al jefe de las Fuerzas Armadas, por insubordinación, y llamar a las fuerzas sociales que lo respaldan para rescatar el material electoral en manos de los militares y hacer la distribución al margen de estos.

La derecha respondió con una sentencia del Tribunal Supremo, adoptada también en tiempo récord, apenas horas después de la decisión presidencial, ordenando la restitución del jefe militar en un insólito caso en América Latina, y probablemente en el mundo, en que un Tribunal Supremo interfiere con la condición de Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas del Presidente de la República.

De todos modos, sin hacer caso del delirio que desbordaba la derecha a través de todos los medios bajo su control, el Presidente continuó firme en su decisión de obtener la opinión ciudadana sobre la pertinencia o no de una nueva Constitución para Honduras.

Incapaces de enfrentarse a las consecuencias políticas de una abrumadora respuesta favorable a la elaboración de un nuevo texto constitucional, la derecha optó por abrir la jaula de los gorilas y recurrir al anacrónico recurso del Golpe de Estado militar, cometiendo con ello un terrible error político, como suele ocurrir con quienes actúan bajo el efecto del pánico, el furor y el delirio.


Estos son los hechos. Lo demás es pura vocinglería histérica de derechistas y mercenarios del terrorismo mediático mundial.

 

David Ortiz-Alburquerque